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     En Chiquimulilla, por muchos años, la iglesia católica no tenía un cura residente y para los eventos religiosos llegaba el que tenía a su cargo la iglesia de Cuilapa. En la mitad de la década de 1940, siglo XX; la iglesia tenía planificado que para las celebraciones religiosas de nuestro pueblo, llegara el padre Chavarría, un señor gordo que a los patojos nos daba miedo porque la nariz la tenía llena de pólipos rojos, como ver una granada abierta cuando anuncia su madurez mostrando una carcajada que enseñan sus dientes rojos, como también se ríen las anonas blancas o coloradas de la costa, que abren la boca en el mes de agosto. El padre Schumann, como era originario de Alemania, el español lo pronunciaba con el acento del idioma germano y por eso, al principio de su gestión parroquial, costaba entenderle en las ceremonias de la misa y peor le iba a Gabino, el sacristán que sólo sabía fumar puro, cuando lo ayudaba en toda la parafernalia de la misa, que por añadidura la decía en latín. En esos años, atrás de la iglesia, frente a propiedad de don Samuel Lau, estaban las ruinas de la construcción colonial, parecidas, pero no iguales, a las de Antigua Guatemala y para el lado de las casas de doña Reina Flores y de mi hermana Alicia Lara, estaba la parte más alta de la ruina, con un gran ventanal en donde fueron naciendo plantas de Matapalo que de seguro el aire llevó las semillas y se agarraron de las ruinas dispuestas a morir hasta que tumbaran las viejas paredes. Por el lado del antiguo edificio municipal, había unas gradas que los bolos utilizaban para ir a dormir, y por ese graderío se podía llegar a la cúpula que cubría el altar mayor. Pues a esa cúpula nos subíamos con Reynaldo Solares, el compadre Rolando Segura, Neto Páez y el gran profesor Lico Morales, a comer chicharrones con el respectivo octaviano; y nos gustaba subir a la cúpula porque se veía el mar y de vez en cuando el chorro de humo de los barcos que surcaban el pacífico, rumbo al puerto de San José. Una vez, íbamos bajando por esas gradas y nos encontramos con el padre Schumann y Gabino, subiendo con sendos garrotes para advertirnos que la cúpula no era lugar de diversión y que estaba prohibido subir. De esa cuenta no hubo más remedio que saltarnos para el costado sur del templo y bajar corriendo por las gradas del campanario. Después creo que cerraron la entrada a esas gradas de las ruinas, que otro cura mandó a botar sin autorización alguna. En Chiquimulilla eran poco conocidos los vehículos. El único automóvil era el Pakard, de don Octavio González, que lo mantenía en el chiquero de ordeño y de vez en cuando lo limpiaban de la gallinaza, porque las gallinas lo usaban como dormitorio. De camiones solo llegaba el de don Rafael Garzaro, saltando entre los matorrales del camino viejo a Cuilapa, pues no había otra carretera. Después, don Ovidio Valle compró un carro Chevrolet y supimos que existían otros de distinta marca. El padre Schumann tenía una moto Harlein-Davidson, en la que podía ir a Nancinta, a San Juan Tecuaco, al Papaturro, para que los fieles tuvieran la oportunidad de oír misa o bautizar a sus críos. Este sacerdote era, como se dice, bravo y por eso no nos acercábamos a aprender la doctrina con doña Elena Jorquín; pero le hizo mejoras al templo para restaurar algunas partes que se afectaron con el terremoto de Cuilapa, en el año de 1913 y también aprendimos dónde queda Alemania. Según don Guayo Pineda, mi profesor, al templo de Chiquimulilla se le conocía como la Catedral del Sur. Después que el padre Schumann fue trasladado, llegaron los hermanos Arbizú como sacerdotes de la Parroquia de Chiquimulilla, pero eso da para otra prosa. 

René Arturo Villegas Lara

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