Cuando la tierra tiembla el mundo se nos mueve y con ello los temores nos aprisionan. Ciertamente, quienes vivimos en Guatemala y los países vecinos del Cinturón de Fuego sabemos de lo que son capaces los terremotos porque los vivimos de forma relativamente frecuente, ya que nuestro istmo se levanta encima de placas móviles y activas geológicamente hablando. Los últimos meses nos lo han recordado con crudeza. El 24 de junio de 2026 Venezuela sufrió un doblete sísmico de magnitudes 7.2 y 7.5 en apenas 39 segundos.
El 17 de julio un sismo de magnitud 7.4 con epicentro frente a las costas de Chiapas y Guatemala sacudió con fuerza el sur de México, el occidente y suroccidente de Guatemala y El Salvador. A la fecha siguen las réplicas de este terremoto. Y el 10 de agosto otro de 7.4 golpeó el Chocó colombiano. Todos nos devuelven, inevitablemente, al 4 de febrero de 1976, cuando un sismo de magnitud 7.5 dejó más de 23 mil muertos, todos hermanos guatemaltecos.
Esta misma semana, en una conversación con expertos mexicanos transmitida por CNN, se reiteró un punto científico esencial: los sismos de Venezuela y Colombia no desencadenan actividad en México ni en Centroamérica. Obedecen a sistemas de placas distintos (Nazca-Sudamericana frente a Cocos-Norteamericana-Caribe). No hay sustento para el pánico regional. Sí lo hay para la preparación permanente. Los especialistas insistieron en algo que aquí también debe aplicar: la protección civil (Conred en Guatemala) somos todos; los simulacros hay que tomarlos en serio; los terremotos no tienen temporada (van del 1 de enero al 31 de diciembre); y, sobre todo, debemos invertir en prevención. Casi por cada dólar que se destina a prevención se ahorran hasta siete en rescate y reconstrucción.
Por otro lado, el colombiano Gustavo Wilches-Chaux, en su guía clásica Auge, caída y levantada de Felipe Pinillo… o Yo voy a correr el riesgo, nos enseña que los desastres no son “naturales”. Son la manifestación de riesgos no manejados. El riesgo surge de la confluencia de una amenaza y unas condiciones de vulnerabilidad (viviendas sobre suelos blandos que amplifican el movimiento, falta de mantenimiento, ausencia de planes familiares). Por eso la gestión del riesgo es la capacidad de la comunidad para transformar esas condiciones antes de que ocurra el desastre. Es gestión de la sostenibilidad… y también de la salud.
Utilizando la terminología que suelen usar quienes se dedican a la gestión de riesgos: Antes, durante y después, resumo lo que los manuales y expertos dicen sobre cómo prepararnos ante terremotos: Antes. Conozca en qué zona sísmica está su casa y de qué año es (en México lo permite el Atlas Nacional de Riesgos; aquí debemos exigir y usar la información disponible). Revísela: marque fisuras, anote fecha y grosor, y observe si cambian. Si ve algo raro, no se quede con la duda: consulte a un experto en tiempos de calma, cuando todavía hay quien lo atienda. Asegure muebles pesados y el calentador. Enseñe a la familia a cortar agua, gas y electricidad. Acuerde puntos de reunión. Prepare la mochila de emergencia con lo esencial: agua, alimentos no perecederos, linterna y radio de pilas, botiquín y medicamentos, memoria USB con documentos escaneados (actas, identificaciones, escrituras), lista de teléfonos en papel, impermeables (chumpas para lluvia), ponchos, chamarras (cobijas) térmicas y fotografías recientes de la familia y las mascotas. Todo esto reduce la vulnerabilidad física y mental. Durante.
La recomendación internacional más clara y la que mejor protege la salud es: agáchese, cúbrase y sujétese. Si está dentro de un edificio, permanezca allí; no corra hacia la salida ni use elevadores. Métase debajo de una mesa resistente o junto a una pared interior, lejos de ventanas, y proteja con los brazos la cabeza, el cuello y el tronco. Si está en la cama, quédese y use la almohada. En la calle, aléjese de edificios, postes, cables y cristales; busque un espacio abierto. Si va en un vehículo, deténgase lejos de puentes y túneles, encienda las luces de emergencia (intermitentes) y quédese dentro. Si está cerca de la costa y el sismo es fuerte o prolongado, muévase de inmediato a zona elevada o tierra adentro.
Después. Espere unos segundos antes de moverse y póngase calzado resistente: los vidrios y escombros causan muchas heridas. Revise el entorno: daños estructurales, olor a gas, cables caídos, fugas de agua o fuego. Ante sospecha de gas, no encienda fósforos (cerillos), candelas (velas ni interruptores. Si el edificio muestra grietas importantes o riesgo de colapso, evacúe por las gradas (escaleras) y aléjese de las fachadas. Proteja la salud: beba solo agua potable o autorizada, consuma alimentos en buen estado, mantenga higiene de manos y deseche lo contaminado. Prefiera mensajes de texto para comunicarse y no sature las líneas.
Más aún, escuche únicamente fuentes oficiales (Insivumeh y Conred en Guatemala). Si queda atrapado use cubre boca y nariz con una tela para no inhalar polvo, conserve la energía, no grite de manera continua y haga señales golpeando tuberías o paredes o use un silbato si lo tiene. Los terremotos de Venezuela, Chiapas-Guatemala y recientemente en Colombia nos recuerdan que compartimos la misma inestabilidad tectónica del planeta, aunque cada región tenga su propia dinámica de placas. La diferencia entre el pánico y la protección de la vida —física y mental— está en lo que transformamos hoy: nuestras vulnerabilidades.
Que la memoria de 1976, la claridad de los expertos mexicanos y la solidaridad con nuestros vecinos nos impulsen a practicar de verdad la gestión del riesgo: convertir la amenaza en oportunidad de cuidarnos mutuamente y vivir con más seguridad.







