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El agua constituye un elemento esencial para la vida, intrínsecamente ligado a las personas, las comunidades, los ecosistemas y el conjunto de los seres vivos. Funciona como conector social, base de la economía, la política y la cultura, y factor determinante de la salud pública. En Guatemala, como en gran parte del mundo, los sistemas hídricos enfrentan un deterioro estructural que trasciende las variaciones climáticas y revela fallas profundas en la gobernanza y las prácticas sociales del cuidado del agua.

Un informe reciente de las Naciones Unidas describe una “bancarrota hídrica global” caracterizada por la extracción excesiva de agua subterránea, la contaminación generalizada y el daño en muchos casos irreversible a acuíferos y cuerpos de agua superficiales. Este diagnóstico global encuentra en Guatemala una expresión particularmente aguda, agravada por la ausencia de una ley de aguas, la debilidad institucional y la falta generalizada de sistemas de tratamiento.

A escala mundial, el informe de la ONU destaca cuatro tendencias estructurales:

  1. Pérdida de capital natural hídrico: Más del 50% de los grandes lagos y cerca del 70% de los principales acuíferos muestran declive sostenido. En Guatemala, la escasez de estudios hidrogeológicos actualizados impide dimensionar con precisión el estado de nuestros acuíferos, aunque evidencias locales sugieren patrones similares de sobreexplotación y contaminación.
  2. Brecha en acceso y saneamiento: Más de 2,200 millones de personas carecen de agua potable gestionada de forma segura. En Guatemala, aunque alrededor del 70% de la población urbana cuenta con agua entubada, el porcentaje rural es significativamente menor y, sobre todo, la calidad dista de ser potable en la mayoría de los casos. Pocas municipalidades cumplen consistentemente con los indicadores de potabilidad.
  3. Presión sobre la seguridad alimentaria: La agricultura representa cerca del 70% del uso global de agua dulce; en Guatemala se estima en torno al 80%. Este sector, fundamental para la economía, muestra limitada participación en prácticas de reúso, tratamiento o protección de fuentes.
  4. Déficit de infraestructura y financiamiento: La brecha anual mundial supera los 700,000 millones de dólares, con mayores carencias en regiones en desarrollo.

En el contexto guatemalteco, estos problemas se agravan por factores específicos. Se estima que alrededor del 90% de las fuentes hídricas presentan algún grado de contaminación y que una proporción importante de la población consume agua con presencia de materia fecal. Esto contribuye de manera significativa a la desnutrición crónica infantil y a las enfermedades gastrointestinales. Los lixiviados de basureros a cielo abierto, descargas de aguas residuales urbanas e industriales, y el uso de agroquímicos configuran un panorama de contaminación difusa y puntual que afecta ríos, lagos y acuíferos

La ausencia de tratamiento de aguas residuales constituye uno de los principales cuellos de botella. De los 340 municipios, solo un número muy limitado cuenta con plantas de tratamiento funcionales. Las municipalidades tienen mandato legal para gestionar este servicio, pero la infraestructura y la capacidad técnica resultan insuficientes en la mayoría de los casos. Esta situación no es solo técnica: refleja una construcción social del agua donde predomina la externalización de costos ambientales y sanitarios.

Aunque el actual gobierno ha impulsado una propuesta de ley de aguas, su aprobación y, sobre todo, su implementación efectiva enfrentará resistencias y requerirán amplio consenso. La experiencia muestra que las normas por sí solas no resuelven problemas estructurales si no van acompañadas de inversión sostenida, fortalecimiento institucional y cambios culturales.

Mejorar la calidad del agua debe convertirse en una prioridad nacional de carácter transversal. Entre los elementos clave destacan:

  • Ampliar la cobertura y eficiencia de plantas de tratamiento de aguas residuales, priorizando municipios de mayor impacto.
  • Promover el reúso seguro del agua, especialmente en agricultura, con marcos regulatorios claros y apoyo técnico.
  • Fortalecer la generación de información: estudios hidrogeológicos dinámicos, monitoreo continuo de calidad y sistemas de alerta temprana.
  • Integrar la educación y la formación: incorporar la gestión integrada del agua en los currículos de ingeniería, educación técnica y básica, aprovechando el conocimiento local y la experiencia universitaria (CUNOC-USAC es un buen ejemplo de creación de conocimiento y capacidad de entendimiento del agua).
  • Incentivar la participación multisectorial: alianzas entre municipalidades, comunidades, sector privado, universidades y organizaciones indígenas para la gobernanza de cuencas.

La naturaleza social del ciclo del agua —como se desarrolla en mi libro— implica reconocer que el recurso no se gestiona solo con infraestructura, sino mediante prácticas colectivas, instituciones sólidas y una ciudadanía informada y activa. Superar la actual inseguridad hídrica requiere pasar de la indiferencia generalizada a una acción concertada y sostenida en el tiempo.

El reto es complejo, pero no insuperable. Guatemala cuenta con abundantes recursos hídricos renovables y con conocimiento técnico y social suficiente para construir un modelo de gestión más equitativo y sostenible. Depende de la voluntad colectiva empezar a transitar ese camino ahora. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca. 

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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