Nueva York-Zona cero

Hace 25 años, el cielo despejado de Nueva York se transformó en el escenario del peor atentado terrorista en la historia de Estados Unidos. Los ataques cambiaron el rumbo del mundo y dejaron cicatrices imborrables en millones de vidas.

A un cuarto de siglo del derrumbe de las Torres Gemelas y del ataque contra el Pentágono, en Washington, los recuerdos de quienes vivieron aquel horror siguen intactos.

A través de los relatos de dos guatemaltecos que se encontraban en Nueva York aquel 11 de septiembre de 2001 y presenciaron de cerca la tragedia, La Hora reconstruye dónde estaban, qué hacían y cómo vivieron una jornada que marcó un antes y un después para Estados Unidos y en sus vidas también.

«Estaba en Midtown Manhattan, en Nueva York, relativamente lejos de donde ocurrieron los ataques. Desde el edificio podía verse lo que estaba pasando y, al mismo tiempo, seguíamos las noticias por los televisores que estaban encendidos. Mis clases ya habían comenzado cuando ocurrió todo», relató una de las entrevistadas de La Hora, quien prefirió mantener su nombre en reserva.

Aunque no recuerda con exactitud qué hacía en el instante en que recibió la noticia, dice que el impacto fue tan grande que le resulta imposible separar ese momento de la sensación de desconcierto que lo envolvió todo.

«Era algo enorme», recordó. A medida que la ciudad comprendía la magnitud de lo ocurrido, el ritmo habitual de Manhattan desapareció.

«Todo se detuvo. Nadie podía circular en las calles más que los vehículos policiales, bomberos y ambulancias».

Lo que más quedó grabado en su memoria fue la imagen de cientos de personas caminando durante horas para regresar a sus casas. No importaba la distancia: avanzaban en silencio, huyendo del miedo. «El dolor se percibía en el ambiente».

Pasaron horas, comentó, hasta que pudo establecer comunicación con sus seres queridos en Guatemala. Desde la oficina donde se encontraba intentó comunicarse, pero las líneas telefónicas habían colapsado y, además, no tenía teléfono celular.

«Finalmente, como a las 14 horas, salí a un teléfono público y probé llamar a mi casa por cobrar. Logré hablar con mis papás. Mi familia estaba muy preocupada porque no habían sabido nada de mí; aunque no estaba cerca, por el trabajo a veces debía moverme a distintos lugares».

«LA CIUDAD QUEDÓ MARCADA»

Con el paso de los días, el sonido de las sirenas se convirtió en parte del paisaje. Los vehículos de emergencia transitaban constantemente hacia el Hospital Bellevue, en la Primera Avenida, mientras familiares colocaban fotografías, velas y peluches en busca de noticias sobre sus seres queridos.

«La entrada al hospital era un recordatorio del tremendo dolor que tenía la ciudad».

En los meses siguientes, comentó, cualquier incidente despertaba el temor de un nuevo ataque. Varias veces evacuaron estaciones del metro y edificios, la seguridad se endureció en aeropuertos, oficinas y eventos, y una sensación de paranoia se instaló en la vida cotidiana.

Veinticinco años después,  Nueva York volvió a su ritmo frenético, pero el lugar donde estuvieron las Torres Gemelas se convirtió en un espacio para recordar, dijo.

«Hoy, en el museo y en la torre, se revive mucho de lo que pasó hace 25 años. Para muchos es volver a ese momento; para otros, es conocer lo que ocurrió. Hay espacios con videos donde ese dolor vuelve a sentirse».

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Para ella, recorrer ese lugar después de haber vivido aquel día es una experiencia que llega al corazón. «‘Never Forget’ es el mensaje que quedó para que aquello nunca se olvide.

«Independientemente de las teorías que existan o de lo que cada quien crea, la realidad es que ese evento cambió la vida de muchísimas personas y dejó una huella para siempre», recordó.

MOMENTOS DE DESESPERACIÓN Y PREOCUPACIÓN

El líder migrante guatemalteco, Juan Carlos Pocasangre, originario de Nueva Santa Rosa, Guatemala, fue otra de las personas que fue testigo del atentado de ese 11 de septiembre de 2001.

«Ese día yo me dirigía a trabajar a Queens. Cuando el primer avión impactó la primera torre. Escuchaba un programa de radio bastante cómico. En la transmisión dijeron que, al parecer, una avioneta se había estrellado contra una de las torres (Torres Gemelas); algo que en ese momento procesamos como un accidente normal», aseveró Pocasangre.

Sin embargo, indicó que cuando iba saliendo de la autopista, cerca del aeropuerto LaGuardia, anunciaron que un segundo avión había caído en la otra torre.

Comentó que en ese instante se empezó a sentir un ambiente muy raro y que la situación ya no se trataba de un error.

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«Como las estructuras eran tan monumentales, solo tuve que girar la cabeza hacia la izquierda para ver las columnas de humo que emanaban de ambas torres», recordó el líder migrante.

Durante el trayecto y al llegar a su área de trabajo, una tienda donde debía realizar auditorías de precios, encontró un escenario inusual: el movimiento era prácticamente nulo.

Ese día casi nadie llegó al establecimiento. Los pocos que estaban allí terminaron reunidos frente a una pequeña televisión del local, siguiendo las noticias y tratando de entender qué ocurría en la llamada zona cero.

La incertidumbre crecía a medida que llegaban nuevas imágenes y reportes. Sabían que algo grave estaba sucediendo, que había un ataque en curso, pero todavía no tenían respuestas sobre quién estaba detrás, cuáles eran sus motivos o hasta dónde podía llegar.

“Sentíamos muchísimos nervios porque sabíamos que nos estaban atacando, pero no sabíamos quién, por qué ni dónde terminaría todo”.

FALLAS EN LA COMUNICACIÓN

Juan Carlos record+o que aquella fue una situación “verdaderamente dura”, marcada no solo por lo que ocurría a su alrededor, sino también por la imposibilidad de comunicarse. En ese momento, los teléfonos celulares apenas comenzaban a masificarse y los beepers —o localizadores— todavía formaban parte de la vida cotidiana.

La infraestructura de comunicaciones también había quedado afectada. Una de las torres que daba cobertura telefónica a buena parte de la zona había resultado dañada y, con ella, la antena ubicada en la parte alta del edificio. Las redes móviles dejaron de funcionar casi de inmediato. Los únicos teléfonos que todavía permitían establecer comunicación eran los alámbricos de las casas.

Para Juan Carlos, ese silencio en las comunicaciones significaba no saber qué estaba pasando con su familia. Su hermana ya había logrado llegar a casa y estaba a salvo, pero él no lo sabía. No tenía forma de comunicarse con ella ni de confirmar que se encontraba bien.

La preocupación aumentaba, además, por su hermano. Él trabajaba cerca de la zona del desastre, a la altura de la calle 33, y por motivos laborales acudía dos veces por semana a las Torres Gemelas. Su trabajo lo llevaba específicamente hasta el piso 88, donde debía mostrar y recoger muestras de mercancía.

Mientras las horas pasaban sin noticias, el temor se instaló en la familia.

“Ese era nuestro mayor miedo. Mi mamá y yo estábamos aterrados al no saber nada de él. Ante la incertidumbre, le pedí autorización a mi jefe para retirarme a casa y él aceptó de inmediato”, contó.

ODISEA PARA LLEGAR A CASA

El regreso a casa se convirtió en otra odisea. Pocasangre relató que el recorrido le tomó entre cinco y seis horas, debido a que las principales autopistas estaban completamente cerradas. Sin otra alternativa, tuvo que desviarse por pequeñas arterias y buscar rutas secundarias para poder avanzar.

Cuando finalmente logró llegar a casa, encontró a su madre todavía desesperada. La falta de comunicación mantenía a la familia en vilo, pues seguían sin saber qué había ocurrido con su hermano.

“Cuando por fin logré llegar a casa, mi mamá seguía desesperada por la falta de contacto con mi hermano. Al final, gracias a Dios, él también llegó sano y salvo. Ese día, por fortuna, no le había tocado ir a las Torres”.

Fue hasta después que pudieron reconstruir lo ocurrido. Su hermano les contó que había logrado salir de la zona antes de que el sistema de transporte colapsara por completo. Algunos trenes todavía alcanzaron a pasar, lo que le permitió alejarse del área.

El servicio del metro, sin embargo, quedó severamente afectado. Varias líneas dejaron de operar esa misma tarde tras los daños provocados en la infraestructura, complicando todavía más la salida de miles de personas de la zona.

25 AÑOS DESPUÉS

Veinticinco años después, las imágenes de aquel 11 de septiembre permanecen en la memoria de quienes estuvieron allí.

Nueva York volvió a levantarse, las calles recuperaron su movimiento y la ciudad continuó con su historia. Pero para quienes vivieron de cerca aquella tragedia, el 11 de septiembre dejó algo que trasciende las ruinas: la certeza de que hay días que dividen la vida en un antes y un después.

“Never Forget” no es solo una frase que acompaña el recuerdo de las víctimas. También resume la memoria de quienes estuvieron allí, de quienes esperaron horas sin saber de sus seres queridos y de quienes vieron cómo, en cuestión de minutos, una ciudad entera quedó en silencio.

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