Aunque hace falta un año y pico para su realización, ya empezó el olor a pólvora en las nuevas elecciones; los asesinatos de algunas personas que hubieran sido postuladas como candidatos a cargos de elección popular principió a darle un matiz dantesco al proceso político que se repite cada cuatro años.
De nuevo, el Tribunal Supremo Electoral, que de supremo no tiene nada, estará en boga como fuente principal para toda la función administrativa relativa a las futuras elecciones generales y a sus procesos de inscripción, registro y demás actividades inherentes, y una de las preocupaciones sociales que principian a manifestarse en el imaginario guatemalteco es la selección que hagan los partidos políticos de las personas que presenten como candidatos.
Por supuesto que, de forma ideal, se piensa en la posibilidad que el Tribunal Supremo Electoral pudiera ejercer una supervisión relacionada a los candidatos propuestos por sus organizaciones políticas, a efecto de prever que los mismos no tengan vínculos con los integrantes de la delincuencia organizada. Aunque, consideramos que es de una gran subjetividad el probar esa vinculación antisocial con los presuntos delincuentes.
Se espera el que Tribunal Supremo Electoral no persista en la politización de sus anteriores integrantes quienes, por su marcada identificación política e ideológica en ese entonces, les hicieron la vida imposible a determinados partidos denominados de la oposición, marginándolos del proceso electoral y a algunos candidatos.
Lo anterior, sería una decisión acertada que pudiera promover los valores éticos y morales, pero, eso es un trabajo interno que esas organizaciones puedan hacer al seleccionar a sus futuros candidatos pues muy pocas o ninguna promueven dichos valores que deben poseer las personas que aspiran a una representación popular. La historia humana está llena de hombres y mujeres que no despertaron corruptos una mañana; simplemente fueron acostumbrándose poco a poco a la idea de que el poder podía utilizarse para sí mismos.
Tal vez por eso, la corrupción ha obsesionado a las civilizaciones desde hace miles de años; los griegos no la entendían únicamente como un problema administrativo, la consideraban una deformación del alma; Platón dijo que las ciudades terminaban corrompiéndose cuando quienes las gobernaban dejaban de dominar sus apetitos personales; Aristóteles manifestó que ningún sistema político está inmunizado contra la ambición humana, y los romanos pensaron que la corrupción llegaba cuando los dirigentes se enamoraban de la riqueza con exceso.
Muchas sociedades colapsan lentamente desde dentro, cuando el lujo, la impunidad y el poder terminan devorando la vida pública; el verdadero problema del poder no es solamente quien lo obtenga, el problema es, sí cuando alguien lo tiene, qué tan capaz es de contenerse una vez que lo posea.
Recordemos que gobernar también exige límites, pues toda autoridad pierde sentido cuando deja de mirar de frente la realidad humana de sus gobernados y se promueve la descomposición institucional como sucedió con los últimos cinco gobiernos pasados de Guatemala.







