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Conclusiones sobre el espectáculo más grande del mundo

Terminó hace cuatro días el campeonato de la Copa Mundial de Fútbol y, merecidamente, España ganó la Copa, con su mejor fútbol, basado en “trabajo de equipo”. Segunda fue Argentina, también con mérito, aunque muy dependiente de Messi, la estrella mundial. Por el tercer lugar, Inglaterra, más motivada, superó a Francia, cuyas ilusiones y habilidades se habían desplomado frente a España. Como espectáculo, pese al entusiasmo que Shakira causa en el mundo artístico, los verdaderos actores disputaron la primacía en la cancha de juego. El show de medio tiempo, anillos para cada jugador y las pausas de hidratación, prestados del fútbol gringo, son totalmente innecesarios y no debieran repetirse. 

El formato del campeonato debe regresar a niveles más manejables. No convence la organización del torneo a cargo de tres países, y menos cuando uno de ellos actúa como dictador, no sólo nacional sino mundial. Tampoco ha sido buena idea ampliar a 48 participantes, con calidades muy disímiles y forzando gran cansancio para los finalistas; un formato más racional sería 32 países, sin clasificación de “mejores terceros” en los grupos. En materia de sedes, no debería aceptarse jugar en países con restricciones de ingreso y tratamiento hostil a las y los aficionados, y menos en países con políticas antiinmigratorias, proguerra y discriminatorias. Hay que decir “no” a los cantos de sirena de Trump, quien para otro mundial en EE. UU. ya no estará.

En el desarrollo del evento, con tropiezos y abusos de todo tipo, incluidos los grandes costos en boletos de avión, hospedaje y tickets de entrada a los estadios, el zar gringo metió no solo la mano, sino también “la pata”. Se aprovechó de su amistad íntima con Infantino, presidente de la FIFA -se enamoraron en su primer encuentro, luego el infantil presidente de la FIFA le otorgó a Trump su inventado Premio de la Paz y hasta “platicaron” de sustituir Italia por Irán, sometido a ataques bélicos por el inquilino de la Casa Blanca- para romper el reglamento del evento al pedir y conseguir que a un jugador sancionado del equipo estadounidense se le permitiera jugar. Ahora se ha “judicializado” la aplicación del reglamento, lo que ha abierto la puerta para todo tipo de peticiones y también coimas. Ahora se pide que el partido final se repita, por fanáticos argentinos, así como que se expulse a Argentina de la FIFA, con acusaciones de todo tipo, por parte de quienes ven a ese país con antipatía, incluidos los fanáticos ingleses que pretenden que las Malvinas argentinas les pertenecen.

Quizá la conclusión más importante y urgente es que la ética debe volver al fútbol. Actuaciones como la de Infantino deben ser sancionadas; como mínimo con su expulsión. Injerencias políticas, como las de Trump, deben ser prevenidas. Antes se hablaba con rechazo de las grandes sumas de dinero que se generan en torno a los torneos mundiales; hoy, se tolera el hecho de que muchos directivos de la FIFA se enriquezcan. Sin duda, si no se recupera la ética, pronto la FIFA, cooptada por grandes capitales, puede pasar a manos del crimen organizado.

Raul Molina Mejía

rmolina20@hotmail.com

Nació el 20/02/43. Decano de Ingeniería y Rector en funciones de USAC. Cofundador de la Representación Unitaria de la Oposición Guatemalteca (RUOG) en 1982. Candidato a alcalde de la capital en 1999. Profesor universitario en Nueva York y la Universidad Alberto Hurtado (Chile). Directivo de la Red por la Paz y el Desarrollo de Guatemala (RPDG).

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