Una guerra no necesariamente se libra con medios militares. Desde que Estados Unidos se percató del ascenso de China como superpotencia se propuso –igual que pasó con la Unión Soviética en tiempos de la guerra fría– detenerla. Una decisión errónea porque para una gran civilización con milenios de existencia que ha recuperado su presencia mundial gracias, entre otras cosas, a la proeza en el terreno social de sacar a 800 millones de gente de la pobreza reubicándolos dentro de la clase media (más del doble de la población entera de los Estados Unidos) además del impresionante desarrollo económico que les ha permitido convertirse en la fábrica del mundo, capaces de competir –por ejemplo– con las industrias occidentales (los autos eléctricos chinos no solo se venden en todo el mundo sino que son mejores y a un precio menor que los Tesla de Elon Musk) lo que realmente importa a China es su propio “renacimiento” , algo que han hecho otras civilizaciones como pasó en Europa durante el siglo XVI: las glorias culturales de la civilización greco-romana fueron recuperadas después del letargo medieval. Siendo además China un imperio terrestre – sus derrotas durante el siglo XIX fueron en buena medida consecuencia de que carecían de los medios apropiados para enfrentar a los imperios marítimos occidentales, pues nada más lógico que pensar en la reapertura de la gran ruta de la seda, la legendaria vía abierta por Marco Polo, ese mercader veneciano que durante la Alta Edad Media recorrió los grandes desiertos del Asia Central con sus caravanas de camellos para que la nobleza europea pudiese ataviarse lujosamente con la seda proveniente de China y degustar sus alimentos en vajillas de porcelana.
Sin embargo, ese plan de la franja y de la ruta (el belt and road) que incluye a los grandes corredores geográficos comerciales construidos por China en Eurasia –Irán y Pakistán incluidos por eso Islamabad ha jugado un importante papel mediador para detener la guerra desatada por Netanyahu y Trump contra Teherán– junto a las rutas marítimas y los oleoductos y gasoductos que proveen de la energía extraída en la tundra siberiana, toda esta obra portentosa ha sido (mal) interpretada por Estados Unidos como un desafío a su poderío imperial, a sus 200,000 tropas repartidas en bases militares afuera del territorio estadounidense, así como a su abusiva pretensión de dominio mundial. De allí la famosa Trampa de Tucídides a la que Xi Jinping hizo referencia durante el banquete ofrecido a Trump en Beijing, una idea que además está estrechamente relacionada con el paradigma realista (de Morgenthau, Kennan, Waltz y Mearsheimer) según el cual toda potencia “emergente” representa un desafío para el hegemón del momento. Pero bueno, el error de ver así las cosas es que China no es ninguna potencia emergente, ha estado allí, en el centro del mundo (para los chinos lo es, y no les falta razón porque el hemisferio americano es más pequeño y excéntrico respecto a una Eurasia “isla del mundo” o pivote geoestratégico) desde hace milenios, no siglos. Así que no tiene nada de emergente aunque ahora posean los medios que caracterizan a toda gran potencia tanto en lo demográfico (1,400 millones de habitantes), lo territorial (9.3 millones de kilómetros cuadrados, el tercer país más extenso del mundo después de Rusia y Canadá), lo económico (ya son la primera economía mundial por su capacidad industrial y comercial) como militar, gracias al armamento nuclear. La advertencia de Xi a Trump significa pues que, como ocurre con toda trampa, lo importante es no caer en ella. Así se explica su recomendación para mantener una estabilidad estratégica, cooperando y manteniendo el equilibrio sin tratar de destruirse, algo que con frecuencia los humanos hacemos por pura estupidez, y las guerras suelen serlo.
No obstante, todo parece indicar que el imperio norteamericano no está en condiciones de comprender que se trata de una trampa y que no deberían caer en ella. La guerra contra Rusia que se ha vuelto interminable –iniciada en el 2014 cuando el golpe de Estado organizado por Victoria Nuland y los neoconservadores (con Robert Kagan, marido de la Nuland, a la cabeza) colocaron a “su gente” en el poder en Ucrania– dicha contienda es, esencialmente, una forma de poner en marcha la vieja teoría de Mackinder que orientó la política del imperio británico en el siglo XIX oponiéndose al imperio zarista en su expansión hacia el lejano oriente. Es evidente que después de la Segunda Guerra Mundial Washington reemplazó a Londres en sus intentos de “supremacía” –como la llamó Brzezinki– a escala global. Y no cabe duda que la guerra de Ucrania desde su inicio estuvo destinada a desmantelar la federación rusa de la misma manera que se hizo con Yugoeslavia y que la expansión de la OTAN hacia el Este tiene también en la mira a China, al igual que el intento de dividir a los BRICS implícito en el reciente ataque a Irán –conectado por vía terrestre con China y los países de Asia Central en el marco de la ruta de la seda, hay que tenerlo presente– de Israel y Estados Unidos. Y habría que percatarse que el mismo Narendra Modi ahora estaría siendo “seducido” para adquirir más petróleo de Venezuela, todo ello con el beneplácito de Trump.
Y aunque la agresión de Tel Aviv y de Washington contra Teherán es algo que forma parte del plan geopolítico de expansión territorial que buscaría establecer el “Gran Israel” –punta de lanza neocolonial en la región– a fin de asegurar el control de los vastos recursos de petróleo y gas natural de la península arábiga en su conjunto (incluyendo aquí a todas las petro-monarquías del golfo con la sola excepción de Omán), no hay que olvidar que por el estrecho de Ormuz transitaba no solo el 20% de estos recursos, sino que buena parte de ellos eran exportaciones de Irán hacia China, y ahora Ormuz está abierto solo al tránsito de buques que paguen un peaje en yuanes o cripto monedas. Y hay que tomar en consideración también que esa guerra está prácticamente perdida por Trump: Irán no solo mantuvo su régimen a pesar del asesinato de sus principales líderes sino que venían preparándose para la guerra desde hace década construyendo fortificaciones subterráneas que les permitieron no solo seguir fabricando drones y misiles para disminuir las pérdidas del devastador ataque aéreo que sufrieron, sino también responder en forma contundente el bombardeo occidental y de su “aliado” en Asia Occidental destruyendo o dejando inutilizadas las bases militares estadounidenses en estos pequeños países, de tal manera que para Trump no solo será imposible restablecer el statu quo en un golfo (que ahora si será totalmente pérsico) sino que el fin del petrodólar acelerará la salida de Estados Unidos de la región. A eso se debe que el hombre fuerte de la Casa Blanca se haya visto obligado a aceptar la mediación de Pakistán para negociar el fin al conflicto, así como el altercado que tuvo con un Netanyahu opuesto a ello y que se niega a detener los ataques contra el Líbano.
En tales circunstancias, al complejo militar industrial norteamericano (el deep state que mueve los hilos en la Casa Blanca) se le vinieron abajo los planes de guerra contra China, eso es claro. Así se explica el viaje a Pekín –con su impresionante comitiva de CEOS de las grandes corporaciones tecnológicas multinacionales– de un Trump al que ya le hicieron ver que necesitaría no menos de un millón de tropas (transportadas por mar y expuestas al ataque de misiles) para “defender” a un Taiwán que –según los planes de largo plazo de un gobierno chino que no está sujeto a los avatares de la política estilo occidental– debería reunificarse pacíficamente con China continental ¡para 2049!, el año en que se cumple el centenario de la revolución maoísta.
Pero la guerra contra China, así sea en su dimensión económica, continuará. Las guerras en Asia Occidental (contra el Líbano e Irán) y contra Rusia –que una Europa carente de estadistas se empeña en proseguir provocando al Kremlin para que Estados Unidos se vea obligado a intervenir directamente dadas sus obligaciones en el marco del tratado de la OTAN– no parecen estar prontas a terminar. De modo que la tentación de responder afirmativamente la interrogante del título es alta. Sin embargo, dejamos planteada la duda para que el lector saque sus propias conclusiones. En todo caso, hay que hacer votos para que el azar o la estupidez humana no nos jueguen la mala pasada de que, lo que por ahora son confrontaciones bélicas localizadas, se vayan a transformar en una guerra nuclear, porque entonces si deberíamos todos prepararnos para –como lo dijo Einstein en cierta ocasión– pelear la cuarta guerra mundial con palos y piedras (si es que queda alguien vivo).







