Arévalo no perdió el rumbo: nunca lo tuvo.
Se dice que Bernardo Arévalo perdió el rumbo en sentido metafórico. Una de las metáforas más claras y utilizadas es “tener el norte claro” o “tener la brújula bien orientada”. Esta figura retórica significa que la persona no ha perdido su dirección, mantiene la claridad sobre sus metas y sabe exactamente cuáles son los pasos necesarios para llegar a su destino. La metáfora funciona porque el Norte, históricamente, dirigió a navegantes y exploradores con la estrella polar o la brújula para no perderse en la oscuridad o en el mar abierto. Recuerde, fueron los chinos quienes inventaron la brújula, pero a la fecha pocos saben distinguir el norte geográfico del norte magnético, Arévalo menos.
La brújula interna representa los valores, la determinación y el enfoque mental que actúan como herramienta de navegación personal. Aunque el entorno sea caótico, confuso o lleno de distracciones, el barco no avanza a la deriva porque su rumbo ya está definido de antemano.
Aplicada a la presidencia de Bernardo Arévalo, la metáfora se desmorona. No es que el presidente haya perdido el norte. Es que nunca lo tuvo. El Plan de Gobierno que presentó en campaña era un documento elegante, lleno de buenas intenciones y promesas de transformación. Pero un plan no es un rumbo. Un rumbo exige decisión, capacidad de sostener el timón cuando sopla la tormenta y disposición a enfrentar a quienes quieren desviar el barco. Arévalo no tiene nada de eso: Ni capacidad, ni rumo, ni liderazgo, ni nada, es un monigote cobarde.
Arévalo llegó al poder con el apoyo de una ciudadanía que se movilizó para defender su triunfo cuando el Ministerio Público intentó impedirlo. Fue la gente de colonias, pueblos y barrios la que sostuvo la institucionalidad, todos, no digamos los hermanos olvidados por Arévalo de los 48 Cantones. Él, Arévalo, en cambio, se comportó como un cero a la izquierda: observó, dialogó, esperó y finalmente no hizo nada, nada de nada igual que su mediocre e inútil vicepresidente.
Arévalo NO defendió a su partido frente a la embestida que terminó por desarticularlo. NO defendió con la misma energía a quienes fueron criminalizados por respaldarlo, a su palomo lo envió al Vaticano sin credenciales para cuidarlo, a los de los 48 Cantones, Chaclan y Pacheco, los dejó abandonados a su suerte. NO enfrentó de frente a la fiscal general que impuso su agenda con comodidad mientras el Ejecutivo miraba. En la Universidad de San Carlos el contraste es elocuente. En campaña, Arévalo denunció con fuerza la cooptación. Una vez en el poder, el silencio se volvió sepulcral ante la continuidad de un rector cuestionado y ante las denuncias de cancelación de matrículas y obstáculos a estudiantes opositores. Es un sepulcro y cuando menciona el problema, tartamudea para no decir nada, igual su vice, un cero a la izquierda.
El deterioro de la única universidad pública del país es un problema de Estado. El presidente optó por la indiferencia. No se trata de intervención arbitraria; se trata de asumir que la autonomía universitaria no puede convertirse en botín mientras se predica el cambio. Pero, basta mirar para cualquier lado, son una máquina de inútiles el, su vice y sus ministros.
La infraestructura sigue siendo el ejemplo más visible de la deriva. Las carreteras se deterioran, COVIAL ejecuta a un ritmo paupérrimo, los puertos mantienen retrasos estructurales. Se anuncian “Rutas del Desarrollo” y se inauguran tramos, pero la sensación dominante es de ausencia de una política seria y sostenida.
En política exterior, su especialidad, se volvieron alfombra de Trump por lo que el país reacciona más de lo que actúa. Los programas sociales, aunque bien intencionados, resultan pequeños frente a la magnitud de la desnutrición crónica, la violencia y el abandono educativo. Se hace poco y lo poco no cambia lo estructural. Su ministerio estrella, el de educación, apenas logra que el 15% de estudiantes pasen el examen de matemática cuando se gradúan y eso lo muestran cono logro mientras el 85% son analfabetos matemáticos, incluyendo los maestros. Peor aún, la educación técnica la tienen abandonada totalmente, sin talleres, sin formación docente, sin una política, sin nada y responden con la arrogancia que da el poder: «Lo hemos resuelto». De esto no se pueden sentir orgullosos, vergüenza les debería dar.
Sus otros ministerios andan de mal en peor. En medio ambiente los basureros ilegales ahora abundan más que cuando tomaron posesión, no se hacen plantas de tratamiento de agua, así que nos ahogamos entre heces. No hacen público qué extraen las minas, qué metales preciosos, qué Tierras Raras, cuanto petróleo se produce, nada, sigue siendo un secreto. Y la ley de agua, ya ni sabemos qué paso con ella porque no hay una política de información pública sobre tan importante proceso.
Esos son los ministerios «buenos», imagínese los otros, el MAGA, el de agricultura industrial, que ni fue capaz de guardar agua para cultivo para esta sequia no digamos guardar la riqueza genética del país- El de Finanzas que nos endeuda cada día más sin razón y sin sentido. Si no fuera por las remesas, este país estuviera como Haití o peor, tierra de presidentes ineptos o entreguistas, homosexuales, inútiles, mentirosos, incapaces y de ganancia bravos. Digo homosexuales no porque sea malo o bueno enamorarse de gente del mismo sexo (genero), como todos nuestros últimos presidentes, inclusive el actual, lo digo en el sentido de estar en el closet y no defender siquiera su verdadera identidad, de lo que Giammattei es un ejemplo, pero el de ahora no se queda atrás.
Quienes votamos por SEMILLA y sus ineptos diputados —yo lo hice— creímos que su llegada representaba una posibilidad real de empezar a desmontar, aunque fuera parcialmente, el entramado de incapacidad y corrupción que ha capturado al Estado. No, solo vinieron a adaptarse al sistema y a empeorarlo. Ah no, dicen que no los han dejado hacer y el bla, bla, bla.
No era ingenuidad total: sabíamos de las dificultades del Congreso y del sistema judicial. Pero la esperanza no se destruye únicamente con malas intenciones. También se destruye —y quizá con mayor eficacia— con la incapacidad y la cobardía disfrazada de pragmatismo o la cadena de estupideces que se hacen desde la presidencia y la vicepresidencia ayudados por una primera dama que solo sale cuando hay que gastarse el dinero público en fiestas caras familiares, de ella mejor ni hablar.
El gobierno de Arévalo ha tenido por enemigo mayor a este mismo gobierno de Arévalo: la falta de decisión, el miedo, la cobardía, la tendencia a ceder espacios y la preferencia por el diálogo eterno sobre la confrontación necesaria cuando el poder capturado no cede.
Aquí en La Hora Emilio Matta lo ha dicho una y otra vez, pero la lectura no es la fortaleza de este gobierno. Mejor lo resumo por si algún día leen. Este es el argumento de Emilio Matta: han desperdiciado su oportunidad, repito: HAN DESPERDICIADO SU OPORTUNIDAD. Este es el último año efectivo de gobierno; el próximo será electoral. El barco sigue a la deriva no porque la brújula se haya estropeado en medio de la tormenta, sino porque nunca se orientó con firmeza hacia un norte real, realmente Arévalo, su niña exploradora, la Vice, y sus ministros improvisados no tenían plan y desconocían del manejo de la cosa pública.
Ya sé, el grupito de defensores de Arévalo de oficio, cada vez menor, van a saltar y decirme si leí el plan de gobierno. Si, sí lo leí y lo comenté en este mismo espacio, pero tener un plan escrito no equivale a tener rumbo. Tener discursos de transformación no equivale a ser el capitán que sostiene el timón cuando los vientos soplan en contra. La historia no suele ser benévola con quienes tuvieron la oportunidad de cambiar el rumbo y eligieron no hacerlo: Arévalo y Herrera. ¡Qué pareja de inútiles!
Guatemala sigue necesitando no solo un presidente que hable de diálogo, sino uno que defina con claridad hacia dónde se dirige el país y esté dispuesto a sostener ese rumbo. Arévalo no perdió el norte. Nunca lo tuvo y previo a su elección nunca supimos que era un timorato, cobarde, entreguista, especialista en escoger a los peores para dirigir los ministerios. Esa ausencia es, hoy, el dato más claro de su mandato: Incapacidad.







