Estamos ante una celebración que resulta importante para nuestro futuro: el día del ambiente (5 julio).

El análisis del deterioro ambiental en Guatemala a través de su triada fundamental —aire, aguas y tierra— revela en estos momentos una transición crítica: pasamos de un territorio con una resiliencia ecosistémica aparente a un estado de estrés hídrico, degradación edáfica (deterioro de la calidad y fertilidad del suelo) y polución atmosférica, que compromete la sostenibilidad del país. Todo ello provocado por factores físicos, químicos y biológicos.

Con respecto al agua

Históricamente, Guatemala se consideró un país con una oferta hídrica excedentaria. Sin embargo, el modelo de desarrollo e industrialización urbana a partir de la segunda mitad del siglo XX, sumado a una ausencia crónica de un marco regulatorio (la inexistencia de una Ley de Aguas), propició un uso puramente extractivo y receptor de desechos. Las cuencas hidrográficas se convirtieron en los drenajes naturales de los centros urbanos y la actividad agroindustrial, propiciando todo ello Contaminación generalizada. Diversos diagnósticos institucionales coinciden en que más del 90% de las fuentes de agua superficial presentan contaminación bacteriológica (coliformes fecales) y, en puntos críticos, cargas físico-químicas pesadas. Las cuencas de los lagos de Amatitlán y Atitlán, y ríos como el Motagua, el Villalobos o el Samalá, operan bajo dinámicas de eutrofización severa (exceso de nutrientes que agota el oxígeno) debido al vertido directo de aguas residuales domésticas e industriales sin tratamiento.

Lo peor del caso es la brecha de saneamiento ante esos colapsos. La cobertura de plantas de tratamiento de aguas servidas funcionales a nivel municipal sigue siendo mínima, lo que perpetúa el ciclo de degradación hídrica afectando directamente la salud pública. 

En cuanto a la tierra 

El suelo guatemalteco ha sufrido una intensa presión por el cambio de su uso. Durante los últimos cuarenta años, la matriz económica impulsó la expansión de la frontera agrícola, tanto para agricultura de subsistencia en tierras altas como para monocultivos de exportación en las tierras bajas, que se ha venido desarrollando en ambas áreas de forma desordenada. Esto generó una de las tasas de deforestación más altas de la región, perdiéndose más del 50-60% de la cobertura forestal original del país en unas pocas décadas.

En el momento actual, el suelo se enfrenta a una erosión acelerada y a la pérdida de su capacidad de recarga hídrica. Estimaciones gubernamentales y universitarias señalan que el país pierde decenas de miles de hectáreas de bosque anualmente. La sustitución de bosques por pastizales o monocultivos rompe la estructura del ecosistema. Al remover la capa vegetal en zonas de ladera (características de la orografía nacional), las lluvias arrastran millones de toneladas de suelo fértil hacia los ríos cada año. Esto no solo desertifica los terrenos agrícolas, sino que azolva los ríos y eleva exponencialmente el riesgo de deslaves y desastres naturales terminando en áreas de erosión. 

Igualmente, en las regiones de alta producción agrícola, el uso intensivo y poco regulado de agroquímicos (herbicidas, plaguicidas) altera la microbiota del suelo y lixivia compuestos tóxicos hacia los acuíferos subterráneos.

La contaminación del aire 

Fue inicialmente un problema localizado y rural (asociado al uso de biomasa o leña en cocinas mal ventiladas). Con el crecimiento demográfico exponencial y la macrocefalia urbana del área metropolitana a finales del siglo XX, la polución del aire migró hacia los centros urbanos, impulsada por un parque vehicular en expansión sin controles de emisiones obligatorios.

En la actualidad, los centros urbanos registran niveles preocupantes de material particulado. Los monitoreos del Insivumeh y reportes de calidad del aire internacionales muestran que las concentraciones de partículas finas en la Ciudad de Guatemala y cabeceras principales superan con frecuencia los límites anuales sugeridos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). La principal fuente de emisión fija y móvil proviene del transporte (combustión de diésel y gasolina de baja calidad en unidades obsoletas o sin mantenimiento) y la actividad industrial periférica.

El hogar y los lugares de trabajo

Al evaluar el aire, tendemos a mirar las chimeneas industriales o los caños de escape en el tráfico, pero olvidamos que el ser humano urbano pasa entre el 80% y el 90% de su tiempo en espacios cerrados (hogar, oficinas, transporte público). El hogar urbano funciona como un sumidero donde se concentran los contaminantes del exterior y se potencian con los químicos del interior, explicando por qué las alergias y las afecciones respiratorias crónicas no dejan de crecer en las ciudades.

De esa cuenta, el deterioro atmosférico intramuros (dentro del hogar) se hace presente también. 

En el área rural afecta a millones de personas debido a la combustión de leña y material orgánico, lo que correlaciona directamente con altas tasas de afecciones respiratorias crónicas.

Si bien las fuentes y los compuestos químicos varían, el espacio confinado de los hogares urbanos sufre dinámicas de deterioro ambiental muy complejas.

A diferencia de las viviendas rurales, que suelen tener mayor ventilación natural, la arquitectura urbana (apartamentos, casas en serie con poca ventilación o viviendas en asentamientos precarios) tiende a confinar el aire. En las áreas urbanas densas, el humo de los escapes de los autobuses y vehículos (diésel y gasolinas de baja calidad) ingresa a las viviendas a través de ventanas y rendijas, quedando atrapado en salas y dormitorios. El material particulado fino (PM2.5) se concentra adentro, obligando a los habitantes a respirar aire contaminado de forma continua, incluso mientras duermen.

Aunque la estufa de gas es la norma urbana, una combustión incompleta o quemadores en mal estado liberan dióxido de nitrógeno (NO2) y monóxido de carbono (CO), gases altamente irritantes para las vías respiratorias. 

El entorno urbano y los hogares están saturados de microquímicos domésticos que degradan el aire cerrado. El uso intensivo de desinfectantes, aerosoles, aromatizantes ambientales, pinturas y productos de limpieza, libera Compuestos Orgánicos Volátiles (COV). En ambientes con poca circulación de aire, estos compuestos químicos reaccionan y se acumulan, superando con frecuencia los niveles de toxicidad que se registrarían en espacios abiertos.

Debido al diseño constructivo y la falta de planificación urbana, muchas viviendas padecen de problemas de humedad estructural. Las paredes húmedas propician la proliferación de esporas de moho y ácaros. En el contexto urbano, la combinación de estas esporas biológicas con el polvo y los contaminantes químicos genera un cóctel altamente alergénico que detona crisis de asma y rinitis crónica, especialmente en la población infantil.

Es evidente entonces que, el deterioro ambiental en Guatemala no es un problema puramente de la naturaleza o de la periferia rural. El entorno urbano, bajo su fachada de modernidad, ha creado sus propios ecosistemas de riesgo, donde el aire intramuros es el reflejo más directo de una planificación colapsada.

Cuando miramos el panorama completo, la lección es de carácter sistémico: la degradación de los elementos altera la salud humana en el punto más íntimo, que es el propio hogar, sin importar el código postal y el lugar de trabajo. El deterioro de estos tres elementos no ocurre de forma aislada; funciona como una red de degradación interconectada. La pérdida de suelo fértil en la tierra impide la infiltración del agua, sobrecarga las corrientes hídricas con sedimentos y acelera la vulnerabilidad climática global, evidenciando que el modelo actual opera al límite de la capacidad de regeneración de la naturaleza. 

Las proyecciones al futuro

Los estudios más robustos del Sistema Guatemalteco de Ciencias del Cambio Climático (SGCCC), el IARNA-URL, la CEPAL y las Comunicaciones Nacionales ante la UNFCCC.  coinciden en que, debido a su posición geográfica y a su alta vulnerabilidad social, Guatemala enfrenta un escenario de “riesgo intensivo”.

El futuro del agua:

En cuanto al agua, las proyecciones indican que Guatemala dejará de ser el país excedentario en agua que históricamente se creía. Las modelaciones para 2050 estiman una disminución de entre el 10% y el 20% de la precipitación anual acumulada en las regiones central y oriente. Para finales de siglo, la reducción de lluvia podría alcanzar el 30% en los escenarios más pesimistas.  Para 2050 se prevé una caída de entre el 5% y el 30% en la disponibilidad de recursos hídricos superficiales. Esto afectará directamente la recarga de acuíferos, el consumo humano y la generación hidroeléctrica. La franja de déficit hídrico extremo, confinada originalmente al oriente y al Valle del Motagua, se expandirá progresivamente hacia el occidente y el suroriente del país.  

El Futuro de la Tierra 

Hablamos de Aridización y cambio en las zonas de vida. El aumento proyectado de la temperatura global impactará la cobertura vegetal y la aptitud de los suelos de manera drástica. Los modelos estiman incrementos térmicos de entre 0.5 °C y 2.5 °C para el año 2050, y de hasta 3 °C a 6 °C para el año 2100. El calentamiento será más agudo en las regiones que actualmente son templadas o frías (Altiplano Occidental). 

La protección de ese fenómeno también fallará. Actualmente, los bosques secos y muy secos cubren cerca del 20% del territorio nacional. Las proyecciones para 2050 apuntan a que estas zonas áridas se expandirán hasta cubrir el 40%, y para 2080 podrían representar el 65% del país. En contraposición, los ecosistemas húmedos, muy húmedos y pluviales (que hoy sostienen la mayor biodiversidad y recarga hídrica del norte y las Verapaces) se reducirán del 80% actual a menos del 35% para finales de siglo.

La combinación de calor extremo y la pérdida de la capa fértil por erosión, proyectan caídas severas en el rendimiento de cultivos de subsistencia (como el maíz y el frijol), comprometiendo la seguridad alimentaria en el área rural.

El Futuro del Aire

Aunque lloverá menos días al año, las proyecciones indican que cuando llueva, el agua caerá con mayor intensidad en periodos muy cortos (tormentas locales severas). Esto incrementará la humedad estancada en áreas urbanas marginales y los desastres por deslizamientos. Estamos hablando entonces de lluvias más destructivas.

Al volverse el clima exterior más cálido y seco en las ciudades, aumentará la suspensión de polvo y material particulado fino (PM2.5). En las viviendas urbanas de bajos recursos, el hacinamiento y la falta de confort térmico exacerbarán el confinamiento de aire contaminado (tanto por filtración externa como por uso persistente de combustibles fósiles o biomasa en la periferia).

Todo lo anterior tendrá costos altísimos. CEPAL ha advertido el costo de la inacción. Las proyecciones macroeconómicas y ambientales indican que, de no tomarse medidas drásticas de adaptación, el costo acumulado de los daños ambientales equivaldrá al 1.4% del PIB y escalará de forma sostenida hasta alcanzar el 5.0% del PIB para el año 2100. 

En resumen, podemos decir que el cambio climático en Guatemala ha dejado de ser una predicción a largo plazo para convertirse en un factor condicionante de la viabilidad económica y social del país en el corto plazo. O le ponemos atención o las futuras generaciones pagarán las consecuencias de nuestra falta de previsión al respecto.

Bibliografía

  1. Castellanos, E., Paiz-Estévez, A., Escribá, J., Rosales-Alconero, M. y Santizo, A. (Eds.). (2019). Primer reporte de evaluación del conocimiento sobre cambio climático en Guatemala. Editorial Universitaria – Universidad del Valle de Guatemala.
  2. Carrera, J. L. y Mosquera, V. (2023). Agua. Serie Perfil Ambiental de Guatemala. Editorial Cara Parens.
  3. Sandoval, C., Gálvez, J. y Pinillos, D. (2022). Bosques. Serie Perfil Ambiental de Guatemala. Editorial Cara Parens.
  4. García Munguía, M. E. y Gálvez, J. (2022). Tierras. Serie Perfil Ambiental de Guatemala. Editorial Cara Parens.
  5. CEPAL. (2023). La economía del cambio climático en América Latina y el Caribe: necesidades de financiamiento y herramientas de política. Repositorio Institucional CEPAL.
  6. CEPAL. (2015/2018). Los costos de la inacción ante la desertificación y degradación de las tierras en escenarios alternativos de cambio climático en Centroamérica.
  7. Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN), SGCCC, & PNUD. (2022). Primer informe bienal de actualización de Guatemala.
Alfonso Mata
Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.
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