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El algoritmo de nuestras redes sociales se ha llenado de videos perfectos de mujeres horneando pan desde cero, hablando con una dulce voz sobre la paz de volver al hogar, servir a la familia y cumpliendo el papel de la mujer modelo. Es el fenómeno de las tradwifes (esposas tradicionales), una tendencia que no únicamente acumula reproducciones sino también seguidores. Sin embargo, detrás de esta fachada inofensiva de cocina y decoración rústica, no solo hay una tendencia muy rentable; se esconde una estrategia peligrosa que atenta los derechos de las mujeres. 

Lo que empezó como una moda de internet de creadores mostrando su orgullo por ser amas de casa, ha escalado rápidamente. El movimiento se ha alineado con campañas políticas agresivas como el hashtag #RepealThe19th en Estados Unidos, que busca eliminar la decimonovena Enmienda para quitarle el derecho al voto a las mujeres. Una idea promovida por grupos conservadores y que nos regresa a la época de las cavernas: mantienen que las mujeres votan guiadas por la emoción y no por la lógica, por lo que deberían dejar que el hombre “la cabeza del hogar” y jefe de la familia, decida todo.

Una amenaza a la libertad

Es importante hacer la aclaración de que el feminismo nunca ha criticado o juzgado el trabajo del hogar o la crianza: al contrario, hoy en día se sigue luchando para que se reconozca su valor. El verdadero peligro empieza cuando una elección que debería ser personal se intenta imponer como una obligación colectiva y se usa como fachada para recortar derechos civiles.

La idea de “un hogar, un voto” propone que el hombre sea quien tenga todo el poder ciudadano de la familia. Y tratar el voto femenino como algo prescindible u opcional no solo es un retroceso, es borrar y desmeritar una historia de sacrificios monumentales.

Mientras en el siglo XIX las sufragistas retaban el sistema exigiendo su derecho al voto, hoy el contenido en redes sociales intenta convencernos en dar marcha atrás, quedarnos calladas y quitarnos la participación por la cual miles de mujeres lucharon. Sin embargo, para convencer a la audiencia de volver al pasado, primero crean un negocio que solo les resulta posible sostener por sus privilegios del presente. 

Aquí es donde viene lo irónico, muchas de estas creadoras de contenido no viven del sueldo de su esposo, viven de monetizar del contenido que ellas crean; trabajan, producen y ganan su propio dinero mientras venden que lo ideal es que su audiencia no lo haga.

Las mujeres que defienden el machismo

Para poder entender mejor el fondo del problema tenemos que ver una realidad incómoda: el machismo no es algo que solo puede ser ejercido por un hombre. Es un sistema en el que todos crecemos y por lo tanto las mujeres pueden aprender a reproducirlo. Antes de juzgar a las mujeres que se suman a esta tendencia, es necesario comprender la realidad detrás de su elección. 

El verdadero problema es el contexto social actualmente: precariedad laboral, salarios insuficientes y la ansiedad laboral constante hacen que el discurso tradwife funcione como una salida fácil y atractiva. La promesa de dejar la preocupación profesional para que un hombre te mantenga suena a simple vista como un verdadero alivio.

Esta supuesta solución funciona porque el machismo premia a la “buena esposa” ofreciéndole aparentemente seguridad y estatus social. Es por eso que resulta fácil que algunas mujeres se conviertan en las primeras en defender y propagar ideologías patriarcales; porque creen que estando bajo este sistema estarán a salvo. Lo que el patriarcado no les dice es que esa protección es una ilusión que fácilmente puede romperse: si el “proveedor” decide irse, fallece o se convierte en agresor deja a la mujer sin ningún amparo, por haber renunciado a su autonomía.

Quien decide ignorar su historia, se condena a sí mismo a repetirla

El movimiento tradwife se alimenta de la ignorancia colectiva. Olvida que detrás de cada derecho que hoy damos por asegurado (como votar, tener independencia económica, divorciarnos o trabajar sin el permiso de un esposo) hubo siglos de lucha de miles de mujeres que arriesgaron sus vidas para que hoy se nos reconozca como ciudadanas.

La imagen de la abuela perfecta de los años cincuenta que solo existió para una minoría rica, en la vida real las mujeres de la clase trabajadora sufrían jornadas injustas y mal remuneradas y encima debían aceptar que la ley las tratara como inferiores e incapaces de tomar decisiones por sí mismas si el esposo no era quien decidía. 

Romantizar el pasado es ignorar el dolor de las que estuvieron antes de nosotras. Regresar a ese modelo no solo es económicamente imposible para la mayoría de hogares, sino que deja a las mujeres en una posición de total vulnerabilidad, expuesta a violencias “justificadas” 

Elegir libremente vs. someterse por obligación

La idea que debemos defender es clara: la meta del feminismo es que cada mujer tenga la total libertad de elegir su camino, ya sea ser dueña de un negocio, dedicarse por completo a su hogar o ambas cosas. Lo peligroso es que el movimiento tradwife presenta como única opción moral y socialmente correcta el cuidado del hogar, olvidándose de la libertad de decisión de las demás.

Frente a la distracción de las redes sociales, nuestra única defensa real es la memoria histórica y la convicción de que la seguridad de las mujeres está en la igualdad de derechos, nunca en la sumisión voluntaria. 

Jóvenes por la Transparencia

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