Raúl Molina

En los días previos al 15 de Septiembre surge por doquier el “fervor patrio”, particularmente cuando el presidente Jimmy Morales se empeña en “su nacionalismo”, con el Himno Nacional y su saludo a la bandera como receta para ser “buenos guatemaltecos”. Curiosamente, se ha publicado en Prensa Libre un acertado artículo, “El Himno Nacional un canto de la minoría”, en el que se da a conocer que, por un lado, este no corresponde a la Independencia misma sino que a un período posterior (su estreno fue el 14 de marzo de 1897), cuando los criollos y la burguesía cafetalera ya se habían repartido el país, y por otro, la única referencia a lo indígena en un país poblado por indígenas en más del setenta por ciento es cuando se describe al quetzal como “ave indiana que vive en tu escudo”. De hecho, muchos aspectos del himno no son cabalmente comprendidos, ni por iletrados ni por eruditos, lo que imposibilita que se sienta como “algo propio” para la gran mayoría del país. Cantarlo, con ritmo de marcha fúnebre, como afirma el artículo, o a ritmo más militar, como el ejército sugiere, nos afirma en dos platos que la transformación de este Estado –que ya es de todas maneras “fallido”– es una urgente e impostergable necesidad.

No es solamente el himno el que no funciona; se le ha dado a la Independencia una connotación que no corresponde a la liberación del pueblo como se ha venido inculcando. Es cierto que se rompieron los lazos de dependencia como colonia de la corona española; pero se conservaron las características coloniales de 300 años. De hecho, fue una “independencia” decretada por los criollos para impedir que la hiciera el pueblo, como dicen los próceres mismos en el Acta de Independencia: “1º Que siendo la independencia del Gobierno Español la voluntad general del pueblo de Guatemala, y sin perjuicio de lo que determine sobre ella el Congreso que debe formarse, el Sr. Jefe Político lo mande publicar para prevenir las consecuencias, que serían temibles, en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. Toma así un carácter preventivo ante la manifiesta voluntad del pueblo, lo que hace más fácil entender que, al no haber entre los criollos un concepto real de soberanía, se decida en poco tiempo la anexión a México. Esta entrega de la soberanía nacional ha seguido caracterizando a los sucesivos regímenes, con excepción de la “Primavera Democrática” (1944-1954); es hoy fácil aceptar el neocolonialismo impuesto por Washington, siempre presente sin importar si se trata de Republicano o Demócrata. Las juventudes del país deben reflexionar que la independencia real es el ejercicio de la soberanía política y la libre determinación de las políticas económicas, sociales y culturales que favorezcan más a los cuatro pueblos que coexisten en el territorio nacional. No es que debamos dejar de celebrar el 15 de Septiembre; se trata de darle sentido. Independencia no es una palabra vacía que se refiere a un momento en la historia; la independencia la debemos construir, constantemente, sea de España, temporalmente de México o, como se hizo con la Revolución de Octubre de 1944, de cualquier otro país.

Artículo anterior“El retiro en el Congreso”
Artículo siguienteDesastres sociales, más que naturales