En mi opinión del viernes pasado, describí cómo la sociedad y los actores políticos transforman lo anómalo en “Normal”, reduciendo la capacidad ciudadana de indignación y de cambio. Busqué entonces una explicación directa en la neurobiología: ¿cómo procesa el cerebro la información, evalúa las recompensas y adapta su conducta ante esta realidad normativa? El resultado es esclarecedor.
Desde la neurociencia cognitiva, la transición de lo insólito a lo “normal” responde a que el cerebro humano no es un evaluador ético absoluto, sino una máquina de supervivencia diseñada para ahorrar energía y predecir el entorno. Cuando nos exponemos repetidamente a un estímulo aversivo, como la corrupción o la ilegalidad, los circuitos de procesamiento de amenazas y emociones —aquellos que encienden la indignación o el pavor— reducen gradualmente su reactividad. A esto se le conoce como habitualización sensorial y afectiva. De tal manera que se puede observar que lo que antes encendía una alarma, con la repetición constante deja de activar la respuesta de duda y de estrés. A ello se suma la desensibilización moral.
Las investigaciones han mostrado que, ante la exposición continua a actos éticamente cuestionables, las estructuras cerebrales involucradas en los juicios morales reducen la carga de conflicto cognitivo. El cerebro deja de gastar glucosa y oxígeno procesando “sorpresa”. Ya no hay sorpresa ante eventos que ya consideran predecibles y se puede decir que se pasa de la indignación a la aceptación pasiva, cuando se activan mecanismos de simplificación. Procesar un evento como injusto o ilegal, requiere un alto esfuerzo cognitivo de análisis de leyes, juzgar la moralidad y contemplar efectos y acciones de cambio y cuando el uso constante de aplicar a anomalías la palabra «normal» actúa como un atajo mental que encasilla el evento como «predeterminado», se logra una economización cognitiva de mínimo esfuerzo que prioriza la adaptación rápida (indiferencia) sobre la reflexión.
El cerebro también aprende midiendo la diferencia entre lo que espera que pase y lo que realmente ocurre, lo que en ciencia se llama error de predicción. Si esperas honestidad y presencias una trampa, la brecha genera una señal de alarma e indignación. Pero aquí radica la trampa de la normalización: si durante años vemos que la trampa es sistemática y los analistas y el público repiten que “es lo normal”, el cerebro ajusta sus expectativas (mecanismos internos) a repetición y explicación (mecanismo externo). La próxima vez que ocurre una jugada sucia, el cerebro concluye: «esperaba trampa y ocurrió trampa». Estamos hablando de que, al coincidir la realidad con la expectativa, el error de predicción es cero. Sin esa discrepancia, se apaga la respuesta química cerebral de la sorpresa, el análisis y la reflexión y surge la resignación pasiva que documentan estudios como LAPOP o ASIES.
Nuestra naturaleza es social; dependemos de redes de mentalización y de neuronas espejo para pertenecer al grupo. Cuando las figuras de autoridad o los opinadores naturalizan una conducta como Normal, nuestro cerebro interpreta que indignarse pone en riesgo la aceptación social, y prefiere adaptar su percepción interna para evitar el dolor del aislamiento.
De tal manera que, lo que los sociólogos y politólogos llaman anomia regulada o eufemización y nosotros Normal, tiene una traducción cerebral directa en la reducción de la disonancia cognitiva y la reestructuración del marco categórico. Cuando un análisis de mi mente o de lo que oigo o escucho dice «es lo normal», facilita un hackeo cognitivo colectivo que nos ofrece una etiqueta para desactivar la indignación, reconfigura nuestra matriz de predicción enseñándonos que la anomalía es el estado estándar, e induce un estado de indefensión aprendida, donde el cerebro concluye que gastar energía en intentar cambiar las cosas es inútil.
Por consiguiente: Aceptar lo cotidiano y consistente (visto, oído, experimentado) como Normal, no es un acto de madurez cívica, es un síntoma de agotamiento cerebral. Cuando permitimos que la anomalía se vuelva el paisaje por defecto, le entregamos a la costumbre el control de nuestra conciencia. Recuperar la capacidad de asombro e indignación no es ingenuidad: es el primer acto de resistencia neurobiológica y ciudadana para no dejar que nos anestesien el futuro e incapaciten para actuar contra la injustica e inequidades.







