Por Juan B. Juárez
Mezcla afortunada de ingenio y buen oficio, las esculturas de Leopoldo Barrientos, además del movimiento que las anima, cumplen con la irreprimible vocación de desafiar no sólo la gravedad física con los equilibrios precarios en que se sostienen sus figuras sino también la seriedad en la representación formal y material de sus temas, para los cuales el artista encuentra siempre soluciones fortuitas y asombrosas.
Se trata siempre de los temas clásicos de la escultura: el retrato (de celebridades y personajes imaginarios), bailarines (clásicos y populares), acróbatas e imágenes religiosas de ángeles y santos, pero interpretados desde la situación compleja y marginal que ocupa el arte y los artistas en nuestra época, y realizados, como corresponde a esta perspectiva, con materiales industriales (resinas sintéticas y pinturas acrílicas) y desechos producidos por la sociedad de consumo, recogidos al azar bajo el criterio de que “para algo han de servir”.
Artista culto e imaginativo, Leopoldo Barrientos extrae sus técnicas de la tradición escultórica que, por cierto, conoce de primera mano por herencia familiar, por convivencia con los grandes escultores de Guatemala y por sus estudios académicos. Los materiales, los temas y las formas, en cambio, proceden de la actualidad artística (que incluye no sólo la plástica sino también la literatura), de la necesidad de expresarse con lo que se tenga a mano y de su apertura a una cotidianidad que lo envuelve, le señala características de época (estilo) y le provee del universo caótico e inagotable del que surgen los signos plásticos con los que construye y desarrolla creativamente un discurso pertinente e irreverente.
Aunque el ingenio atento al azar parece determinar buena parte de las soluciones materiales, formales y semánticas de sus esculturas y darle cierto carácter accidental a sus hallazgos expresivos, lo cierto es que lo que rige en el trabajo de Leopoldo es una recta y rigurosa claridad conceptual y una permanente intencionalidad crítica que le dan a su obra esa inconfundible unidad estilística, entre graciosa e irónica, leve y corrosiva. En el busto de Miguel de Cervantes, por ejemplo (una cabeza realista sobre una pieza metálica, de irregular geometría vagamente abstracta, proveniente de un artefacto desechado e inidentificable pero con algo de máquina de coser), se da una síntesis sorpresiva y asombrosa, un indudable hallazgo expresivo para una admiración que no es oficiosamente conmemorativa y solemne, sino simplemente sentida con autenticidad en pleno siglo XXI por un artista que actúa como un verdadero interlocutor del célebre manco, que se identifica con su azarosa y desventurada vida y que, más que ingenioso, quiere ser honesto, y desde esta circunstancia hace un homenaje personal, espontáneo e impulsivo, con los recursos que tiene a mano.
Artista de nuestra época, Leopoldo Barrientos hace, primero que nada, una crítica de la escultura tradicional, buscando con sus técnicas, materiales y formas de representación una adecuación más auténtica a la compleja gama de emociones, ideales y pensamientos que animan a los individuos y sociedades de la actualidad. Y de allí que, poniendo la autenticidad como el valor que debe regir en las expresiones artísticas contemporáneas, desarrolle su obra en torno a lo que verdaderamente experimenta en su vida, apuntando a esa fusión de forma y contenido de la que surgen esas esculturas tan llenas de vitalidad e ingenio, como la escultura de una bailarina de flamenco en la que los vuelos del vestido están hechos de hormas de zapatos que no sólo recogen el movimiento sino también el taconeo característico de este baile.
Y “Fusión metafórica” fue justamente el título de su última exposición realizada en septiembre en Casa Santo Domingo, en Antigua. Allí, en la atmósfera de ese antiguo convento, unos ángeles, hechos con la madera salitrada de una vieja canoa, cuyas alas son las aspas de un ventilador desechado, alargan sus formas en dirección a las alturas a las que sin duda pertenecen, movidas por el fervor de los creyentes o, en el caso del público contemporáneo, por la asombrada sensibilidad artística.
Así, pues, más que al ingenio, la escultura de Leopoldo Barrientos responde al pensamiento de un artista que medita sobre la validez estética y social de su trabajo, de un trabajo que, como ya vimos, conoce y ama profundamente.
Juan B. Juárez (Guatemala, 1951). Crítico de arte y pintor. Ha realizado durante más de 30 años la labor de documentar el trabajo de los artistas de Guatemala tendiendo puentes de reflexión y análisis entre coleccionistas, críticos, académicos, centros culturales y medios de comunicación.
…más que ingenioso, quiere ser honesto, y desde esta circunstancia hace un homenaje personal, espontáneo e impulsivo, con los recursos que tiene a mano.











