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En los años 60 y 70 del siglo pasado emergieron varios movimientos alrededor del mundo, movimientos de protesta. Lejos de cantarle al amor romántico, a ese amor inexistente del que posteriormente nos llenaron la cabeza las películas de Hollywood, estos trovadores cantaban a la libertad, a la igualdad de derechos, a la eliminación del racismo, a la defensa de una nueva sociedad basada en la fraternidad, la solidaridad y la democracia. Cantaban a la paz.

En el mundo, las universidades fueron el epicentro de la música de protesta. Hay que recordar los movimientos universitarios de Francia de 1968. No hay que olvidar los movimientos universitarios por la libertad en contra de la guerra de Vietnam en Estados Unidos, principalmente en California en 1968. En México se dio el movimiento de 1968 con una serie de protestas sociales y políticas lideradas por estudiantes de la UNAM y del Politécnico Nacional, junto con profesores y obreros. Exigían mayor democracia, la liberación de presos políticos y el fin del autoritarismo del gobierno del presidente Díaz Ordaz. La represión estatal culminó en la trágica Masacre de Tlatelolco en octubre de 1968.

Los asesinatos de Martin Luther King Jr. y Robert F. Kennedy fueron en 1968. Se dieron entonces protestas masivas y emergió la contracultura en California, principalmente en la bella San Francisco y la ya multicultural Los Ángeles. Estas fueron el centro del movimiento hippie y antiguerra. La música folk, rock psicodélico y folk-rock sirvió de banda sonora para las manifestaciones, marchas y festivales.

Emergieron entonces muchos cantantes, bandas y música de protesta en Norteamérica. Para mencionar una: Joan Baez, ícono del folk-protesta, muy activa en California y en las marchas de entonces. Ella interpretó «We Shall Overcome» (Lo superaremos, este fue el himno de los derechos civiles) en las marchas antiguerra, y canciones como «Saigon Bride».

En la misma época de los años 60 y 70 emergían los cantantes y grupos latinoamericanos de música de protesta en medio de una intensa represión militar que caracterizaba a cada uno de los países. Abajo menciono uno, pero hubo docenas de grupos de protesta que reflejaban la actitud de los latinoamericanos de los años 70 y 80: activos, conscientes y beligerantes.

Los Guaraguao eran un grupo venezolano formado en 1973, enmarcado en el movimiento de la Nueva Canción Latinoamericana. Surgieron con el apoyo y mentoría del venezolano Alí Primera, uno de los grandes cantautores de protesta. Su estilo combina voces a cappella o con arreglos sencillos, influencias folclóricas venezolanas y un fuerte compromiso social. Se hicieron conocidos por interpretar y popularizar canciones de denuncia social, pobreza, represión y luchas estudiantiles. Temas icónicos suyos incluyen “Casas de Cartón”, “No basta rezar” y «Que vivan los estudiantes». Esta última era la canción que cantábamos y se escuchaba en los pasillos de la Universidad de San Carlos en los años 70 y 80 cuando yo era estudiante.

Eran épocas recias, como diría Mario Vargas Llosa. En Argentina, Jorge Rafael Videla lideró una de las dictaduras más crueles de la región, responsable de la desaparición y asesinato de aproximadamente 30 mil personas. En Paraguay estaba Alfredo Stroessner, quien gobernó durante 35 años. Su régimen se caracterizó por el uso sistemático de la tortura, los asesinatos políticos y la represión implacable contra sus opositores. Cada país refleja el autoritarismo sangriento de la época, el contexto donde emergía nuestra música de protesta.

Hay que recordar a Chile con Augusto Pinochet, quien encabezó una dictadura militar que dejó miles de ejecutados políticos y detenidos desaparecidos, además de torturar a decenas de miles de personas. No olvidemos a Panamá con Manuel Noriega, quien gobernó de facto a través de las Fuerzas de Defensa, ejerciendo un régimen marcado por la represión a opositores, fraudes electorales y el control militar de todas las instituciones.

Aquí a la par, El Salvador, que sembraba las semillas del autoritarismo y los dictadores en las décadas de los 70 y 80, estuvo dominado por dictaduras militares y juntas revolucionarias. Esto desató una guerra civil caracterizada por escuadrones de la muerte, masacres campesinas y el asesinato de religiosos.

De todos estos milicos, chafarotes, dictadores y genocidas, el más sanguinario fue Efraín Ríos Montt, quien protagonizó la etapa más cruenta del conflicto armado guatemalteco, implementando políticas de tierra arrasada y genocidio contra las comunidades indígenas, resultando en decenas de miles de civiles asesinados.

Esta muestra de dictadores militares y asesinos fueron los sirvientes de las oligarquías nacionales para evitar los cambios. De todos estos países, el Estado más sanguinario fue Guatemala, que no solamente sembró miedo, como bien describe Carlos Figueroa Ibarra, sino que sembró terror. Ese es el terror que sentimos hoy, ese es el miedo que tenemos a la participación política, esa es la razón por la que hoy no podemos tomar el control para transformar esta Guatemala que duele, que hiere, que lastima.

En mi columna de ayer, viernes 3 de julio de 2026, planteaba el Recurso del Miedo como elemento explicativo de nuestra inacción. Decía que cada guatemalteco tiene un familiar asesinado o desaparecido por esta guerra. Debo recordar con lágrimas y con respeto a mi primo hermano Édgar Domínguez, médico sancarlista quetzalteco desaparecido. Recuerdo con lágrimas y con respeto a mi amigo Joaquín Rodas Andrade, sancarlista, desaparecido. Ellos son dos mártires de cientos de miles de guatemaltecos que querían un país mejor y que por eso fueron asesinados.

¿Cómo no vamos a tener miedo de la participación política los guatemaltecos? Pero debemos superar el miedo.

Debemos regresar a la protesta junto con la propuesta. Empecemos por recuperar a la institución llamada Universidad Pública, pero entendamos que somos seres históricos y debemos conocer de dónde venimos. Solamente así podremos decidir hacia dónde vamos: hacia un país sin dictadores, sin dueños de la finca, con justicia, con educación, con salud, sin desnutrición, con oportunidades de trabajo, donde la ciencia y la tecnología que se produce en la Universidad Pública sean parte esencial de la justicia social y de un país productivo, pero también justo.

Por eso cierro esta columna para recordar a los desaparecidos, a las desaparecidas, a los asesinados y asesinadas, a los mártires que nos dejaron una Universidad Pública, Libre, Autónoma y Pertinente, para que no creamos que la comodidad y la indiferencia en la que basamos nuestra vida universitaria actual vienen de la nada, de nuestro esfuerzo o de nuestro privilegio. No. La hemos heredado de universitarios conscientes que dieron hasta su vida. Cierro.

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