El secuestro de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) ha sido examinado principalmente desde la perspectiva jurídica, y con razón. Walter Mazariegos, el usurpador de la rectoría, ha violado sistemáticamente leyes, estatutos y principios básicos de la institucionalidad universitaria, tanto en el fraudulento proceso de 2022 como en su consolidación en 2026. Lo más grave es que el sistema de justicia, en vez de actuar como contrapeso, se ha convertido en su principal aliado. La Corte de Constitucionalidad le sirve de escudo, alcanzando un nivel de impunidad que ni los dictadores militares más descarados lograron.
Este aprendiz de autócrata opera bajo su propia Constitución. Donde el artículo 154 de la Carta Magna establece que “los funcionarios son depositarios de la autoridad, responsables legalmente por su conducta oficial, sujetos a la ley y jamás superiores a ella”, Mazariegos aplica su versión personal: “Artículo 154WM. Walter Mazariegos es depositario absoluto de la autoridad, irresponsable por sus actos, superior a la ley y ajeno a toda rendición de cuentas”. Un cinismo institucional sin precedentes.
El análisis más revelador trasciende el ámbito jurídico y entra en el terreno psicológico y psiquiátrico. Como detalla el psicólogo y psiquiatra español Iñaki Piñuel en Mi jefe es un psicópata, los psicópatas organizativos son depredadores psicológicos y sociales de “guante blanco”. Encantadores y seductores en apariencia, proyectan una imagen inmejorable mientras extienden el mal y el sufrimiento en las organizaciones. Su hábitat natural son las instituciones de poder —especialmente las públicas—, donde su sangre fría, ausencia patológica de miedo y falta total de remordimiento les permiten prosperar.
Estos individuos camuflan sus rasgos tóxicos (egoísmo, narcisismo, ira, manipulación e implacabilidad) como supuestas “capacidades directivas”. Escalan posiciones mediante seducción de superiores, parasitación del trabajo ajeno, mentiras patológicas y eliminación sistemática de opositores mediante acoso.
En el caso de la Usac, Mazariegos encarna este perfil con precisión. Ha transformado la universidad en un feudo personal donde la lealtad ciega se impone sobre la excelencia académica, generando un ambiente tóxico de miedo, división y “ausencia de pensamiento”.
Como bien señala Renzo Rosal, la ilegal reelección de Mazariegos representa “la consolidación de una generación de apócrifos profesionales” formados en un ambiente de caminos fáciles, compraventa de notas, títulos y cargos. Lo que muchos vemos como la expresión máxima de la regresión del pensamiento y consolidación del oscurantismo, es visto por sus impulsores como la oportunidad para vaciar de contenido una institución histórica y convertirla en engranaje de corrupción y reproducción de prácticas criminales.
Las implicaciones son graves: silencio, oscuridad y ausencia de presencia crítica. La Usac, en lugar de promover valores humanos, paz y democracia, se ha convertido en promotora de autoritarismo, injusticia y violación de derechos. Esto afecta no solo a la docencia, investigación y extensión, sino que genera un efecto dominó en colegios profesionales, el CEPS y otras universidades. Cautivos quedan académicos, investigadores, administrativos y estudiantes que no comparten esta cooptación, pero carecen de alternativas.
El mutismo cómplice de muchos profesores agrava la tragedia. Una universidad que deja de pensar no forma profesionales reflexivos, sino técnicos acríticos o reproductores de la exclusión. Como he argumentado en la serie El Futuro de la Universidad (especialmente la Parte 4), es imperativo crear un verdadero sistema nacional de educación superior pública. Esto exige, como mínimo, al menos cuatro nuevas universidades públicas descentralizadas, despolitizadas y pertinentes, junto con una red de institutos técnicos y programas formativos cortos.
Liberar la Usac del psicópata que la controla es urgente, pero la solución de fondo radica en romper el monopolio fallido y construir un ecosistema plural, competitivo y enfocado en el desarrollo real del país. La universidad capturada debe ser liberada. Guatemala necesita un sistema de educación pública superior moderno que deje atrás la era de los psicópatas, la decadencia y el oscurantismo, y abra oportunidades reales para las mayorías. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.







