Carlos Fernando Cifuentes Escobar
Hace unos días escuché a mis hijas, de 27 y 30 años, hablar sobre ir a visitar a sus abuelos.
—Hay que ir a verlos, ya están viejitos.
Es una frase completamente normal. Incluso es una frase bonita, porque demuestra cariño y preocupación. Pero al escucharla no pude evitar hacerme una pregunta: ¿Tengo que esperar a estar viejito para que mis hijas sientan que tienen que llamarme o visitarme?
No lo pensé como un reclamo. Lo pensé como padre, como hijo y, sobre todo, como alguien que comienza a entender que una de las cosas más valiosas que tenemos no es necesariamente la cantidad de años que vamos a vivir, sino el tiempo de vida que realmente podemos compartir con las personas que amamos.
A veces confundimos longevidad con tiempo de vida.
Vivimos haciendo planes bajo una suposición silenciosa: que habrá un después. Después llamo, después lo visito, después hacemos ese viaje o nos sentamos a tomar un café. Después tendremos tiempo.
Y quizá sí. Quizá tengamos la fortuna de vivir 80, 90 o más años. Quizá podamos ver crecer a nuestros hijos, conocer a nuestros nietos y llegar a una edad avanzada rodeados de las personas que queremos.
Pero hay algo que olvidamos con demasiada facilidad: no existe ninguna garantía de que lleguemos a ser viejitos.
Así como puedo tener una vida longeva, también puede suceder que mañana ya no esté aquí. Y lo mismo ocurre con nuestros padres, nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros hermanos y nuestros amigos.
No digo esto desde el pesimismo ni con la intención de vivir pensando en la muerte. Todo lo contrario. Entender que la vida no está garantizada debería ayudarnos a valorar mucho más el presente.
Muchas veces actuamos como si el tiempo que todavía no hemos vivido ya nos perteneciera, y no es así. Tenemos recuerdos del ayer y podemos hacer planes para mañana, pero el único tiempo que verdaderamente podemos compartir es el que tenemos hoy.
La longevidad se mide en años. El tiempo de vida se mide en momentos, y esos momentos no se pueden guardar para después.
Incluso si tenemos la fortuna de vivir muchos años, no todos esos años serán iguales. No sabemos cuántos años podremos sentarnos alrededor de una mesa, cuántos viajes podremos hacer juntos, cuántos domingos podremos compartir un almuerzo o cuántas conversaciones tendremos todavía con nuestros padres o con nuestros hijos.
Tal vez lleguemos a los 80 o 90 años, pero quizá a esa edad ya no podamos hacer muchas de las cosas que hoy damos por sentadas. Y quizá ni siquiera lleguemos a esa edad.
Entonces, ¿por qué esperar?
Cuando nuestros padres envejecen comenzamos a sentir cierta urgencia. Queremos visitarlos, llamarlos y preguntarles cómo están, quizá porque finalmente somos conscientes de que el tiempo con ellos tiene un límite.
Pero ¿por qué necesitamos ver la vejez para comprenderlo? ¿Por qué no visitar a nuestros padres cuando todavía pueden caminar con nosotros? ¿Por qué no hacer ese viaje cuando todavía tienen la energía para hacerlo? ¿Por qué no llamarlos simplemente para conversar, sin esperar un cumpleaños, una enfermedad o una fecha especial?
Y entonces pensé que la misma pregunta que hoy podemos hacernos respecto a nuestros padres, algún día nuestros hijos podrían hacérsela respecto a nosotros.
Mis hijas tienen hoy 27 y 30 años. Tienen sus compromisos, amigos, proyectos y su propia vida. Así debe ser. Los hijos crecen para construir su propio camino, no para permanecer alrededor de sus padres.
En mi caso existe, además, una circunstancia particular: tengo la fortuna de trabajar con mis hijas y verlas prácticamente todos los días. Y quizá precisamente por eso es tan fácil caer en otra forma de engañarnos con el tiempo: podemos confundir vernos con compartir.
Nos vemos todos los días en la oficina. Hablamos de clientes, pendientes, problemas, decisiones y de todo aquello que forma parte del trabajo. Pasamos muchas horas en el mismo lugar y podríamos pensar que, por eso, ya estamos compartiendo suficiente tiempo juntos.
Pero no es lo mismo. Ser compañeros de trabajo no sustituye ser padre e hijas.
A veces siento que, cuando salimos de la oficina, nuestras vidas toman caminos completamente separados, como si inconscientemente diéramos por hecho que, porque ya nos vimos durante todo el día, no hace falta una llamada, un mensaje, un café o simplemente buscar un momento para conversar.
Podemos vernos todos los días y, al mismo tiempo, sentirnos extraños fuera de ese espacio. No necesariamente por falta de cariño. Quizá simplemente porque hemos confundido presencia con cercanía.
Compartir también es conversar sin hablar de trabajo, saber qué le preocupa al otro, conocer lo que le entusiasma, reírse de cualquier cosa, comer juntos sin una agenda pendiente o simplemente buscarse porque se disfruta estar juntos.
Y esta reflexión también me obliga a mirarme a mí mismo. Sería muy fácil preguntarme por qué mis hijas no me llaman o por qué no compartimos más fuera de la oficina. Pero la relación no depende únicamente de ellas. Yo también soy responsable de construir esos espacios.
Quizá yo también he dado por hecho que verlas todos los días es suficiente.
Por eso mi reflexión no nace de querer que algún día, cuando sea viejo, mis hijas sientan la obligación de visitarme. Es precisamente lo contrario.
Quisiera compartir ese tiempo ahora, mientras ellas pueden, mientras yo puedo, mientras estamos.
Porque quizá llegue a los 90 años, quizá ellas también. Pero ninguno de nosotros tiene esa promesa.
Mientras esperamos que nuestros padres envejezcan, nosotros también estamos envejeciendo. Y cuando finalmente pensemos “debería pasar más tiempo con mi papá porque ya está viejito”, quizá muchas de las cosas que pudimos haber hecho juntos diez o veinte años antes ya no sean posibles.
Tal vez todavía estaremos allí, pero el tiempo no será el mismo. Y también existe la posibilidad de que alguno de nosotros simplemente ya no esté.
Por eso aquella conversación entre mis hijas me dejó pensando: quizá estamos viendo las cosas al revés.
No deberíamos visitar más a nuestros padres solamente porque están envejeciendo. Deberíamos visitarlos porque hoy están aquí.
Y tampoco quisiera que algún día mis hijas comenzaran a buscar más tiempo para estar conmigo simplemente porque yo ya sea un viejito.
Quisiera que, si tengo la fortuna de llegar a ese momento, ellas no tengan que pensar:
—Ahora hay que aprovechar al “po” porque ya está viejo.
Preferiría que fuera simplemente la continuación de algo que siempre hicimos. Que esa visita fuera una más entre tantas visitas, ese café uno más entre tantos cafés y esa conversación una más entre tantas conversaciones.
Quizá el verdadero privilegio no sea llegar juntos a los 80 o 90 años, sino poder mirar hacia atrás, si tenemos la fortuna de llegar allí, y descubrir que no dejamos todas las llamadas, los abrazos, los viajes y las conversaciones para el final.
No confundamos longevidad con tiempo de vida.
Podemos tener muchos años por delante, pero nadie puede garantizarnos cuántos. Podemos hacer planes para mañana, pero no deberíamos vivir como si el mañana ya nos perteneciera.
Quizá deberíamos preocuparnos menos por cuánto tiempo nos queda y pensar más en qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos.
La longevidad es una posibilidad. Estar juntos hoy es una realidad.
Y quizá de eso se trata realmente la vida: no solamente de cuántos años logramos vivir, sino de con quién y cómo los compartimos.
Sobre el autor
Carlos Fernando Cifuentes Escobar es empresario guatemalteco. Comparte reflexiones personales sobre familia, empresa, experiencias de vida y el valor del tiempo.







