Javier Estrada Tobar
@JAVIEResTOBAR

Somos testigos de tragedias anunciadas y las cosas no cambian. El patrón se repite cada año: El agua de lluvia corre, la tierra se desliza, las viviendas ceden y decenas de personas quedan sepultadas; luego vienen los lamentos por los muertos, el intercambio de señalamientos entre funcionarios y la reflexión sobre los errores de la sociedad. El lugar puede ser Santa Isabel II, El Cambray II, Tzanchaj o Panabaj. Sin embargo, el dolor de las pérdidas humanas siempre es el mismo y los problemas no se resuelven.

Y es que estamos acostumbrados a sufrir por la falta de prevención de desastres, pero las cosas no deberían ser así. Tenemos un país de 108 mil 889 kilómetros cuadrados, suficiente espacio para que todos tengan un espacio digno para vivir y sucede que solo unos pocos tienen asegurado un techo digno y a veces hasta ostentoso, mientras otros viven hacinados en las laderas, a las orillas de los barrancos o a pasos de los ríos, exponiendo sus vidas y las de sus familias.

La tarea de garantizar techos dignos para todos es enorme y tiene que empezar ahora mismo, o de lo contrario la situación empeorará. Como lo reportó La Hora en noviembre del año pasado, el déficit habitacional llegaría a 2.1 millones de viviendas en los próximos cuatro años y no me cabe la menor duda que en la misma medida también aumentarían las tragedias humanas, como la que ocurrió esta semana.

Es importante que llamemos a las cosas por su nombre. No son desastres naturales. Más que eso, son desastres sociales provocados por la desigualdad social, la falta de planificación en la Ciudad, la escasez de oportunidades de desarrollo y la falta de cuidado del medio ambiente; también tienen que ver la irresponsabilidad de funcionarios públicos, la ausencia de políticas de educación en comunidades y la carencia de un sistema efectivo de alerta temprana ante las calamidades.

Si Jimmy Morales quiere que su gobierno deje un legado, difícilmente será una reforma del Estado o un cambio estructural de la política, a pesar de que ese parecía ser el mandato cuando fue electo, pero sí puede y debe promover un programa de estímulo para el sector inmobiliario, que a diferencia de los proyectos tradicionales, sí favorezca a las personas más necesitadas, y además, siente las bases para el ordenamiento territorial del futuro, una tarea pendiente que se ha heredado de gobierno en gobierno en las últimas décadas.

No puede ser que miremos con indiferencia lo que pasó recientemente en Santa Isabel II, en Villa Nueva, y nos resignemos a que en el futuro sea otra colonia o barrio popular de Guatemala o cualquier otro departamento; es necesario estar conscientes que las acciones preventivas de hoy podrán ayudar a salvar muchas vidas mañana, pero hace falta ponerse a trabajar cuanto antes. Por supuesto que se debe atender a las víctimas de hoy, pero la política gubernamental no debe orientarse a pagar funerales y maquinaria para remover escombros, sino a invertir para que en el futuro esos gastos ya no sean necesarios.

Presidente Jimmy Morales, muchas vidas están en riesgo y usted puede hacer el cambio.

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