A propósito del ¿para qué prolongar la vida  Foto: La Hora/ Jesús Rios
A propósito del ¿para qué prolongar la vida  Foto: La Hora/ Jesús Rios

Todos queremos vivir más y no es problema de ahora, siempre ha inquietado a los hombres y cabe entonces preguntarse ¿para qué? y su respuesta cambia todo el sentido del deseo. Cuando desplazamos la discusión de la duración (cuántos años más sumamos) al propósito (para qué queremos esos años), la longevidad deja de ser un problema técnico o biológico y se convierte en una interrogante sobre la condición humana.

  1. Lo que especulaban los antiguos de la longevidad

En una de sus obras, Platón plantea que la filosofía es una «preparación para la muerte«. Esto no significa un deseo morboso por morir, sino entender que la vida terrenal es un espacio de purificación (catarsis). El alma busca liberarse gradualmente de las distracciones del cuerpo para contemplar la Verdad y el Bien. Para Sócrates, la extensión de la vida terrenal solo tiene valor si se usa para cultivar la sabiduría y examinar la propia existencia. Una vida larga pero ignorante o injusta, es simplemente una desgracia prolongada. «Una vida sin examen no merece ser vivida.» –nos dice Sócrates.

Platón ve el cuerpo humano como un recipiente temporal o una «cárcel» para el alma inmortal. Para él, el propósito de la vida no es el florecimiento de la carne, sino la purificación del alma. En tal sentido prolongar la vida biológica (una actitud hacia el cuerpo) por el simple hecho de prolongarla, no tiene ningún valor intrínseco. De hecho, para Platón, la vejez al apagar los impulsos físicos y las pasiones del cuerpo es vista como bendición, pues libera al alma a fin de que esta se dedique a la contemplación de las Ideas. La muerte no es una pérdida real, sino la verdadera liberación que permite al alma regresar al mundo inteligible. En uno de sus diálogos con Sócrates, este exclama: «Lo importante no es vivir, sino vivir bien«. Para los griegos indagadores, vivir bien no significaba comodidad o placer, sino una vida guiada por la virtud (areté), la justicia y el examen constante de la propia alma.

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Aristóteles no solo cambia de postura respecto a Platón y Sócrates, sino que desmitifica y aterriza el problema de la vida, la vejez y la muerte, pasando de un enfoque puramente metafísico y ético-espiritual a una visión naturalista, biológica y eminentemente terrenal.

Aristóteles, siendo hijo de un médico (Nicómaco) y un observador empírico de la naturaleza, no concibe el alma atrapada en un cuerpo, sino como la forma (morfé) que le da vida y organización a la materia (hylé). El cuerpo y el alma son una unidad indisoluble; si el cuerpo muere, el alma desaparece con él. A partir de esta premisa, Aristóteles transforma el debate en tres ejes:

1º La vejez no es liberación, es desgaste natural

En sus tratados breves de física y biología (De Iuventute et Senectute y De Vita et Morte), Aristóteles analiza la longevidad y la muerte desde una perspectiva puramente fisiológica. Define la vida como el mantenimiento del «calor natural» o fuego vital impulsado por el corazón y alimentado por el hálito y ve la vejez como el agotamiento inevitable de ese calor interno debido a la pérdida de humedad y al enfriamiento del cuerpo. Por ende, la muerte natural no es un tránsito místico hacia otro plano, sino el apagamiento biológico de ese proceso. Entonces lejos de idealizar la vejez como Platón, describe la ancianidad con un realismo despiadado: los ancianos tienden a ser desconfiados, cautelosos y amargados debido al deterioro de sus capacidades físicas e intelectuales.

2º El «para qué» está en este mundo (Eudaimonía)

Para Aristóteles la felicidad requiere ciertos bienes externos: salud, prosperidad, amigos y facultades mentales intactas. Al avanzar la vejez destruye la salud o la mente, la vida pierde su capacidad de ser «plena» y entonces prolongar la existencia en un estado de decrepitud, no añade ningún valor a la felicidad de un hombre. De tal manera que el fin último del ser humano es la felicidad (eudaimonía). En consecuencia ¿Para qué vivir más? Él responde que únicamente si esa extensión de vida permite llevar a cabo una práctica más profunda de la virtud (areté) y alcanzar la contemplación filosófica (theoria).

3º La muerte como la pérdida del bien más preciado

Dado que para Aristóteles no hay una supervivencia individual tras la muerte (salvo, según algunos analistas, una intelección abstracta y no personal), la muerte es vista en su obra como lo más temible de todo (el peor de los males). ¿Por qué? Porque pone un fin definitivo a la existencia y a la oportunidad de ejercitar la virtud y el bien. 

  1. Y los filósofos de la generación de la tercera edad actual ¿Qué dijeron?

Llevar la pregunta para qué más longevidad al terreno contemporáneo e industrializado transforma el dilema. Mientras los antiguos buscaban el «para qué» de mayor longevidad en la virtud o en la trascendencia divina, los filósofos del siglo XX y XXI se ven obligados a responder en un mundo secularizado, golpeado por las guerras y fragmentado por la técnica.

Para explorar esta transición, podemos contrastar la postura de varios filósofos del siglo XX.

Bertrand Russell: en búsqueda de la expansión de la mente y la simpatía vital

Russell, lógico, matemático y humanista británico, responde al «para qué» desde un humanismo agnóstico, racionalista y profundamente empático. Para Russell, la vida terrenal es lo único que tenemos; no hay un plan divino ni un destino cósmico esperando tras la muerte. Por ende, la extensión o el sentido de la vida no se mide por complacer a un creador, sino por la riqueza de la experiencia vivida. En su famosa “autobiografía”, Russell sintetiza su razón de vivir en tres pasiones simples, pero abrumadoras:

  • El anhelo de amor (que rescata del aislamiento).
  • La búsqueda del conocimiento (entender el universo y el corazón humano).
  • Una insoportable compasión por el sufrimiento de la humanidad.

De manera que el «Para qué» prolongar la existencia, en Russell no tiene valor si se vive encerrado en el propio ego. El valor de vivir más tiempo reside en la capacidad de expandir los horizontes de la mente y disminuir el egoísmo. En su ensayo “Sobre la vejez”, propone que la vida individual debe ser como un río: empieza pequeña, encajonada entre sus márgenes, y a medida que avanza, se ensancha, hasta que finalmente sus aguas se funden sin dolor con el mar. Por consiguiente: para él, prolongar la vida terrenal solo es deseable si se mantiene el interés activo por el mundo y por las generaciones futuras. Vivir más tiempo para aferrarse al pasado o temer a la muerte, es una caricatura de la existencia.

Albert Camus y el Absurdo

La respuesta al «para qué» sufre un vuelco radical con el existencialismo y la filosofía del absurdo de Albert Camus.

Mientras otros veían un sentido trascendente, Camus plantea que la existencia humana es intrínsecamente absurda: tenemos un deseo ardiente de sentido, en un universo que guarda un silencio absoluto que es de rebelión y pasión. Ante la falta de un sentido dado por Dios o la naturaleza, Camus rechaza tanto el suicidio como la fe ciega (a la que llama “suicidio filosófico”). Para él, la respuesta al para qué vivir es la rebelión consciente: vivir intensamente a pesar de que no haya un significado último. En tal sentido, en su pensamiento se entreteje la cantidad sobre la calidad (en el mito del Absurdo), tal como lo manifiesta en su libro “El mito de Sísifo”, en que sostiene una tesis provocadora: si el mundo carece de un propósito superior, lo que importa no es la “mejor vida”, sino la “mayor cantidad” de vida consciente. Prolongar la vida tiene sentido porque cada día adicional es una victoria contra el absurdo, un acto de desafío y una oportunidad para experimentar la belleza de la existencia terrenal.  Sísifo está condenado a empujar eternamente una piedra hasta la cima de la montaña para verla caer de nuevo. El “para qué” de su esfuerzo no está en llegar a la cumbre (el fin), sino en el acto mismo de empujar la piedra. Vivir es el proceso, no la meta.

William James y el Pragmática del «Hacer»

Si cruzamos el Atlántico nos topamos con el pragmatismo de pensadores como William James y John Dewey. Los americanos del siglo pasado no se preguntan qué es la vida en abstracto, sino qué hace que la vida valga la pena ser vivida. Resumido en la célebre conferencia de James (Is Life Worth Living?), el ¿Para qué? es vista como una acción, no un concepto. El propósito de la vida no se descubre pensando en una torre de marfil, sino actuando e invirtiendo nuestra fe y energía en causas concretas. Podemos decir que James argumenta que la vida vale la pena si nosotros hacemos que valga la pena: la fe en la posibilidad. La prolongación del tiempo individual solo cobra sentido en la medida en que ese tiempo permite realizar transformaciones prácticas: resolver problemas, construir instituciones, mejorar la salud pública, aliviar carencias colectivas. 

En tal sentido, a diferencia de la metafísica europea, el pragmatismo americano sostiene que el «para qué» se mide por sus consecuencias prácticas (cash value de las ideas). La vida para contemplar es insuficiente; hay que prolongarla para producir impacto y experiencia útil.

  1. Y las generaciones actuales ¿algo nuevo al respecto?

En el siglo XXI, la pregunta por el «para qué» ha sufrido una mutación radical. Por primera vez en la historia, la prolongación de la vida ya no es una especulación teórica ni un deseo piadoso, sino una posibilidad técnica e industrial cada vez más a mano. Esto ha dividido a la filosofía contemporánea en dos grandes trincheras innovadoras: los que ven en la tecnología una herramienta para rediseñar el sentido de la existencia (los transhumanistas) y los que advierten que estamos sacrificando la «vida buena» a cambio de la mera «supervivencia» (los críticos bioconservadores y de la cultura). Saquemos de cada uno lo más importante:

Nick Bostrom y el Transhumanismo: Expandir la experiencia humana 

El filósofo sueco Nick Bostrom (pionero de la ética transhumanista) plantea que limitar la duración de la vida biológica es un fracaso moral que debemos corregir. El Para qué prolongar la vida mediante biotecnología, edición genética e inteligencia artificial, no se trata simplemente de añadir años a la vejez, sino de alcanzar un estado de salud y desarrollo permanente (amortalidad). Bostrom argumenta que la brevedad de la vida actual nos impide acceder a formas más elevadas de conciencia, arte y conocimiento. Prolongar la vida es el vehículo para que el ser humano explore lo que él llama el «espacio de posibilidades post-humano»: experiencias cognitivas y emocionales que hoy nuestra biología limitada nos impide alcanzar. 

Byung-Chul Han: La trampa de la «Mera Vida» (Bloßes Leben)

El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han, una de las voces más incisivas de la actualidad, ofrece la réplica más crítica a esta obsesión contemporánea por la salud y la longevidad. Él parte que sobrevivir no es vivir: Han denuncia que la sociedad del siglo XXI ha caído en una histeria de la supervivencia. Convertimos la salud en una nueva religión y reducimos la existencia a la bloßes Leben (la “nuda vida” o mera función biológica). Él ve en el “Para qué” algo prostituido. Según Han, prolongar la vida en el sistema actual solo sirve para seguir produciendo y rindiendo en la rueda del consumo. Sacrificamos los placeres, la contemplación, el arte y la verdadera comunidad para “ganar un par de años más” en un estado de cansancio infinito. Esto conduce a una paradoja: Cuanto más se convierte la vida en un ejercicio de mera supervivencia, más pánico se le tiene a la muerte. Para Han, el verdadero “para qué” requiere recuperar el silencio, el misterio y el sentido del juego, no hiperoptimizar el organismo. «En una sociedad de la supervivencia se pierde todo sentido de la buena vida… Cuanto más se reduce la vida a la supervivencia, más miedo se le tiene a la muerte».

El perfil epidemiológico del migrante mesoamericano: La cicatriz de la escasez y el choque de la abundancia

Yuval Noah Harari: De la metafísica al “problema técnico”

En varios de sus escritos, el pensador Yuval Noah Harari analiza cómo la muerte ha cambiado de estatus en el siglo XXI. Podríamos decir que su pensamiento nos conduce de castigo divino a falla de ingeniería. Durante milenios, si alguien moría, se decía que era “voluntad de Dios” o “ley natural”. Hoy, para la ciencia del siglo XXI, la muerte es simplemente un fallo orgánico, un problema celular o un error de software biológico que, en teoría, tiene solución técnica. Pero Harari advierte la paradoja moderna: El vacío del sentido. La ciencia puede llegar a solucionar el cómo prolongar la vida indefinidamente, pero ha dejado un vacío absoluto respecto al para qué. Sin un marco espiritual o ético, la búsqueda de la amortalidad corre el riesgo de crear una aristocracia biológica (quienes puedan pagarla) y una profunda ansiedad existencial.

Luc Ferry y los Bioconservadores: El valor de la finitud

Filósofos como Luc Ferry (La revolución transhumanista) y pensadores de la ética médica como Michael Sandel o Martha Nussbaum, replantean la pregunta ética en el para que a la finitud da sentido. Sostienen que los compromisos humanos (el amor, el arte, los proyectos y la dedicación a los hijos) tienen valor precisamente porque el tiempo es limitado. Si el tiempo terrenal fuera infinito, la urgencia del amor y de la creación se disolvería en una postergación eterna. Para esta corriente, buscar prolongar la vida sin límites es un acto de hybris (desmesura) que desdibuja lo que nos hace éticamente humanos.

Bien, en resumidas cuentas, en estos momentos tenemos varias posiciones al respecto que podemos resumir en un cuadro:

Tabla 1: Luc Ferry y los Bioconservadores
Tabla 1: Luc Ferry y los Bioconservadores

Pareciera entonces que el dilema del siglo XXI ya no es si seremos capaces de vivir más años, sino si seremos capaces de habitar ese tiempo de una forma que valga la pena ser vivida, o si simplemente extenderemos la duración de una máquina biológica eficiente pero vacía. Al final, lo que la filosofía moderna demuestra es que la ciencia moderna nos ha dado las herramientas para prolongar la cantidad de vida, pero la responsabilidad de asignarle un propósito sigue siendo un acto individual y ético.

En este maremágnum de respuestas al Para qué, ¿cuál es la suya? 

Alfonso Mata
Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.
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