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José, 17 años, finaliza la secundaria en Guatemala y anuncia en una fiesta familiar que quiere estudiar ingeniería. “¡Sos bueno para matemática, mano!”, le responden casi en coro. Esa escena, tan repetida en nuestros países, revela la distorsión que vengo denunciando desde hace tiempo: usamos la matemática como un filtro curricular y de admisión a carreras de ingeniería, la enseñamos descontextualizada durante los primeros años y la confundimos con la esencia misma de la formación en ingeniería. La ingeniería no es matemática aplicada. 

Insisto: los ingenieros no son matemáticos ni científicos aplicados, son profesionales pragmáticos y prácticos. La vida laboral de los ingenieros e ingenieras transcurre en la administración de sistemas y de personas, en la planificación, el diseño, la construcción, el mantenimiento y la solución práctica de problemas. Ciertamente requieren matemática, y cada vez más avanzada y especializada, pero una matemática que esté al servicio de la práctica, no una que pretenda convertirnos en matemáticos.

Para fortalecer este argumento, quiero traer el trabajo etnográfico del ingeniero y profesor del MIT, Louis L. Bucciarelli, autor de Designing Engineers. A través de observaciones participantes en empresas reales, Bucciarelli muestra algo que muchos programas universitarios siguen ignorando: el diseño de ingeniería es, fundamentalmente, un proceso social de negociación. Por eso es que la formación debe incluir capacidades de trabajo en equipo. 

Los ingenieros no resuelven problemas en solitario aplicando fórmulas puras. Trabajamos en equipos donde cada especialista habita su propio “object world” (mundo de objetos): una manera particular de ver y hablar del mismo artefacto. El estructural ve cargas y resistencias; el eléctrico ve circuitos y voltajes; el de costos ve presupuestos y plazos. El diseño final no surge de una optimización matemática perfecta, sino de negociaciones, compromisos y consensos entre estas perspectivas diferentes. Las leyes físicas y las ecuaciones imponen límites absolutos, sí, pero dentro de ellos el trabajo es social, contextual e impregnado de incertidumbre.

Esta mirada antropológica confirma lo que he venido planteando en artículos científicos y en columnas mías aquí en La Hora: “Ingeniería y vida cotidiana” y “De la artesanía a la tecnología”, «La ingeniería es una praxis». Casi nunca existe el ingeniero solitario que diseña en abstracto. Por eso, dedicar los primeros dos años de la carrera a una matemática desligada de cualquier contexto real de diseño, administración o construcción es una distorsión grave. Esto es enseñar herramientas sin mostrar el oficio donde esas herramientas cobran verdadero sentido. Es confundir la excepción histórica (proyectos como Apolo) con la regla diaria: entregar soluciones “menos malas”, seguras, económicas y adaptadas a nuestro terreno, presupuesto y necesidades.

Bucciarelli ayuda a explicar mejor por qué debemos cambiar la forma de enseñar matemática. No se trata de quitarla ni de suavizarla. Se trata de contextualizarla desde el principio. Que los estudiantes la usen para resolver problemas reales: diseñar un sistema de agua potable, distribuir cargas en una red eléctrica rural, administrar una obra o darle mantenimiento a una planta industrial. La matemática que necesitamos es la que surge después de comprender el problema en su complejidad social y técnica, no la que se impone como barrera de entrada.

En mis clases y en el trabajo con el grupo Formación de Ingenieros desde la Matemática Educativa (FIME) he visto una y otra vez que los estudiantes aprenden mejor cuando la matemática y la física se conecta con la práctica, con el “hacer” artesanal y reflexivo que Richard Sennett describe tan bien. 

Es hora de que las facultades de ingeniería de Guatemala y América Latina abandonemos el mito de que el buen ingeniero es quien sobrevive al filtro matemático abstracto. Miremos modelos exitosos como los de Alemania, Australia y algunos programas canadienses. Reformemos los exámenes de admisión para que valoren la vocación y el potencial práctico. Introduzcamos desde los primeros semestres talleres, proyectos con comunidades reales, pasantías en obra y aprendizaje basado en problemas del país.

La antropología de la ingeniería de Bucciarelli no es un lujo académico. Es evidencia construida desde las propias oficinas de diseño. Nos confirma que la ingeniería es, sobre todo, acción pragmática y colectiva. Formar ingenieros significa formar practicantes capaces de negociar, diseñar bajo restricciones y hacer que las cosas funcionen en contexto: dar mantenimiento, planificar, administrar, mejorar, etc. 

Solo así dejaremos de producir egresados que saben resolver ejercicios de libro y empezaremos a formar los ingenieros que Guatemala realmente necesita para construir su mundo cotidiano: prácticos, eficientes y con el corazón puesto en hacer las cosas bien de la tal forma que podemos recuperar la esencia de la ingeniería: El diseño, tema que analizaré en mi próxima entrada. 

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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