Por Marlon Meza Teni

Estamos situados en la Place de Vosges. 4to distrito de París. En la fotografía puede apreciarse a una pareja de adolescentes. A la chica se le ve muy preocupada pero en realidad está muy enamorada. Al chico se le nota menos pero quizá también lo esté. En el cuerpo de ella florece la mujer con sus formas, esperando mimos y atenciones. En el cuerpo regordete del chico solo se ve la apariencia de la inmadurez infantil y el desprendimiento total del mundo exterior cuando se tiene un teléfono entre las manos.

Están sentados en un mismo banco del parque, uno al lado del otro, y sin embargo se encuentran volando en distintas dimensiones. Ella espera una charla, una mirada, una mano, un roce de piel, una sonrisa, un beso… pero la modernidad ya le ha amputado a él la membrana que comunica las emociones entre los dos hemisferios cerebrales, y es un jovencito rudo y de poco entendimiento, impuntual, desatento y desfasado en la reciprocidad y el cumplimiento de nada que no suceda en las redes virtuales (y es que nuestros sistemas de comunicación ya no funcionan de los ojos a los ojos, ni de la piel a la piel pienso al verlos, y la chica que hasta hace un rato estuvo metida en sobresaltos de provocación y espera, lo abrazó sin lograr extraerlo de su mundo virtual).

Hoy todo lo que hemos ganado en tecnología lo hemos perdido en comunicación y en el uso de nuestros sentidos básicos: la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato; y estos apenas forman parte de un sistema de esclavitud que le debemos al marketing sensorial del que somos víctimas y que con suerte logramos evitar cada tanto, pero que como sea, nos mantiene en un desorden colectivo de trastornos sensoriales. En algunos de los hogares de mis mejores amigos he visto como no se habla de otra cosa que no sea de tecnología, y para probarlo, todos comunican por medio de internet de una habitación a la otra.

Por un momento la chica de la foto trató de condescender y de acomodar su enamoramiento con tal de entender lo qué podía haber en la pantalla de ese teléfono más atractivo que su falda, sus piernas, su forma de amarrarse el pelo… En esta foto, muchos somos el pequeño energúmeno entregado al vicio del embrutecimiento que provoca internet. Bastaba con echar un vistazo por los alrededores y descubrir que como ese chico, cientos de seres estaban también hundidos en aparatos representativos de nuestra capacidad de esclavitud y de supervivencia en medio de la soledad multitudinaria.

Por un momento ella frunce el ceño, se frota las uñas y se pregunta qué es lo que está haciendo ahí. Él sigue sin darse cuenta de nada y muestra las deficiencias profundas que han afectado sus facultades de sociabilización en el trato de un ser humano a otro, probablemente adquiridas en las primeras edades de su vida frente a una computadora y los videojuegos. Lo veo y solo veo a un chico sin gracia, prontitud, ni rapidez en las acciones. Adivino a un futuro empresario y a un hombre de cifras sin beneficio humanístico. Fatuo, majadero, mentecato, desleal, castrado mental y acorralado por el vicio de las comparaciones sociales que derivan y desembocan forzosamente en cifras de negocios. Adicto a las curvas de la bolsa y epiléptico ante las vibraciones de su teléfono celular. Por un instante levanta la mirada escondida detrás de los lentes de sol, ella le sonríe, pues cree que por fin le va a dar un beso, pero de pronto algo vibra y él vuelve a caer embobinado, probablemente por una conversación generalizada en la red, aunque pensándolo bien, en la plaza todos parecemos miembros de una nueva casta de seres sistemáticos, atrapados por circuitos de recompensa y métodos de comparación social que halagándonos nos absorben y nos disuelven.

Hoy para decir ‘te quiero’ debemos estar conectados a métodos sofisticados de telecomunicaciones. Estuve viéndolos un buen rato y en un momento dado la chica tuvo un ligero cambio de humor por donde el deseo se le convirtió en compañerismo, pues abandonó toda tentativa de seducción y vio al chico como se ve a un rumiante a la orilla de una carretera, lo abrazó, y sin preguntarle nada le dio un beso sobre la cabeza con instinto maternal.

Al poco me levanté, empecé a caminar y ya más lejos me volteé para ver si algo había cambiado, pero nada había cambiado. Él seguía inclinado como una estatua sobre su iPhone, quizá esperando a que ella se terminara cansando y sacara el suyo, y entonces pudieran decirse lo que tenían que decirse, y platicar como se debe, con dos teléfonos conectados uno al lado del otro. Porque entonces ella le escribiría Hola, tengo ratos de estarte viendo y no me hacés caso… y él se reiría sin voltear a verla y teclearía ¿Dónde estabas que no te había visto?, espérame un minuto, ya te respondo… y ella lo interrumpiría con cierta complicidad escribiendo ¿Ves que día tan lindo está haciendo en la plaza, con nosotros acá afuera?, deberíamos movernos hacia un café o hacia el río Sena. Además en la banca de enfrente había un tipo con una cámara que no dejaba de vernos y me siento incómoda…

De momento, yo solo recuerdo la frase del astronauta Niel Armstrong cuando puso un pie en la luna y dijo “Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”.

Y acá estamos, medio siglo más tarde, moviéndonos bajo las órdenes de los satélites y las trampas perversas del marketing, el consumismo y la modernidad. Entre un hola y un adiós cuando en el perímetro carcelario de nuestra soledad multitudinaria nos falla el amor, lo cual poco importa, con tal que no nos falle nunca el WiFi.

París, mediados del otoño de 2016


Marlon Meza Teni (Guatemala, 1963). Músico, escritor y fotógrafo. Medalla del Senado de Francia 2013 de personalidades latinoamericanas residentes en Francia.

Adivino a un futuro empresario y a un hombre de cifras sin beneficio humanístico. Fatuo, majadero, mentecato, desleal, castrado mental y acorralado por el vicio de las comparaciones sociales que derivan y desembocan forzosamente en cifras de negocios.

Artículo anterior¿Cómo le hacés?
Artículo siguienteLeopoldo Barrientos, un escultor de nuestro tiempo