Autor: Eduardo Aguilar
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Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Una memoria de Lord Acton a toda época.
¿Es la obsesión por la igualdad la mayor amenaza de tu libertad?
Lord Acton lanzó esta argumentación histórica, que hoy parece escrita para advertir a quienes desean declararse amos de su destino y preservar la herencia individualista de occidente: “La pasión por la igualdad hizo vana la esperanza de libertad”.
Al analizar el colapso de la democracia en la antigua Grecia, identificó una trampa institucional, en la que por arquetipo y marco de referencia se nos sigue induciendo en la actualidad: Confundir la igualdad ante la ley con la igualdad mediante la ley (el intento político de forzar que todos expresen su humanidad en igualdad de actos para la misma meta) es tan inherente como quienes pretenden ejercer la planificación por medio de la institución política por sobre otros, pero que tienden a olvidar de una manera que puede percibirse como: casi selectiva.
Para que el Gobierno imponga una igualdad de resultados económicos o sociales, deben de expandir el control sobre la acción y no sobre el resultado, por lo que se está obligando a destruir la libertad individual. ¿Por qué? Porque los seres humanos somos naturalmente diversos y dentro del campo de acción de cada persona, solo existe la posibilidad de especular en función del mundo conocido y lo desconocido, para decidir y buscar la mejora constante.
No obstante, para que la mejora exista, es necesario aceptar y comprender las condiciones externas preexistentes y utilizar las valoraciones individuales expresando el pensamiento en acciones u omisiones que transforman nuestro presente y futuro, a través de éxitos y fracasos ilimitados. Nivelar a la fuerza exige coacción, arbitrariedad y, en última instancia, autoritarismo para imponer los planes supuestamente óptimos de unos sobre otros, no permitiendo el razonamiento individual, el fracaso, el éxito, autoaprendizaje o la organización local.
Como siempre remarcamos dentro de los diálogos de libertad pública, frecuentemente, cuando los que gobiernan en nombre de las mayorías, lo hacen sin un diseño de dinámica institucional humana que construya límites constitucionales y absolutos al poder político en armonía policéntrica o en resguardo de la cataltaxia. La seguridad jurídica desaparece, el gobierno civil invierte sus responsabilidades y los actos de quienes ejercen el poder se vuelven impredecibles para la ciudadanía, que queda a merced de la discrecionalidad de quien tenga el favor dentro de la estructura de gobierno, dejando sin posibilidad de contraponer mecanismos de contención que eviten la sumisión del ciudadano a mero súbdito. Por ello, Acton concluye: “La prueba más segura para juzgar si un país es realmente libre es la cantidad de seguridad de la que gozan las minorías”. Y no lo olvides: la minoría más pequeña y vulnerable del mundo es el individuo… es decir, eres tú.
“La prueba más segura para juzgar si un país es realmente libre es la cantidad de seguridad de la que gozan las minorías”
El verdadero progreso de una sociedad abierta con una organización política civil, no radica en que el poder político decida quién gana o quién pierde con el fin de igualar algún aspecto humano, sino en blindar las libertades fundamentales para que cada persona sea dueña de su propio destino dentro del marco de acuerdos extendidos de orden privado, en oposición a la arbitrariedad que grupos de presión organizados que tienden a asociarse para apropiarse de la violencia dentro de un esquema propagandístico, para que se les permita legitimar en la opinión popular sus acciones, contrarias a todo principio de igualdad universal ante la ley natural.
Pues de estas garantías contra grupos de presión depende la capacidad para que el pensamiento crítico, el disenso y el debate surjan; e inherentemente en su florecer, conduzcan a la innovación por la competencia y concluyan la prosperidad. Ya que, permite la variación libre de argumentos; la libertad para oponerse y replantear ideas; la responsabilidad de asumir la propia empresa en los sueños e ideas o convicciones de cada cual, con las decisiones y sus resultados únicos. Sin un órgano central que decida igualar en función de sus preferencias, consensos e intereses, que decida por todos y que sea deseado. Conduciendo inequívocamente a la destrucción de la riqueza individual de cada individuo.
Quiero decir, despojado de todo su tecnicismo, que las reglas de la gente en el gobierno civil y sus garantías de libertades naturales sobre derecho, significa que “el Gobierno está sometido en todas sus acciones a normas fijas y conocidas de antemano; normas que permiten a cada uno prever con suficiente certidumbre cómo usará la autoridad en cada circunstancia sus poderes coercitivos, y disponer los propios asuntos individuales sobre la base de este conocimiento”.
Quizás quien mejor lo expresa es Paloma Nuez en su presentación de la colección de Acton “Ensayos sobre la Libertad y el Poder”:
La libertad significa, pues, la seguridad de que estoy protegido cuando hago lo que creo que debo hacer en contra de la presión de la autoridad, la mayoría, la costumbre o la opinión. Y es en la conciencia donde esta libertad reside; la conciencia individual es el santuario de la libertad”.
Pero ya que los que desean retornar e implementar un dominio monolítico cultural, a través de la planificación central totalitaria que el siglo pasado fue vendida bajo el manto igualitarista, necesitan urgentemente borrar el gran cambio que restauró posibilidad de la civilidad, necesitan destruir la modernidad y el núcleo individual que permite a cada cual expresar su diferencia; es decir, necesitan borrar la historia de la libertad occidental.
Pues esta “no procede de la Edad Media por derivación natural mostrando los rasgos externos de una descendencia legítima. Sin previo aviso fundó un nuevo orden de cosas, bajo una ley innovadora, socavando el antiguo imperio de la continuidad. Por aquel tiempo Colón revolucionaba la imagen del mundo, modificando profundamente las condiciones de la producción, de la riqueza y del poder; Maquiavelo liberaba al gobierno del vínculo de la ley; Erasmo orientaba por vías cristianas el curso de la cultura profana clásica; Lutero rompía por el eslabón más fuerte la cadena de la autoridad y de la tradición; y Copérnico erigía una potencia invencible que fijó para siempre el signo del progreso en el futuro”. La historia de la modernidad es construida en los hombros de personas que se liberaron para cargar el peso de su mundo, sus ideas y sueños. Explorando lo desconocido y en muchos casos lo prohibido por el miedo a conocer, para dar vida a la época de mayor avance en nuestra historia.
Nuestro deber, desde las ideas de asociación voluntaria y de una composición de acción humana catalítica, es evitar que en el presente se cometa el mismo error del cual nuestros ancestros nos emanciparon. El de entregar todo el poder político, el absoluto poder político a un grupo de personas, que en nombre de masas o de determinados rasgos identitarios, que los embriagan de tanta “bondad arrogante”, terminen por sacrificar los planes, sueños y vidas de otros. Para imponer la uniformidad, sustentada en pensamientos mágicos, para hacerse pasar por políticos orfebres sobre los hombres, mientras condenan a su tribalismo identitario oscurantista a la humanidad.
Y contra esto, solo surge la maravillosa advertencia de Lord Acton, que en su carta el obispo anglicano Mandell Creighton, que surgió de su legendario debate sobre la infalibilidad papal: “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Si las garantías contra este son desplazadas, sin duda resurgiría de una manera inamovible, la condición en base al título,que fortalecería y posiblemente perpetuaría la exención de cumplimiento universal de leyes naturales e institucionales a las clases políticas. Y como constante, a lo largo de la historia, esto será hacer de unos hombres dioses y de otros, simples cosas determinadas como iguales a fuerza de decreto.
Con ello se habría eliminado todo esfuerzo de la posibilidad ilustrada de contener a la expansión de la barbarie que trae la obsesión por creerse señor del poder. La promesa por devolver el sentido racional o la más básica verdad natural y evidente sobre la vida será borrada de la memoria de nuestros libros. Y como siempre, aniquilarán el disenso humano que trajo la modernidad, y la posibilidad de encontrar soluciones a mundos infinitos en la necesidad de cada cual. Y todo para sostener en una carrera la creencia de que su campeón llegará al trono de poder, y que el señor que le ocupe, le traerá su prometida ausencia de diferencia y de impulsos humanos incomprendidos, pero que en su rol de poder siempre termina por engullir todo cuanto puede. Y tarde o temprano, ellos serán parte de quienes deberán someterse.
Bibliografía
- Acton, John Emerich Edward Dalberg. Essays on Freedom and Power. Edited by Gertrude Himmelfarb. Boston: Beacon Press, 1948.
- Nuez, Paloma de la. “Presentación.” En Ensayos sobre la libertad y el poder, por John Emerich Edward Dalberg Acton, 6. Madrid: Unión Editorial, 1999.
- Bastiat, Frédéric. La ley. Prólogo de Manuel F. Ayau. Traducido por Lucy Martínez-Mont. Guatemala: Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES), 2003.
- De acuerdo con la clásica exposición de A.V. Dicey, en Introduction to the Study of the Law of the Constitution (8.ª ed.) Londres: Macmillan and Co., 1915, p. 198.







