Decía yo en la entrada anterior aquí en La Hora que en el mundo social que habitamos la muerte no desaparece: se desplaza. Sale de la casa y entra al hospital, a la funeraria, al experto, a la máquina. El moribundo deja de estar entre los suyos y pasa a ser caso: protocolo, certificación, formulario. La muerte hace cientos de años era mediada por las artesanías de entonces. Era una muerte artesanal realmente. En la modernidad la muerte es tecnológica y en varios casos cientifizada, pero mediada por culturas, algunas abiertas que exponen la muerte y otras culturas que la ocultan y la guardan para sí.
Recuerdo cuando mi primo Ricardo Cantoral trajo a Guatemala las cenizas de mi tío Ramiro Humberto, que residía en México. Fuimos a dejarlas al río Xequijel, en las cercanías de Chiquilajá, donde solíamos ir de día de campo. Es el río que más tarde se conecta al río Samalá, la cuenca más importante del suroccidente de Guatemala. Yo quise hacer pública su muerte más allá de la familia. Me dijo: «No, mijo. Ese dolor es nuestro, de familia”. Ahí estaba la norma sin tratado.
El río recibió lo que el hospital no puede guardar. El rio se llevó hacia el sur los restos del tío Ramiro, sus poemas, sus escritos, sus alegrías y tristezas para recorrer Zunil, Santa María y luego llegar a Champerico, el puerto nuestro. La familia trazó el límite de lo que se muestra y de lo que se calla. Durkheim habría reconocido el rito que recompone al grupo. La modernidad habría reconocido el gesto de no entregar el duelo del todo al extraño. Ninguno de los dos le quita el dolor de la partida del ser amado a los familiares y amigos.
Al hablar de muerte, la biología registra un cese. La comunidad decide qué hacer con él. A Luis Alfredo, a Horacio, a Ricardo, a nuestros muertos no los guarda un protocolo, los guarda la memoria de los vivos, como dijo Cicerón y quedó plasmado en la entrada del cementerio de Quetzaltenango. Enterrar a nuestros muertos no es abandonarlos, es dejar lo material para que regrese a la tierra, ya sea en un cementerio o un río o un lago.
José Ferrater Mora pensó ese cese sin teatralidad. En su libro, realmente un manifiesto filosófico, El ser y la muerte no reserva la muerte al existencialista ni la reduce al laboratorio. Dice algo que, leído junto al Xequijel, deja de ser fórmula: ser real es ser mortal, y ser mortal es ser real. Todo lo que hay cesa. Pero no cesa del mismo modo. Hay una analogía de la muerte, como hay una analogía del ser.
Un mineral se desintegra: cambia de estructura y casi no «muere». Un organismo muere cuando se pierde, de forma irreversible, la organización que lo mantenía en pie: ya no metaboliza, ya no repara, ya no sostiene las diferencias que lo distinguían del entorno. El ser humano muere de otra manera. No solo se apaga. Se cierra una historia que él mismo estaba haciendo. Ferrater, lo dice con exactitud: el hombre no está meramente viviendo; está haciendo su vida. Es sustancia individual de naturaleza histórica. Por eso su muerte no es un punto final biológico. Es el borde que convierte una secuencia de días en biografía.
Ese borde no consuela ni tampoco explica el «¿por qué?» de la partida del ser amado. Ferrater se aparta, con razón, de dos tentaciones que todavía circulan. Contra Heidegger, la muerte no le da a la vida todo su sentido. Contra Sartre, tampoco se lo quita. La muerte misma no tiene sentido en sí, nosotros los humanos le damos sentido. Nosotros otorgamos significado para volverlo relato. Sin ese corte, los hechos se acumularían como polvo sobre el río.
Eso encaja con lo que vengo sosteniendo. El conocimiento, la memoria y el duelo son reconstrucciones sociales. Nadie ve «la muerte en bruto». Lo que cuenta como muerte —el último aliento, el novenario, el nombre que se pronuncia o se calla, las cenizas en el agua— es una práctica. Ricardo no estaba filosofando cuando me detuvo. Estaba defendiendo un pedazo de lo que Giddens llama seguridad ontológica: la confianza, casi invisible, de que el mundo de mañana seguirá siendo habitable entre los nuestros.
Lo que sí tenemos —y esto ya no es metafísica— es la memoria de los vivos. Esa memoria no resucita. Pero impide que la cesación sea solo desintegración. Convierte al muerto en historia que todavía obliga: a enseñar matemática como quería Ricardo, a trabajar con las manos y el juicio como papá, a no desperdiciar el hermoso corazón de Luis Alfredo.
La vida, como dice Julio Rodolfo Lima, es un prodigioso milagro; la muerte, continúa Lima, es una sorpresa de la que el último en enterarse es el muerto. La Vida habita el cuerpo y continúa más allá de él. “Nos separamos de pronto y nos volvemos a encontrar…”, concluye.
Somos mortales. Enterrar a los nuestros no es dejarlos atrás. Es seguir andando con ellos adentro, es seguir haciendo camino al andar como el bello poema, Cantares, de Antonio Machado llevado a música por Joan Manuel Serrat: «Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar… Caminante son tus huellas el camino y nada más, caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar, caminante no hay camino, solo estelas en la mar…»







