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Nos impresiona la apatía de la población ante los problemas nacionales y locales. Sin embargo, las personas –aun sin dominar las complejas variables teóricas de la política, la economía o la gestión ambiental– poseen la capacidad visceral de reconocer cuándo se topan con un obstáculo sistémico inamovible, prestando atención a su presentimiento de fugarse de la protesta y de la participación ciudadana. Ante esto cabe preguntarse: ¿es cierta esta premisa?, ¿existe evidencia que la respalde?, y ¿podría ser esta la forma de autoconciencia más subestimada?

La premisa de la aparente «indiferencia» es cierta, aunque exige precisar la terminología: no se trata de apatía, sino de supervivencia. Para percibir los efectos de un sistema opresivo o inoperante, no se requiere alfabetización técnica; el deterioro –la pérdida del poder adquisitivo, la violencia estructural, la erosión comunitaria– se procesa a través del cuerpo y de la vivencia inmediata. Cuando el entorno se vuelve inviable, el organismo humano activa mecanismos de preservación. La fuga no nace de un cálculo ideológico, sino de la constatación empírica de que el marco institucional vigente ha dejado de sostener la vida. 

Veamos la segunda pregunta: ¿Existe abundante evidencia que respalda esta respuesta orgánica?  En primer lugar, tenemos la evidencia de la perspectiva sociopolítica. En Salida, Voz y Lealtad, Albert O. Hirschman demostró que, ante la decadencia de una institución, existen dos respuestas: la Voz (protestar, reformar) y la Salida (desconectarse, migrar, replegarse). Cuando la ciudadanía percibe que la Voz es inútil porque el sistema está sordo, la Salida (fuga) se convierte en la respuesta inmediata. Las olas migratorias o el abstencionismo no responden a tratados de politología, sino al olfato colectivo sobre la ineficacia estatal.

En segundo lugar, tenemos el sustento neurobiológico: Antonio Damasio ha explicado cómo el cerebro genera respuestas viscerales e intuitivas antes de que la corteza prefrontal articule un razonamiento formal. El agotamiento y la asfixia económica se traducen en un impulso somático de huida; el individuo sabe que está atrapado mucho antes de poder conceptualizar la política que causó su trampa.

En tercer lugar, tenemos como evidencia la antropología de la resistencia. James C. Scott denominó las armas de los débiles a las formas soterradas de resistencia de los sectores subordinados (evasión, desapego, incumplimiento táctico y migración). Es una resistencia silenciosa, pragmática e impulsada por la mera conservación.

En consecuencia, entramos a la tercera pregunta ¿podría ser esta la forma de autoconciencia más subestimada? Es muy probable que sí. 

La tradición occidental ha privilegiado la conciencia discursiva (el razonamiento formal y la teoría) sobre la conciencia corporal e intuitiva. No obstante, la intuición de fuga alberga una profunda dimensión de autoconciencia: En primer lugar, se da una Soberanía ontológica: Antes de describir la falla del Estado, el sujeto reconoce una verdad fundamental: «Mi vida vale más que este sistema y no voy a dejarme extinguir en él». Es el reconocimiento preteórico de la propia dignidad. En segundo lugar, se establece un Filtro contra la propaganda: La razón teórica señalando lo bueno o lo malo que se hace, puede ser engatusada con sofismas ideológicos; la intuición de la miseria o del peligro para uno, no. El impulso de fuga es el límite donde la narrativa oficial choca contra la realidad somática. Y finalmente tenemos el Pragmatismo frente a la parálisis: Intelectualizar la crisis puede conducir al cinismo o a la resignación. La intuición de fuga evalúa el riesgo y busca la preservación de la vida.

En todo esto hay una cruda realidad: La fuga no siempre emancipa. Por un lado, la fuga individual salva al sujeto y a la vez desarticula la resistencia colectiva capaz de transformar las estructuras. Por otro, un escape puramente intuitivo y sin dirección puede arrojar al individuo a nuevos cautiverios (tráfico de personas, economías ilegales o desmovilización social). 

En síntesis: Saber que un muro es inescalable y sentir el impulso de dar la vuelta y evitarlo no requiere un título profesional; requiere estar vivo y sentir la dureza del impacto. El “presentimiento de fuga” es una autoconciencia elemental y prepolítica: la señal de que la inteligencia orgánica detecta que la estructura diseñada para protegerla se ha vuelto una jaula, priorizando la vida sobre cualquier lealtad a un sistema roto.

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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