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En el eximio y famosísimo discurso “I have a dream”, pronunciado en 1963 al pie del monumento a Lincoln, en Washington, el doctor Martin Luther King expresó: “Tengo un sueño que un día esta nación se levantará y vivirá conforme el verdadero significado de su credo”. Ahora bien, ¿cuál es ese “credo”? Ciertamente es un credo que ha funcionado, que ha hecho grande a esa nación, acaso la más elevada expresión de la convivencia formal de un país en todos los registros de la historia conocida. Una nación que –más allá del sesgo ideológico del observador–, es de reconocer que se ha mantenido como el más grande mercado de consumo, el eje financiero mundial, el centro de mayores innovaciones tecnológicas, la mayor potencia militar del mundo y el destino que procuran y han procurado por más de dos siglos, los ciudadanos de casi todos los demás países. Recuerdo las quejas de una amiga de mi madre, la señora Emilia Eichenberg, que se lamentaba de que su papá se haya venido a Guatemala y no a California como lo hizo su hermano (el tío). “¡Por qué no se fue a los Estados Unidos!” repetía constantemente. En ese contexto cabría preguntar cuántos guatemaltecos y latinoamericanos en general, se irían a Estados Unidos si se les ofreciera residencia y permiso de trabajo. No existen estadísticas sobre esa premisa hipotética; no disponemos de percentiles, pero bien nos puede informar la mera percepción. Haga usted, estimado lector, un sondeo y verá que más del 70 por ciento se mudaría a ese país si le facilitan las condiciones (no incluye a las caravanas de migrantes por cuanto es obvia su escogencia). En otra encuesta preguntaría a las mismas personas, incluyéndome a mí y a usted, si tienen familiares cercanos que viven o han vivido en Estados Unidos. Si radica allí un hermano/a, primos, tíos, etc. Apuesto a que más del 80% contestarán en sentido afirmativo. 

El hecho es que ese país es un magneto gigantesco que seduce y atrae a los ciudadanos de todo el mundo. No por los paisajes, que son muy variados y bellos, pero aquí también tenemos paraísos naturales. No por el clima. Y menos el frío invernal de los estados del norte. En los países del trópico gozamos de mejores condiciones. Hay algo más, un elemento “equis” que ha sabido mantener por dos siglos y medio. Un factor que ha fomentado esa corriente migratoria que converge en ese país. En un principio llegaron los españoles, luego los ingleses, franceses, holandeses, escandinavos. Ciertamente, estas oleadas de peregrinos fueron desalojando y diezmando a la población nativa. Algo muy negativo, debemos ser objetivos. Actualmente procuran llegar los asiáticos, africanos, y, claro está, los latinoamericanos. Algo en común descubrimos en estos migrantes: los atrae la perspectiva de un territorio donde puedan desarrollar sus habilidades libremente, sí, quieren “trabajar”, que los dejen trabajar.  

Ese “credo” de L. King puede tener variable según la coyuntura histórica pero no cambia su esencia fundamental. La interpretación de G. Washington podría diferir en algunos aspectos de la visión de Lincoln. Por ejemplo, para 1771 no se aplicaba la expresión de que “los hombres son creados iguales”. El primer presidente tenía esclavos, al igual que la mayoría de los padres fundadores. Como don George era de Virginia y el Congreso se reunía en Filadelfia, tenía que “rotar” a sus asistentes esclavos para que no permanecieran más de 6 meses en un Estado que de esa manera les garantiza la libertad. El autor de la Declaración de Independencia, Thomas Jefferson, registraba más de 600 esclavos en Monticello. Con todo, con su magistral pluma escribió la frase arriba indicada y agregó, con jerarquía de “evidente verdad”: “que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad«. Lincoln, por su parte abolió la esclavitud reintegrando a los de raza negra, su sagrada libertad. Tampoco son iguales los enfoques de ese “credo”, entre Delano Roosevelt y Ronald Reagan, por no mencionar al actual presidente. Para FDR los Estados Unidos debía ser un espacio donde la producción se controlara para garantizar la vida digna de todos a costa de los que producen. Esto implicaba una acción del gobierno para repartir, esto es, quitar a los que más producen para darlo a los necesitados. Una idea noble pero que nunca ha funcionado porque los funcionarios de todo gobierno son ineptos (buenos para discursos políticos pero malos para producir riqueza), muchos son corruptos (con tanto manejo de dineros públicos ha sido fácil untarse las manos). Para Reagan, el “credo” consistía en que Estados Unidos se consolidara como un santuario donde se ejerciera la libertad de cada individuo, siendo que, con el poder que de esa manera estalla la dinamita y se genera una mayor productividad con lo que sube el nivel del bienestar general. Por eso ha sido un pueblo “hambriento de fronteras” para procurar espacios donde los hombres y mujeres libres puedan desarrollar plenamente sus habilidades y sus esfuerzos. Donde se premie el producto de esa emprendeduría de la única manera: permitir que quien trabaja se quede como dueño de lo que produce y disponga de sus bienes según sus preferencias (nadie excluye la solidaridad o la caridad, pero voluntaria y con capital propio). 

Es cierto que a lo largo de las décadas se ha criticado a Estados Unidos por sus políticas expansionistas e injerencias en otros estados independientes. Cabe aquí la Doctrina Monroe: “América para los americanos”, en 1823. El “Destino Manifiesto” que se declaró cuando la anexión de Texas en 1845. La política del Gran Garrote de T. Roosevelt: “Habla suavemente y lleva un garrote, llegarás lejos”. Esos, y otros ejemplos, nos dan la imagen de una potencia expansiva, lo que ha generado animadversión y críticas, “¡Imperialistas!” “¡Gringo, go home!” Vale. Pero la historia nos ha mostrado que ningún imperio ha almacenado su poder en bodegas porque deja de ser imperio: Asiria, Egipto, Hititas, Grecia, Roma, mongoles, hunos, y es que todo aparato gigantesco debe alimentar constantemente sus calderas. Un país grande tiene que defender su posición privilegiada. Lógico. Y debe expandir su ideología y cultura. Por eso se han utilizado prácticas cuestionables y otras que han afectado a otros países. Intereses opuestos. 

Y, hablando de guerras, hay coincidencia y nos identificamos en aquellas en las que ha participado Estados Unidos. Para empezar con la Guerra de Independencia, que empezó en 1775. Por afinidad nos alineamos en el bando de los “minutemen”, los colonos rebeldes que luchaban por su libertad. Coincidimos con ellos en el rechazo al autoritarismo centralizado, a un rey autócrata, a un parlamento que discriminaba a sus colonias que proveían los recursos inagotables que enriquecían las arcas de Londres. En la Guerra Civil nos decantamos por el Norte, por defender ese concepto de libertad general para todas las personas. En la Primera Gran Guerra nos pusimos del lado del esfuerzo en contener las arbitrariedades de los imperios centrales, alemán y austrohúngaro. Con igual o mayor razón respaldamos la encarnizada lucha contra el régimen abominable de Adolfo Hitler y el peligroso imperio del Sol Naciente. En cuanto a las guerras más recientes cabe señalar que no tienen una motivación tan evidente, tan convincente, aunque hay que entenderlas en el contexto del momento: el avance del comunismo, en Corea, 1950 y Vietnam, años 70. Contener el peligro de la dictadura del petróleo: Kuwait, 1991. La actual contienda en Medio Oriente está pendiente de resolverse para determinar la pertinencia de las motivaciones. 

Walt Withman resumió ese concepto de libertad: A pie y con el corazón ligero tomo la ruta abierta/ Sano, libre, el mundo ante mí, / La larga senda marrón me conduce a donde yo elija.

De hoy en adelante no pido ya buena fortuna, yo mismo soy la buena fortuna…».

Vuelvo a la pregunta que trataré de desarrollar en próximas columnas: ¿Qué es lo que ha hecho grande a los Estados Unidos?

Luis Fernandez Molina

luisfer@ufm.edu

Estudios Arquitectura, Universidad de San Carlos. 1971 a 1973. Egresado Universidad Francisco Marroquín, como Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales (1979). Estudios de Maestría de Derecho Constitucional, Universidad Francisco Marroquín. Bufete Profesional Particular 1980 a la fecha. Magistrado Corte Suprema de Justicia 2004 a 2009, presidente de la Cámara de Amparos. Autor de Manual del Pequeño Contribuyente (1994), y Guía Legal del Empresario (2012) y, entre otros. Columnista del Diario La Hora, de 2001 a la fecha.

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