Eduardo Blandón
Hay especulaciones que fuera de la academia se convierten en materia de amplia conversación en las cantinas. Espacios de psicología callejera para la fabulación. Y aunque lo que se criba y decide en los salones no sea de mayor trascendencia para el porvenir de la historia humana, lo es para quienes participan en esas mesas de alto nivel.
Ya me dirán que se trata de pérdida de tiempo, ocio propio de espíritus sin metas. Yo pienso, por el contrario, que son experiencias que sirven para reinventarnos. Cansados de llevar vidas inauténticas, encontrarse con los amigos para ficcionar no tiene precio. Son lugares salvíficos de donde puede surgir el hombre nuevo.
Pienso ahora en la conversación con un amigo que meditaba, muy serio él, sobre profesiones rentables en el país, para concluir que si volvía nacer, sería «abogado y/o político». Se dice fácil, pero el amigo filosofó como los grandes, con estadísticas, argumentos y muchas ideas. «Y no llames, por favor, a lo tuyo ‘profesión’, me dijo, lo tuyo es cualquier cosa, menos eso».
Otros amigos son dados a la especulación política. Son los especialistas en enmarañamientos y conspiraciones solo evidente para ellos. Recuerdo, por ejemplo, un colega que ya avanzado en copas me explicaba cómo Pérez Molina fue víctima de la perversa Roxana Baldetti. Que no te asuste, dijo, «esa historia se remonta desde tiempos antidiluvianos: los hombres desde siempre hemos sido víctimas de ellas».
¿Estupideces? Sí, pero no más de las que dicen los diputados en las sesiones del Congreso ni las pronunciadas por el Presidente del CACIF. Esas sí tienen el rango de piezas de colección. Con el agravante que no son ni divertidas ni memorables. Piense, por ejemplo, en algún discurso de Álvaro Arzú y verá, cómo pierde incluso el apetito.







