Una colaboración de Patricia Lepe | Barrancópolis

Lo que escribo en estas líneas –provocación de las entregas Con los cuernos en alto de Mario Castañeda– tiene la intención de plasmar las vivencias, que iniciaron durante mi niñez y me llevaron a sentirme atraída por el rock y el metal. Con ellas también intentaré plantear cómo dentro de una familia conservadora, la música fue la brecha que sutilmente rompió con el esquema tradicional de ser mujer.

_Cul3_1BEn 1982, Guatemala vivía una guerra interna que empezaba a alcanzar sus más altos índices de violencia (asesinatos, secuestros y desapariciones por doquier). El 23 de marzo, día que Efraín Ríos Montt perpetró un golpe de Estado, varios hombres dispararon contra la farmacia de don Nino, ubicada en la esquina de la 30 calle y 33 avenida, de la popular zona 5, asesinando a una vecina y causando pánico a los que vivíamos allí.

Sobre ese ambiente de terror y represión, mi familia se esforzó por darme una niñez segura y alegre. Así que escuchar música se convirtió en un espacio para abstraernos de todo lo que sucedía alrededor.

Mi madre, trabajaba en una joyería sobre la 6ª. avenida y 9ª. calle de la zona 1. En sus ratos libres compartía conmigo su emoción por el rock and roll de Elvis Presley, Enrique Guzmán y César Costa. Mientras Tío Manuel, un empedernido fanático de los Beatles, ponía a sonar los álbumes rojo y azul; y se alternaba la tornamesa con tío Toño, quien al encajar la aguja en el LP de Iron Butterfly, provocaba que todos alcanzáramos el trance musical al ritmo de In-A-Gadda-Da-Vida.

Esas nuevas experiencias sonoras (que se volvieron naturales a mis oídos) fueron el preámbulo para mi encuentro con el heavy metal unos años después. Fue en la televisión abierta nacional que iniciaba su transmisión al mediodía, donde presencié y escuché por primera vez I was made for loving you, de la banda Kiss. El sonido del bajo, la larga y puntiaguda lengua de Gene Simmons –llamado The Demon- en armonía con el riff de la guitarra y la ropa repleta de púas, penetraron en mis sentidos para provocar un deleite a mi curiosidad.

La provocación por fisgonear nuevas sensaciones, ya la había buscado anteriormente cuando decidí a los ocho años, fumar por primera vez; pero mi madre el encontrarme en el acto, me propinó una tunda por la cual no concibo atracción por un cigarro.

Se dice que el término rock and roll, originalmente, se refería al movimiento de los barcos. Literalmente rock, describe el movimiento delante hacia atrás y roll al movimiento de los laterales. La expresión derivó en la jerga coloquial afrodescendiente rockin, con la cual los cantantes de gospel reseñaban la posesión durante los actos religiosos. Posteriormente, su significado derivó para referirse a las relaciones sexuales y finalmente, el locutor estadounidense Alan Freed se apoderó del mismo para nombrar a la música rhythm & blues –es decir toda la música realizada por afrodescendientes a excepción del jazz y el góspel– a partir de 1951.

El rock and roll, como expresión de la música popular de los jóvenes de los años cincuenta, no llegó a los estratos populares de Guatemala directamente de Estados Unidos e Inglaterra sino de México. Los padres de los que nacimos durante las décadas setenta y ochenta, son la primera generación que conoció a bandas como Los Hooligans o Los Teen Tops, las cuales interpretaban en español canciones como el rock de la cárcel de Elvis Presley.

No dudo que Ofelia, mi madre, al percatarse que mis comportamientos rayaban ser los inicios de la adolescencia, apostara en el colegio y la iglesia como los espacios donde se me podría conducir por el camino que ella había soñado y planificado para su primogénita; es decir, el tradicional rol de “casarse, tener hijos y como añadidura alcanzar la felicidad”.

Así que al estudiar en El Sagrado Corazón, un colegio de clase media -a la cual no pertenecía- ubicado sobre la 9ª avenida de la zona 1, esta institución se convirtió en un escaparate que me mostró el mundo del consumo de mercancías estadounidenses y la frustración, durante esa edad, de no poseer LPs y toda la parafernalia de la moda circunscrita en pantalones de lona estilo acid wash, tenis Reebok o lentes Ray-Ban.

El colegio, al cual Michel Foucault le atribuye la categoría de vigilancia jerárquica, fue el espacio donde me destaqué porque perdía el curso de educación para el hogar –ese donde pretenden enseñar a cocinar, coser y a no contonear las caderas– y por los desmayos durante misa y la jura a la bandera.

En ese lugar, que parecía un gallinero, fue donde recibí mi primer regaño por escuchar rock. Fue durante el curso de religión, donde una miss utilizó perversamente la pedagogía y proyectó un corto que mostraba las “implicaciones” de escuchar esta música. Poniendo de ejemplo Rapsodia Bohemia de Queen, el video mostraba que al girar el disco al revés, surgían mensajes “diabólicos” que atentaban el espíritu de las estudiantes que lo escuchaban.

Mi posición fue hacer caso omiso porque para los once años esta banda con Crazy little thing call love y Joan Jett con I love rock and roll se habían convertido en los estandartes del paso a mi adolescencia y símbolos de desacato.

De la mano del colegio católico, los domingos asistía con la familia a una iglesia mormona cerca del Campo Marte, llamada Barrio Ocho. Siendo el único espacio permitido para relacionarme con otros adolescentes, porque tenía “prohibido” salir a la calle y hacer amigos en la cuadra donde vivía, fue donde conocía al Chino, Juanca y Pinki, quienes también gustaban del rock y con quienes descubrí el hibridismo cultural del rock en español de mi generación al escuchar bandas como Soda Stereo, Enanitos Verdes, Hombres G, Ángeles del Infierno y Sangre Azul.

Como todavía no se me permitía asistir a un concierto, la casa –sin presencia de adultos– era el lugar para pasar las tardes escuchando rock e imitando a Kiss, con el apoyo de discos y posters prestados, como lo demuestra la fotografía que encabeza este artículo, la cual fue tomada durante 1987 con una cámara de 110 milímetros.

En ese espacio privado del hogar, dos mormones estadounidenses tocaron la puerta una tarde. Viéndome llevar un crucifijo en el arete izquierdo y cuestionándome la razón del por qué lo hacía, aconteció la segunda reprimenda.

Al responderles que lo hacía porque me gustaba Madonna –que vestía de novia irreverente y sensual– la palabra marrana salió de la boca de uno de ellos. No olvidaré tal expresión, porque era manifestación de desprecio y al cabo del tiempo, comprendí que me había calificado de pagana por no estar conversa al cristianismo o mejor dicho, al mormonismo.

Aunque Madonna es reconocida como la reina del pop, durante esos años se acompañaba en la pantalla de la televisión con otras mujeres como Pat Benatar, Blondie y Lita Ford. Todas ellas me incitaron para que me delineara los ojos de negro, usara un zapato amarillo y otro turquesa al mismo tiempo –pintados con témperas– además de llevar guantes de encaje, medias de mallas en color negro, lentes oscuros, comprados en la sexta avenida y un fleco repleto de spray para mantenerlo parado y tieso.

Escuchando la radio Metro Stereo en 1989 fue cuando Metallica y sus discos Black y …And justice for all irrumpieron mi mundo. Los largos solos de guitarra y la batería rápida e incesante, penetraron mi cuerpo para fluir intensamente como sangre. El hogar continuaba siendo el espacio para el rock sin restricción: Guns & Roses, Mötley Crüe, Alice Cooper, Bon Jovi y Deff Lepard hacían que las tardes se tornaran en pequeñas batallas con uno de mis hermanos, por la competencia entre ver las caricaturas o escuchar la radio.

Los viernes por la noche, durante el programa Revolución Rock, era el momento para grabar en cassettes las canciones de bandas como Judas Priest, Antrax, AC/DC o Led Zeppelin. Esta tarea semanal, la perfeccioné cuando no se escuchaba la presión de los botones rec y play durante la grabación, además de no respirar y callar a todos por unos segundos.

Siendo una adolescente de los ochentas, el rock no tuvo subgéneros. No conocía sobre las clasificaciones y diferencias entre el new wave, el hard rock; el pop rock o el trash metal. Al homogeneizar todo sencillamente como rock logré una apertura musical a todo lo proveniente del género.

La caía del muro de Berlín en noviembre de 1989, marcó al mundo con los inicios de la globalización. La década de los noventa se materializó al formar parte del proletariado, las ansias de completar estudios universitarios y renegándome a la función social de mujer. Fue durante esos años, en un apartamento de Nimajuyú, donde profundicé en los mares del rock psicodélico con The Doors, Pink Floyd y el black metal de Burzum.

Sin tener plena conciencia de los momentos musicales de mi niñez, para la adolescencia y adultez, me reconocía ya por no ser la tradicional mujer. Poco a poco iba pareciéndome más a Lilit, la mujer desobediente y demonio, que en su búsqueda por la igualdad ante el hombre, fue expulsada del paraíso por no aceptar su rol de extensión y costilla. Pretender que Lilit fue un mito, es minimizar su importancia y por ende, invisibiliza la lucha de las mujeres por construirse desde otras perspectivas.

El rock, me permitió dar los primeros pasos por las vertientes de la inconformidad, el cuestionamiento y la duda. Me inmiscuyó en espacios masculinos, donde la transgresión hizo posible otros mundos para las mujeres. El rock fue y es al día de hoy, un proceso de continua transformación, de trascendencia humana y en este caso, el de ser mujer.


Patricia Lepe (Guatemala, 1973) Empedernida, intensa y voraz.

Artículo anteriorLeopoldo Barrientos, un escultor de nuestro tiempo
Artículo siguienteEn la libertad de nuestros días