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La fábula de la hormiga y la cigarra es antigua y simple, se le atribuye a Sopo. Mientras el verano dura, la cigarra canta. La hormiga trabaja. Cuando llega el invierno, la cigarra tiene hambre y frío; la hormiga tiene grano. Esopo, obviamente; no escribió sobre Guatemala, pero la lección cabe completa en este país: quienes no se preparan en tiempos de abundancia pagan el precio cuando llega la escasez.

Guatemala ha sido, durante siglos, la cigarra del agua. Tenemos una de las dotaciones de agua dulce renovable más altas del planeta —más de 100 mil millones de metros cúbicos por año. Si a eso lo dividimos entre 18 millones que somos, tenemos como 5 mil metros cúbicos por persona por año. Eso debe ser más que suficiente, pero no lo es. Los ríos que bajan de la montaña, lagunas, acuíferos y lluvias que durante generaciones nos hicieron creer que el recurso era infinito, pero no lo es. Al cambiar el ciclo natural del agua por medio del ciclo social del agua, transformamos la cantidad y principalmente la calidad del agua de que disponemos. Esto lo he documentado en mi reciente libro: La Naturaleza Social del Ciclo del Agua, editorial Piedrasanta 2026, de venta en Sophos. 

Lo cierto de nuestra realidad hídrica es que construimos sobre cuencas sin cuidarlas. Junto a eso vertimos el 90% de las aguas residuales sin tratar. Como si eso no fuera poco, extraemos agua subterránea a diestra y siniestra sin control alguno sin registro serio. Aplazamos una Ley de Aguas efectiva, porque en el fondo hay grupos extremos que no quieren ley alguna y ahora que la canícula se alarga, cuando El Niño aprieta y julio cierra con déficits de lluvia de hasta el 75% en departamentos del oriente y la costa, cuando la Laguna de Ordóñez se agrieta y el MAGA monitorea más de cien municipios por estrés hídrico, descubrimos de golpe que el verano también nos deja sin agua, como a la cigarra. 

Parece que el pensamiento de largo plazo sobre el agua, y sobre todo, no emerge más que en contadas universidades y pequeños grupos que gritan en el desierto donde nadie los escucha.

El pensamiento de largo plazo no es un lujo académico. Javier Medina, en un ensayo de la CEPAL del año 2000 que sigue siendo vigente, lo definió con claridad: es la función que formula la gran estrategia de un país o una región. Es lo que los últimos gobernantes y sus vicepresidentes no han tenido y que nosotros los ciudadanos no hemos construido. Es realmente una imagen estructurada del futuro en horizontes de más de diez años, que ordena objetivos económicos, sociales, políticos, culturales, científico-tecnológicos y ambientales.

El pensamiento de largo plazo no es un pronóstico frío ni una extrapolación de tendencias. Es previsión: anticipación, apropiación colectiva, acción y aprendizaje, principalmente aprendizaje.

Es la capacidad de construir el futuro deseado en lugar de sufrir el que nos impone la improvisación y el ciclo electoral. Es de lo que la cigarra carecía, de pensamiento de largo plazo.

Medina advertía ya entonces que América Latina padece un cortoplacismo estructural. Tenemos escasez de oficinas de planificación de largo plazo, discontinuidad institucional, pragmatismo macroeconómico que equilibra el presente, pero no genera proyectos colectivos, y una cultura que privilegia lo inmediato. Proponía una aproximación sistémica en cuatro planos: metodologías y sistemas de información; mutaciones reales en las estructuras de planificación y en los actores; mejoramiento del conocimiento para enfrentar complejidad e incertidumbre; y, sobre todo, pedagogía social y transformación cultural que permitan aprender a percibir los cambios y renovar paradigmas. De aquí la importancia de las ciencias del aprendizaje, de la verdadera pedagogía y sus didácticas asociadas, de la educación y las humanidades, también de la ciencia y la tecnología, pero una ciencia y una tecnología con sentido de pertinencia y pertenencia local. 

En general Guatemala ha fallado en los cuatro. Seguimos sin una autoridad hídrica, sin registro único de derechos, sin canon que reinvierta en las cuencas, sin plantas de tratamiento que funcionen de verdad. La Política Nacional del Agua de 2011 diagnosticó el problema y se quedó en papel. La iniciativa 6816 de 2026 intenta, por fin, poner instrumentos, pero llega cuando el déficit de lluvia ya está sobre la mesa y cuando más de 3 millones de personas podrían enfrentar inseguridad alimentaria aguda si las condiciones se agravan. Planificamos el discurso de la planificación estratégica sin estrategia, como he escrito antes y como lo demuestran los inútiles planes estratégicos de las instituciones del Estado, empezando con la Universidad de San Carlos que invierte millones, si no miles de millones de quetzales en hacer planes estratégicos y planes operativos de lo obvio, planes realmente inútiles. Hacemos planes que no sirven y hacemos leyes para no cumplirlas.

La sequía actual no es solo meteorología. Es el resultado de décadas de cigarra: creímos que la abundancia natural nos eximía de la previsión. Mientras cantábamos, no protegimos bosques de recarga, no construimos almacenamiento, no regulamos la extracción subterránea, no formamos una cultura ciudadana del cuidado. Hoy la capital produce menos de lo que necesita; Quetzaltenango también, se extrae agua subterránea sin cuidar las zonas de recarga, las cuales han sido cooptadas por mineras. De a poco los ríos que antes bajaban de la montaña dejarán de hacerlo y el corredor seco será más amplio. Ya en el Altiplano y en la Costa Sur se registran suelos secos y cultivos en riesgo. La hormiga no es solo el Estado. Somos también nosotros: familias, comunidades, universidades, empresas y medios que preferimos el presente cómodo a la disciplina de mirar más allá de la próxima cosecha o de la próxima elección.

Aunque hay ejemplos particulares de pensamiento estratégico como la represa de Chixoy, el canal de riego de San Jerónimo Baja Verapaz, canal iniciado por el entonces Ministerio de Agricultura 1960, un modelo de riego exitoso que tiene décadas con sus 20 kilómetros de longitud, irrigando a 15 mil hectáreas, estos son pocos, no son la regla. 

Es hora de dejar de cantar bajo el sol y empezar a trabajar. El invierno hídrico ya llegó. La lección de la fábula no espera otra década. Hagámoslo, hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca. 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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