0:00
0:00

La actitud del presidente Bernardo Arévalo ante la captura de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) revela un patrón psicológico y político de gran preocupación. Los trabajos del psiquiatra y psicólogo español Iñaki Piñuel, especialmente en Mi jefe es un psicópata y Amor Zero, ofrecen un marco revelador. Piñuel describe al psicópata organizacional de “guante blanco” como un depredador sutil que conquista el poder mediante manipulación, simulación de empatía y destrucción sistemática de la institución, transformándola en un feudo personal donde la lealtad ciega reemplaza la excelencia.

Walter Mazariegos encarna con claridad este perfil. En contraste, Bernardo Arévalo representa la figura complementaria que Piñuel denomina “psicótico inverso” o facilitador pasivo: un líder cuya evitación patológica del conflicto, miedo a la confrontación y posible narcisismo vulnerable terminan legitimando y consolidando al psicópata activo. Lejos de confrontarlo, el “psicótico inverso” habilita la captura mediante inacción, silencio cómplice y, en ocasiones, uso selectivo de la fuerza pública contra quienes sí resisten.

Esta dinámica dual –psicópata activo y psicótico inverso– no es solo un diagnóstico individual. Diversos autores en psicología organizacional y psicopatología del poder (como los estudios de Robert Hare sobre psicopatía y trabajos sobre liderazgo tóxico de autores como Manfred Kets de Vries) coinciden en que esta pareja destructiva genera climas de miedo, división y ausencia de pensamiento crítico, destruyendo desde dentro las organizaciones y, por extensión, las instituciones democráticas. Ojalá los colegas de la lastimada y usurpada Escuela de Ciencias Psicológicas de nuestra universidad, la Usac, pudieran confirmar o refutar esta hipótesis. 

La naturaleza del psicótico inverso en Arévalo se refleja en una administración presidencial ineficiente, incapaz en todo. Incapaz en: ejecutar obras, en medio ambiente, en educación, en relaciones internacionales, en salud no digamos en infraestructura. Es un gobierno de incapaces en todo. Son autodenominados honestos, pero incompetentes, lo que casi da lo mismo que los anteriores corruptos.  Para muestra un botón. 

Al cierre del primer semestre de 2026, el Ministerio de Comunicaciones, Infraestructura y Vivienda (CIV) reportó una ejecución presupuestaria de apenas el 23% de su presupuesto. Las carreteras principales del país están en mal estado y las rutas clave abandonadas y un rezago en infraestructura que obliga al sector privado a suplir las funciones del Estado. Los puertos son un hazme reír del mundo. Las colas de los barcos no son desarrollo (Raúl Barrera), son como repetidamente lo ha denunciado Emilio Matta aquí en La Hora, por ejemplo, el 29 de abril de 2026: «No dan con la tecla del Puerto Quetzal», son incapacidad. Bueno, creo que no leen nuestras columnas y ni las de nadie. La lectura no parece ser una capacidad del Ejecutivo de Arévalo ni de su niña exploradora que se especializa en lo superficial, no digamos la esposa, la primera dama que solamente aparece cuando mal usa el presupuesto estatal en alguna que otra fiestecita de lujo.  

Esto ilustra la parálisis y la incapacidad más ampliamente. Pero es en la Usac donde el daño resulta más profundo y simbólico. El daño que ha cometido el usurpador y de quienes miran a otro lado, se hacen los ciegos, los mudos y los sordos, hablo particularmente de Bernardo Arévalo y Karin Herrera. 

Bernardo Arévalo no ha defendido con determinación la autonomía universitaria –pilar histórico de la resistencia democrática guatemalteca–. Mientras defensores del cambio enfrentan judicialización, exilio o prisión, su distancia ha facilitado la consolidación de Mazariegos. Este último, además, tuvo el atrevimiento de fundar una universidad privada con el nombre del padre de Arévalo, Juan José Arévalo. El diputado José Chic ha denunciado en diferentes medios de comunicación que dicha universidad utiliza fondos estatales para su funcionamiento. Esto, de ser verdad, sería el colmo de la corrupción y del silencio de Bernardo Arévalo que ni la memoria de su señor padre ha podido defender. 

Este fenómeno guarda paralelismos inquietantes con el análisis de Anne Applebaum en su importante libro: El ocaso de la democracia (Twilight of Democracy). Applebaum explica cómo intelectuales, élites y líderes democráticos terminan traicionando los principios que alguna vez defendieron, ya sea por oportunismo, resentimiento, seducción del autoritarismo o, simplemente, por debilidad ante el conflicto. 

En el caso guatemalteco, la combinación del psicópata organizacional (Mazariegos) y el psicótico inverso (Arévalo) acelera el ocaso democrático: se captura una universidad pública emblemática, se erosiona la autonomía, se sustituye la meritocracia por la lealtad personal y se debilita uno de los últimos contrapesos institucionales frente al “Pacto de Corruptos”. En ese sentido, la traición de Arévalo y Herrera no es solo política; es moral e intelectual. Resulta especialmente dolorosa viniendo del hijo de un intelectual que simbolizó esperanza democrática. La Usac, nuestra Universidad, que resistió dictaduras y represiones, hoy es debilitada desde dentro por esta dupla destructiva.

En varias columnas anteriores advertí, mediante recursos narrativos, sobre esta deriva. La realidad ha superado la ficción. El desencanto de los guatemaltecos es profundo en un país que anhelaba un verdadero cambio tras décadas de corrupción y autoritarismo.

¿Qué diría hoy Juan José Arévalo? 

Hipotéticamente, el padre del presidente, Juan José Arévalo Bermejo, observaría con profundo dolor los errores, miedos e incapacidades de su hijo. Él, que escribió La Fábula del Tiburón y las Sardinas para denunciar cómo las grandes potencias devoran a las naciones pequeñas, vería ahora con tristeza cómo su propio hijo, en lugar de defender a las “sardinas” (el pueblo, la universidad pública y las instituciones democráticas), ha optado por la inacción y el temor al tiburón. En esta versión trágica de su propia fábula, el tiburón no solo es externo: ha encontrado aliados internos. 

El legado de dignidad, soberanía y defensa de los débiles que Juan José Arévalo encarnó se ve comprometido por la parálisis y el silencio de quien debería haberlo continuado con valentía.

Guatemala merece mucho más. Nosotros merecemos mucho más. La defensa de la democracia exige confrontar con claridad estos mecanismos psicológicos e institucionales de captura, esto es mecanismos psicosociales. Ojalá que los sociólogos, economistas, auditores, historiadores, psicólogos y psiquiatras de nuestra Usac analicen este fenómeno. Lo cierto es que para mejorar a Guatemala no basta con cambiar personas; es necesario transformar estructuras y recuperar la praxis –esa unidad de reflexión y acción– capaz de modificar tanto la realidad objetiva como la conciencia colectiva, según Althusser. 

El ocaso no es inevitable. Reaccionar ahora, con unidad, evidencia y propuestas concretas, sigue siendo posible y urgente. El momento es hoy. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca. 

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

post author
Artículo anteriorMás de 500 familias afectadas por paso de lluvias que inundaron comunidades de San Cristóbal Verapaz y El Estor
Artículo siguienteTaiwán, Japón y China se preparan ante avance del tifón Bavi