“Es más asumible y menos doloroso afrontar una grave enfermedad, que aceptar la desaparición de una madre”. José Luis Rodríguez Jiménez
En cualquier momento entra al teléfono un aviso con la palabra “desaparecida” acompañado del nombre de una mujer, sin importar la hora ni el día, lo que se ha convertido en un enigma para la mayoría de los guatemaltecos, que no sabemos qué le sucedió a cada desaparecida, según informaciones, se reporta un promedio de cuatro a cinco mujeres desaparecidas al día.
Detrás de cada nombre existe un ser humano que de un momento al otro se encuentra ausente de su núcleo familiar, de sus amigos y de su entorno, sin que como ciudadanía sepamos qué pasó detrás de ese nombre de mujer que un buen día dejó de estar, y que muchas veces ya no lo estará.
Según la página del Congreso de 2018 a octubre de 2025, 3 mil 800 mujeres han sido reportadas como desaparecidas, de las cuales, dos mil 800 desaparecieron junto con menores de edad y del total el 2.98% son localizadas sin vida, pero ¿Cuántas no aparecieron jamás ni vivas ni muertas, o cuántas no fueron denunciadas? Son preguntas sin respuesta.
La desaparición de una persona es un drama que impacta en la vida de la sociedad en general, dejando en su entorno no solamente el vacío de su ausencia, a ello se suma la incógnita de por qué desapareció o dónde está, cuando se encuentran con vida que es el mayor de los casos, la causa de su desaparición puede ser variada como por ejemplo la violencia machista, la trata de personas y la violencia sexual, muchas veces, las desapariciones son el paso previo a un feminicidio.
En ese contexto circularon recientemente las fotografías de los hijos de Cristina Siekavizza, quienes vinieron a recordarnos del drama humano que existe detrás de cada desaparición de una mujer, aunado a lo peor que es el que, no se encuentren ni ellas ni sus restos, si es que hubiera muerto, cabe mencionar que después de que se conociera de la desaparición de Cristina, empezaron a salir a la luz pública los nombres de muchas víctimas de violencia intrafamiliar, hipótesis que se ha mantenido como motivo de la desaparición de un nombre de mujer que se volvió icónico del dolor de la ausencia.
Ver la fotografía de los jóvenes que crecieron bajo el estigma de la ausencia del ser más importante en la vida de un ser humano, como lo es la madre sumado a la incógnita de qué sucedió con ella, es el retrato de que existe una enfermedad social arraigada, porque antes y después de esa desaparición, han existido muchas más mujeres de las que no se volvió a saber, con nombre pero anónimas que un día estuvieron y que abruptamente dejaron de estarlo, tal vez lo más lamentable, es la falta de información de su paradero.
Los nombres de tantas mujeres se suman a los de Cristina, formando un sinnúmero de ausencias sin respuesta, porque no se encuentran ni vivas ni muertas, lo que constituye una falla en el sistema, porque no hemos logrado evitar que ya no estén.
El drama familiar y social es una demostración que nos ha faltado cuidar de una persona, que derivado de esa falta de seguridad, no está pero lo peor, no sabemos qué le sucedió, mientras su familia se debate entre el dolor y el sufrimiento de no saber qué ocurrió, ya no estamos en el Conflicto Armado Interno, en el que desaparecían constantemente personas sin que a la fecha se sepa de su paradero, pero el problema continuó.
Los hijos de Cristina son la imagen de los hijos de todas las mujeres que un día estuvieron a su lado, y que físicamente se diluyeron, pero que emocionalmente están más presentes, pero sus seres queridos no tienen un lugar a dónde irlas a llorar.
Lo peor es que con publicidad o sin ella, las mujeres ya no aparecen, y nadie responde al llamado de sus familias, quienes no tienen respuesta a sus preguntas, no cabe duda que ante este drama social, no hay legislación que dé respuesta porque no es solamente de leyes, es de conciencia social, sobre la importancia de la vida de la mujer.
La ausencia por desaparición causa una herida que no cierra, porque no hay respuesta.







