Cada vez que un terremoto destruye ciudades, una inundación o un huracán arrasan comunidades o un incendio forestal consume miles de hectáreas, solemos escuchar la misma expresión: “Fue un desastre natural”. La frase parece lógica, pues el origen inmediato del acontecimiento se encuentra en la naturaleza. La tierra tiembla, los ríos se desbordan, las lluvias se intensifican, el mar se calienta y el fuego se propaga. Sin embargo, esta explicación, aunque parcialmente verdadera, puede ocultar una realidad más profunda: la naturaleza produce fenómenos; las sociedades, mediante sus decisiones y omisiones, convierten muchos de ellos en tragedias humanas.
Un terremoto es un fenómeno geológico. La liberación de energía acumulada en las placas tectónicas no depende de la voluntad humana. Pero que un terremoto cause miles de muertes, destruya viviendas precarias y paralice durante años la vida económica de una región no es inevitable. La magnitud de la catástrofe depende, en gran medida, de la calidad de las construcciones, del cumplimiento de los reglamentos, de la existencia de sistemas de alerta y de la capacidad de respuesta civil o de las autoridades.
La comparación entre distintos países resulta reveladora. Naciones expuestas a fuertes movimientos sísmicos como Japón, han logrado reducir considerablemente el número de víctimas mediante normas estrictas de construcción, educación ciudadana, simulacros regulares y sistemas de protección civil. En cambio, donde se permite construir sin supervisión, se tolera la corrupción o se ignoran los riesgos conocidos, un terremoto de intensidad semejante produce una devastación mucho mayor. El fenómeno natural es el mismo; la vulnerabilidad humana es diferente.
Algo parecido ocurre con las inundaciones. La lluvia es parte esencial de la vida y del equilibrio ecológico. Los ríos tienen ciclos naturales y, en determinadas circunstancias, se desbordan. Sin embargo, muchas inundaciones actuales son agravadas por decisiones humanas: la deforestación de las cuencas, la destrucción de humedales, la urbanización de zonas inundables, la construcción sobre antiguos cauces y la falta de mantenimiento de drenajes y sistemas de desagüe.
Con frecuencia, después de una inundación, se atribuye toda la responsabilidad a una “lluvia extraordinaria”. Pero conviene preguntar: ¿por qué se autorizó la construcción de viviendas en una zona de alto riesgo? ¿Por qué se permitió la tala de bosques que retenían el agua? ¿Por qué no se limpiaron los canales y drenajes? ¿Por qué las autoridades no actuaron después de las advertencias de los especialistas? En muchos casos, la lluvia o el huracán no crean por sí solos la tragedia: encuentran una sociedad que no se preparó para enfrentarlos.
Los incendios forestales recientes en Francia y España ofrecen otra lección. El calor, la sequía y los vientos favorecen la propagación del fuego, pero muchos incendios tienen un origen humano: quemas agrícolas mal controladas, fogatas abandonadas, negligencia, incendios provocados o falta de vigilancia. Además, el cambio climático ha incrementado en diversas regiones las temperaturas extremas y ha prolongado las temporadas secas, haciendo que los bosques sean más vulnerables.
No obstante, incluso cuando el clima favorece el fuego, existen medidas que pueden reducir sus consecuencias. El manejo adecuado de los bosques, la creación de cortafuegos, la vigilancia temprana, la educación de las comunidades y la disponibilidad de equipos de emergencia pueden impedir que un incendio pequeño se convierta en una catástrofe regional. La falta de inversión preventiva suele resultar mucho más costosa cuando llega la emergencia.
El problema fundamental es que las sociedades tienden a reaccionar después de las tragedias, pero no antes. Se destinan enormes recursos a reconstruir viviendas, reparar carreteras y atender a las víctimas, mientras se descuidan las inversiones menos visibles en prevención. La prevención no produce fotografías espectaculares ni suele generar beneficios políticos inmediatos. Un puente reconstruido después de una inundación puede ser inaugurado públicamente; en cambio, un sistema de drenaje que evita la inundación apenas llama la atención.
Por ello, la imprevisión se convierte en una forma de irresponsabilidad colectiva. No se trata únicamente de culpar a los gobiernos. Las empresas que construyen en zonas peligrosas, los ciudadanos que destruyen bosques, las comunidades que ignoran las advertencias y las autoridades que permiten la corrupción participan, en diferentes grados, en la creación del riesgo.
La naturaleza no es benévola ni malvada. No castiga ni premia. Los terremotos, las lluvias, los huracanes y los incendios obedecen a procesos físicos y ecológicos. La tragedia aparece cuando esos fenómenos encuentran poblaciones vulnerables, instituciones débiles, infraestructura deficiente y sociedades que prefirieron ignorar los riesgos.
Por eso, quizá deberíamos abandonar la expresión “desastre natural” cuando se utiliza para absolvernos de nuestras responsabilidades. Más preciso sería hablar de fenómenos naturales y de desastres socialmente construidos. No podemos impedir que la tierra tiemble ni controlar todas las lluvias, pero sí podemos decidir dónde construimos, cómo protegemos los bosques, qué normas cumplimos y cuánto invertimos en prevenir.
A esta falta de previsión se suma con frecuencia la corrupción y la ausencia de una verdadera planeación gubernamental. Los reglamentos de construcción pueden existir, pero pierden eficacia cuando se conceden permisos irregulares, se toleran obras de mala calidad o se desvían recursos destinados a infraestructura y protección civil. Asimismo, muchos gobiernos privilegian proyectos visibles y de corto plazo, mientras descuidan el ordenamiento territorial, el mantenimiento de drenajes, la protección de cuencas y la elaboración de planes de prevención. Cuando ocurre la tragedia, se atribuye toda la responsabilidad a la naturaleza, aunque una parte importante del desastre haya sido preparada durante años por la negligencia, la corrupción y la improvisación.
La verdadera lección es sencilla: no siempre podemos evitar los fenómenos de la naturaleza, pero muchas veces sí podemos evitar que se conviertan en desgracias humanas. La previsión no elimina el riesgo, pero reduce la vulnerabilidad. Y una sociedad de personas libres y responsables no espera a que ocurra la tragedia para descubrir que pudo haber actuado antes.







