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La estrategia geopolítica de los Estados Unidos con la administración de Donald Trump permite desnudar por completo su carácter imperialista, ahora en crisis porque el mundo unipolar que existió a partir de la implosión de la Unión Soviética ha terminado. El mapa mundial muestra a Estados Unidos como una potencia en pronunciado declive, aunque no en su fase final. Recuperar su hegemonía en el mundo ya no parece posible. Ni en términos económicos, ni en términos políticos y, dentro de poco, tampoco militares. 

La lucha por mantener dicha hegemonía lo ha llevado a reivindicar la superioridad de la civilización occidental y de imponerla a partir de definir sus enemigos y enfrentarlos sin limitación alguna.  Esta estrategia para recuperar su hegemonía a nivel mundial se expresa muy clara y contundentemente en América Latina. Y es que mantener el alineamiento político de los gobiernos latinoamericanos es fundamental para su estrategia mundial.

El fundamento ideológico que sustenta esta estrategia es lo que se ha denominado como el “pánico civilizatorio”. El discurso de Marcos Rubio, el pasado 14 de febrero en la Conferencia de Seguridad en Múnich, lo expresa diáfanamente y estuvo dirigido a unir a Estados Unidos y Europa. Y, para ello, comenzó afirmando: “Formamos parte de una misma civilización: la civilización occidental”. Y, con mucho tino dijo que: “La pregunta fundamental que debemos responder desde el principio es qué es exactamente lo que defendemos” y se responde a sí mismo al decir que defienden “una gran civilización que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia, confiada en su futuro y que aspira a ser siempre dueña de su propio destino económico y político”. Llega al punto de aseverar con contundencia “… ya no podemos anteponer el llamado orden mundial a los intereses vitales de nuestros pueblos y nuestras naciones”.  Agregó “…no podemos seguir permitiendo que aquellos que amenazan de forma descarada y abierta a nuestros ciudadanos y ponen en peligro nuestra estabilidad global se escuden tras abstracciones del derecho internacional”.  Y, con hegemónica transparencia dice que: “Este es el camino que han emprendido el presidente Trump y Estados Unidos. Es el camino al que les pedimos que se unan aquí en Europa”.

En esta misma estrategia, la semana pasada, Marcos Rubio lanzó una iniciativa global contra «El terrorismo de extrema izquierda». Para tales propósitos se realizó en el Departamento de Estado la Reunión Ministerial sobre la Resurgencia del Terrorismo Político, con representantes de al menos 65 países, entre ellos Guatemala. Rubio, al inaugurar el evento, afirmó que ante la amenaza de ese terrorismo «no hay otra opción más que confrontarla juntos… O bien cooperamos en nuestras fronteras o los terroristas continuarán explotando las brechas que hay entre ellas».

Agregó: «Bajo el mandato del presidente Trump, y por primera vez, Estados Unidos está construyendo la infraestructura, las alianzas y la estrategia necesarias para derrotar la lacra del terrorismo de extrema izquierda». Dijo que esta estrategia contra el terrorismo de izquierda: «Es una revuelta de los peores contra los mejores; de los débiles y cobardes contra los fuertes y virtuosos. La perpetran quienes no pueden construir, crear ni lograr grandes cosas, y se vengan del mundo por su propia incompetencia buscando destruir a quienes sí pueden. Esto es el radicalismo de izquierda. Puede adoptar diferentes lemas e ideologías según el lugar y el tiempo: anticapitalista, antiimperialista, comunista, anarquista, marxista, pero su esencia siempre es la misma».

Esta estrategia del gobierno de Trump también incluye a su propio país, preocupados por el surgimiento de fuertes corrientes políticas de izquierda, inclusive al interior del Partido Demócrata.

El escenario está claro. Aunque se hable de extrema izquierda, es contra toda expresión política que se incline hacia esta ideología, el llamado “progresismo” incluido.

Y aterrizando en América Latina, el intervencionismo del gobierno norteamericano ha sido abierto, descarado y contundente. El resultado es un mapa político pintado de derechas. Sólo sobreviven México y Brasil. Uruguay afortunadamente también permanece fuera del mapa derechista.

Y, de nuevo, lo que subyace es el interés geopolítico de los Estados Unidos, de cara a China y Rusia y ahora a Irán, dado el fracaso militar y político que allí están teniendo. 

En ese contexto se realizará el próximo proceso electoral en Guatemala. Pero las izquierdas no se dan cuenta. Los liderazgos de esa inclinación ideológica que critican la mesura política de Bernardo Arévalo parecen no entender que para los gringos (y también para las élites empresariales), nada que huela a progresismo será aceptable. Y las izquierdas políticas desunidas más funcionales a esos propósitos no pueden ser. 

Adrian Zapata

zapata.guatemala@gmail.com

Profesor Titular de la USAC, retirado, Abogado y Notario, Maestro en Polìticas Pùblicas y Doctor en Ciencias Sociales. Consultor internacional en temas de tierras y desarrollo rural. Ha publicado libros y artículos relacionados con el desarrollo rural y con el proceso de paz. Fue militante revolucionario y miembro de organizaciones de sociedad civil que promueven la concertación nacional. Es actualmente columnista de el diario La Hora.

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