Isabel Pinillos
ipinillos71@gmail.com

Mis manos frías al escribir, sienten las pulsaciones de las teclas que empiezan a cobrar vida propia, ejecutando mecanográficamente las letras de mi pensamiento. Debo confesar a mis lectores que ante un lienzo en blanco dejaré volar los pensamientos que revolotean como mariposas.

Habiendo dicho esto, me parece que los tiempos de silencio son necesarios. A veces las palabras nos ahogan en una telaraña difícil de desenmarañar. Las pausas son la antesala de cambios de ciclo.

Al nacer, todos traemos un libro en blanco, y con el transcurso de los años, se ha poblado de historias muy nuestras, con circunstancias únicas y personajes que han marcado nuestras vidas. Ese libro es más pesado para unos que para otros, pero lo cierto es que si no nos detenemos nunca, podemos dejar que las páginas sigan pasando indefinidamente sin pasar del mismo capítulo.

En un mundo que no se detiene, que hasta cuando dormimos se alimentan las redes sociales, es difícil hacer el tiempo para crecer individualmente. Pareciera por ratos que vivimos dos vidas paralelas: la real, y la virtual que es la que queda documentada para siempre en el ciberespacio. Ambas parecieran importantes, pero a veces la segunda toma control de la primera. En esas fotos las personas siempre se ven más felices, son más espléndidas y se ríen más que en la vida real. ¿Es acaso ésta la forma en que la humanidad ha encontrado un álter ego?

En el whatsapp, grupos se comparten memes y emoticones capaces de replicar cada emoción humana, oraciones para curar los milagros, se convoca a ser solidarias por alguna causa, pero cuando salimos al tráfico le cerramos el paso a aquél señor que nos pidió vía porque «ay de aquel» que nos robe los veinte centímetros que nos separa del parachoques de enfrente. ¿Acaso para hacer una buena obra, es necesario publicarla para que nos den un «me gusta»?

Otro gran desarrollo de nuestra época es que nos hemos convertido en monstruos de la información. La tenemos a nuestra disposición todo el tiempo, en todas partes. En la era informática, el conocimiento nos empodera. Pero ¿Nos ha hecho más inteligentes?

No me gustan los libros de autoayuda, ni pretendo dar consejos a nadie. Cada persona es un mundo, un universo con sus propias formas de enfrentarlo. Platicar con un psicólogo o un consejero seguro ayudará, pero también lo es abandonarse en un buen libro, un helado de chocolate o música que toca el corazón. La fórmula para ser feliz está dentro de cada persona, no existe el éxito fácil, ni la felicidad total. Sólo momentos de placidez que tienden a convencernos de ser felices, porque al final tendemos a ser optimistas.

Es posible que la culpa de estas líneas la tenga noviembre, por ser tan conmovedor, con sus vientos fríos y celajes que nos recuerdan al Creador, o a los seres que han partido ya de nuestras vidas. Noviembre como el fiambre de colores, los barriletes, los celajes, las flores en las tumbas. Una explosión de olores y sabores que agudizan los sentidos y los recuerdos más vívidos de la nostalgia.

En todo caso es un buen momento para ver los frutos de este año extraordinario, el crecimiento personal y profesional que hayamos tenido. Noviembre es un buen mes para hacerlo, porque en diciembre ya estamos enfiestados y enero nos toma por sorpresa y las metas de año nuevo se postergan hasta semana santa. Le invito, pues, a hacer una pausa, a decirle a los suyos que los quiere y de pensar en la emocionante introducción de su próximo capítulo.

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