Recuerdo que fue una tarde del mes de septiembre, mes en que arrecia el invierno, cuando empezaron a caer pequeñas gotas, como de llovizna cobanera, que todos pensamos que se trataba de un rocío que se quedó dormido. Después se dejaron venir unos goterones desperdigados, que tronaban en las láminas como fichas de a dos centavos. El alcalde, con el Consejo Municipal, dispuso sacar un bando de urgencia para que los vecinos supieran lo que estaba pronosticado en el almanaque Lancasco; y, el secretario municipal leyó el pronóstico en cada esquina del pueblo, acompañado de don Juan Navarro, dándole a un redoblante para que la gente acudiera a escuchar la noticia. Esos bandos, que algunos les llamaban bandos de buen gobierno, eran ya conocidos, solo que siempre se trataba de anunciar que el gobierno decretaba la suspensión de garantías. Quizá por eso mi abuela, que ya era incrédula de esos procedimientos, se concretó a ordenarme que fuera a oír qué garantías estaban suspendidas, y ver si era necesario esconder la escopeta que dejó el abuelo, por aquello de los cateos”. Cuando el aguacero fue más fuerte, todo parecía que se trataba de un tornado, como esos que ocurren en el norte del continente; aunque en estos lugares montañosos son raros esos fenómenos naturales, salvo los que a veces suceden en el horizonte del del mar.  Pasados uno minutos, todos empezamos a tomar en serio eso de la caída del agua. En medio de muchos temores, el cura se dio cuenta que dentro de la iglesia había feligreses rezando el Rosario, preocupadas solo en pasar una a una las perlas de la camándula; y les advirtió que mejor se fueran a su casas, porque, por los goterones y la fuerza del viento, corrían el peligro que se les enrollaran las enaguas y sin quererlo enseñaran sus vergüenzas. Doña Elena, que esa misma tarde también ocupaba la iglesia enseñándole la doctrina a los patojos de la primera comunión, les repitió las palabras del cura, que se fueras a sus viviendas porque de repente el almanaque estaba en lo cierto, aunque el futuro solo Dios lo podía saber. Además, les recomendó que se llevaran bien guardadas las copias de las oraciones, incluyendo la del Padre Nuestro y las letanías, porque, o se mojaban o se iban volando sin destino. Ninguno de los patojos contradijo a las palabras de Doña Elena, y entonces, muy contentos, se quitaron los zapatos y junto a los patojos descalzos, se arremangaron los pantalones y se fueron caminando entre el agua de la corriente que venía del barrio de arriba. Mientras tanto, la lluvia y el viento se estacionaron como si se hubieran echado a dormir, al grado que los pájaros se escondieron en sus nidos y los zopilotes se fueron volando a esconderse en las cuevas del Tecuamburro. Una noche de las varias que duró la tormenta, se oyeron unos grandes retumbos que venían del mar, y desde un peñón que servía de atalaya, los curiosos se fueron a ver cómo se levantaba un inmenso remolino, como tornado, que aquí sólo los conocían quienes noche a noche llegaban a ver televisión a la tienda del chino, que cobraba diez centavos la entrada, hasta que el aparato se apagaba porque se terminaba la carga del acumulador.  Los vecinos que no les interesaba la televisión, solo conocían los pequeños remolinos que se formaban en las calles y que no pasaban de levantar las hojas secas de las calles, arrinconándolas a la orilla de las banquetas. Pero, quienes vivían cerca de la playa de la aldea El Ahaumado, vieron cuando el aire se entorchó en la línea donde se ve el horizonte y el mar principió a moverse de forma rara, aunque aquí, en la cordillera, solo escuchamos los retumbos y el chiflido del huracán cuando se enmontañó y agarró con rumbo desconocido. Muchos pobladores prefirieron encuevarse en sus casas, rezado oraciones para salvarse que el remolino, sin entender qué era lo que producía un ruido intermitente en las tejas y las láminas de la viviendas. Al llegar la tarde del cuarto días de estas sufriendo las inclemencias naturales, se escuchó un estruendo en el cielo, con un relámpago que iluminó muchos kilómetros a la redonda. Fue entonces cuando don Desiderio, el brujo del pueblo, con su experiencia y sabiduría, dijo: “Esta llovedera se acabó porque los rayos queman el agua, apaciguan al viento y entonces se termina esta jodedera”. Y por cierto, después del relámpago, se vino una calma que sepultó todos los temores. Y desde esa vez, cualquier problema, personal o colectivo, se le consultaban al brujo, y hasta el alcalde municipal lo contrató como asesor meteorológico, pues el almanaque Lancasco había dejado de editarse. Cuando el síndico le dijo al alcalde que no había plaza presupuestada para esa asesoría, le contesto con mucha autoridad: “Aquí mando yo”.

René Arturo Villegas Lara

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