José Luis Samayoa
Todos, alguna vez, hemos sido el “malo” de esta historia: el que se pasó el rojo, el que se estacionó donde no debía, el que cruzó a media cuadra viendo el celular. Así que este no es un manual para señalar al vecino, es un espejo, y nos toca vernos a todos en él. Está escrito para analizar lo que hacemos en la calle y, de paso, para pensarlo dos veces antes de salir por la mañana. Porque en Guatemala manejar y caminar se volvió un riesgo… y no tiene por qué serlo. Ojalá salgamos de casa manejando, y caminando, un poquito mejor.
Manual del conductor (primera parte)
- Dos asientos, media familia
Queda terminantemente prohibido llevar más de dos ocupantes por motocicleta, y ambos deberán portar casco, sin excepción. Lógicamente, la moto trae dos asientos de fábrica; el tercero va de sándwich, el cuarto prensado como sardina y el bebé en brazos… eso sí ya es irresponsabilidad al máximo. ¿El casco es uno solo para toda la tripulación, o se lo van turnando según quién vaya adelante? Ya se sabe: todos con casco, sin excepción. Prohibido también el casco que cuelga del codo para que no se despeine el piloto. Se recomienda a las autoridades darse cuenta de dichas malas costumbres, aplicar las multas correspondientes y hacer valer la ley.
2. El carril que no existe (y la acera que sí)
Se prohíbe a las motocicletas usar el carril central. Lógicamente, ese carril no existe: nunca lo pintaron, nunca lo planificaron, no está en ningún mapa. Es admirable, eso sí, la capacidad del motorista de inaugurar uno nuevo cada mañana entre dos filas de carros. Y por si el carril inventado no bastara, también se prohíbe subirse a las pocas aceras que hay en la ciudad, esas que son para los peatones, y convertirlas en atajo, u otro carril más, dejando al pobre peatón pegado a la pared, eligiendo entre la moto y el carro.
Ahora, en serio: el problema no es solo del motorista. Se soltaron cientos de miles de motos a la calle sin carril propio, sin reglamento y sin un plan.
Se sugiere a las autoridades crear un carril exclusivo para motocicletas donde el ancho de la vía lo permita, de preferencia a un costado, no en medio de dos filas de carros, que es donde están los puntos ciegos, un carril debidamente pintado, con líneas amarillas y reglas claras. Así, el que maneja carro puede cambiarse de carril sin miedo a aventar a nadie, y el motorista deja de jugarse la vida inventando espacio cada mañana. Donde no quepa un carril de motos, que se diga con todas sus letras: aquí no hay carril de motos, y punto.
3. La 125 que se cree MotoGP
Se prohíbe a las motos pequeñas, esas de 110, 125 o 150 centímetros cúbicos, hechas para hacer mandados o mensajería en la ciudad, lanzarse por las carreteras con el mango de gasolina a fondo, como si fueran de MotoGP. Lógicamente, la física es una recomendación más que uno no puede ignorar: total, el que se estrella a 90 en una moto de repartir seguramente tenía prisa por llegar a un lugar mejor (el cielo).
Se recomienda no exponer su vida ni la de su pasajero; y menos, lo verdaderamente grave, la del transeúnte y la del conductor ajenos a semejante locura. …Y, por favor: no salgan en “grupitos” los domingos, temerariamente, rumbo a La Antigua. A los guatemaltecos nos estresa esto: nos ponen muy nerviosos a todos los conductores, aparte del sonido estridente que hacen esas motos con el escape modificado, cosa que, por cierto, también está prohibida.
4. La foto que suma al peligro
Se prohíbe a los fotógrafos apostarse los domingos en las orillas de la ruta a La Antigua para retratar moteros a toda velocidad, especialmente entre 7 y 10 de la mañana. Lógicamente, el problema no es solo que ellos también se juegan la vida parados al borde de una carretera rápida: es que el motero, al ver la cámara, en vez de bajarle, le mete más, porque una cosa es correr como loco y otra muy distinta es correr como loco y querer salir en la foto para presumir. Y si el domingo sale mal, la misma cámara que iba a inmortalizar la hazaña termina inmortalizando la tragedia.
Todos los domingos hay uno, dos o tres accidentes, y muchas veces, más de uno es mortal… ¿En serio qué pasa? ¿Y las autoridades?
5. Prohibido chocar (por decreto)
El motorista que cruza del carril derecho al central, del central al izquierdo y de regreso, convencido de que así “avanza más rápido”, debe entender por sentido común que está mal hecho y que debería ser prohibido.
Y que quede claro: esto no pasa solo los domingos rumbo a La Antigua. Pasa a diario, en cada calle, avenida, bulevar y carretera del país, a toda hora. Porque aquí está el detalle que ese piloto nunca calcula: uno en el carro maneja mirando por los espejos, ve el carril libre, pone el pidevías y empieza a cambiarse… y justo entonces aparece, de la nada, zumbando por el punto ciego a toda velocidad, o venía en zigzag.
No es que el conductor del carro no haya visto: es que no había nada que ver cuando él miró. Para cuando el motorista aparece, ya es tarde para los dos. Y en un choque entre un carro y una moto, todos sabemos quién va al hospital y quién va a la funeraria.
Pero lo peor no es ni siquiera eso. Lo peor es que, cuando el imprudente logra librarse por un pelo, todavía tiene el descaro de voltear a verte moviendo la cabeza de un lado a otro, como diciendo “qué idiota este”, o te levanta el dedo, o le pega un manotazo o patada al espejo al pasar. Es decir: casi provoca la tragedia, y encima te la cobra a vos. Sale ileso, indignado y con la conciencia limpia, convencido de que el estorbo del camino eras tú.
6. El rojo no es una sugerencia
Se prohíbe considerar la luz roja del semáforo como lámpara decorativa. Lógicamente, el semáforo, al parecer, trae tres colores por gusto: en Guatemala el amarillo significa «acelerá» y el inicio del rojo significa «acelerá más”. Aclaremos, pues: el amarillo es «pará, por favor», y cuando la luz se pone en rojo ya deberías estar completamente detenido, no cruzando.
7. Los pidevías de adorno
Se prohíbe doblar sin seguir el reglamento de tránsito mundial. Lógicamente, los pidevías vienen de fábrica, pero se activan una sola vez en la vida: el día que el carro sale de la agencia. De ahí en adelante, cruzar es una sorpresa que el conductor de atrás se entere de que vas a cruzar.
Y ojo, porque hay una categoría todavía peor: Está el que pone el pidevía después de haber cruzado, cuando ya no le sirve a nadie más que al de atrás para confirmar lo que acaba de pasar. Está el que la enciende para un lado y dobla para el otro. Y está el clásico nacional: el que trae el pidevía izquierdo parpadeando desde hace ocho kilómetros, desde la salida de su casa, y uno atrás, fiel y paciente, esperando una vuelta que nunca llega.
8. La parada es donde el ayudante diga
Se prohíbe a los buses frenar en plena curva, en doble vía y con medio pasajero colgando de la puerta. Lógicamente, la parada oficial no está pintada en ningún poste: está donde el ayudante grite “¡baja, baja, baja!». El problema es que ese grito lo oyen los de adentro; nosotros, los que venimos manejando atrás, no tenemos manera de adivinar que el bus va a clavar los frenos en seco a media curva, o en cualquier lado así por así. Para cuando entendemos que era una parada, ya llevamos el corazón en la mano, como mínimo.
Y aquí sí me van a permitir un deseo personal: si de mí dependiera, pondría la multa más alta a todo conductor imprudente que trata las leyes de tránsito como decoración. A mi parecer, buena parte de los choferes de bus encabezan la pirámide de los incumplidos, incomprendidos por la población y, muchas veces, entre ellos mismos. Por supuesto, hay pilotos excelentes, responsables, que incluso hablan a sus compañeros de esos que se saltan las leyes. En segundo lugar, en la pirámide, a unos pocos milímetros, están algunos de los de las motos.
Nuevamente, no podemos generalizar: siempre hay excelentes pilotos, y a ellos les pido que hablen con sus colegas y los hagan entender que solo una vida tenemos. Otro detalle pequeño: por favor, revisen sus unidades. No es posible que no les dé cargo de conciencia la cantidad de humo negro que sale de muchos de los buses en Guatemala.
9. Toda la familia como un saco de maíz
Se prohíbe transportar a media familia, dos costales de maíz y un chucho en la palangana del pick-up. Atrás van los niños parados, agarrados de la nada, saludando como si fueran en carroza de la feria; el chucho con las orejas al aire, feliz, el único que de verdad disfruta el paseo; y los costales de maíz, esos sí, bien amarrados, no vaya a ser que se caiga el maíz. Cuando vamos detrás de un pick-up con la familia entera atrás, la mayoría le pedimos a Dios que lleguen sanos y salvos a su casa. Es cosa de usar el sentido común: simplemente no se puede hacer esto. Y las autoridades, otra vez, parecen no saber que existe un reglamento… hasta que los ves a ellos mismos en un pick-up te dices: “Bueno, así es Guatemala”. Pero debe cambiar en algún momento. Es sentido común.
10. El retroceso eterno
Se prohíbe meter reversa en la autopista tras pasarse el retorno. Lógicamente, retroceder 800 metros contra el tránsito no es usar el sentido común; lo lógico es ir a dar la vuelta como Dios manda. ¿Perder “cinco” minutos yendo hasta el siguiente retorno? Jamás. ¿Mejor poner las intermitentes… e ir de reversa? Confiando en que los que vienen a 90 por hora traen frenos cerámicos y reflejos de piloto de rally.
Lo que ese héroe de la reversa nunca piensa es que, para cuando el de atrás lo alcanza en plena curva, ya no hay maniobra que valga. Perderse un retorno cuesta cinco minutos y algo de orgullo. Echarse de reversa en la autopista ha costado, miles en este país, mucho más que cinco minutos.
11. La bocina alegre
Se prohíbe tocar la bocina 0.01 segundos después de que el semáforo cambie de rojo a verde. Lógicamente, el de adelante no arrancó porque estaba admirando el paisaje; es porque él también tiene un carro adelante, que tiene otro adelante, que tiene otro adelante… hasta llegar, seguramente, a alguno de los del inciso 6, todavía terminando de cruzar en rojo. O quizás sí se le fue el pájaro a más de alguno; a esos, por favor, atentos, que hay semáforos que solo dan 10 segundos de paso, y no es broma.
Porque esa es la ironía perfecta de nuestras calles: el mismo que no perdona ni una décima de segundo de luz verde es, muchas veces, hermano gemelo del que hace tres esquinas se comió el rojo sin culpa. Prisa infinita para lo propio, paciencia cero para lo ajeno.
Y mientras tanto, el pobre primer carro de la fila, el único que de verdad puede ver el semáforo, carga con la bocina de los diez de atrás, como si arrancar medio segundo tarde fuera delito. En resumen: un extremo se pasa el alto, el otro no deja ni respirar. Ninguno de los dos tiene la razón, y entre ambos arman el mismo resultado: puro caos.
12. El escudo mágico, otra vez…
Se prohíbe estacionarse en doble fila con las “luces de emergencia” puestas. Lógicamente, las intermitentes parecen ser un escudo mágico que legaliza cualquier barbaridad. Con esas dos luces parpadeando, uno puede dejar el carro donde le dé la gana: frente a la salida de un garaje ajeno, en la esquina, sobre la rampa de silla de ruedas, en el paso de cebra o atravesado en medio carril. Mientras titilen, el conductor se siente protegido por un poder superior, exento de toda ley humana y municipal.
Lo mejor del escudo es su versatilidad: sirve para “solo me bajo un ratito” (cuarenta minutos), para “ya casi vengo” (nunca) y para el clásico “es que iba a estar rápido el mandado”. Y si alguien se atreve a reclamar, el fulano responde con la frase sagrada que lo absuelve de todo: “¡Pero si tengo las intermitentes puestas!”, como si esas luces fueran indulgencia papal.
13. Los dueños del parqueo ajeno
Se prohíbe al vivo de siempre estacionarse en los espacios reservados para embarazadas, personas con discapacidad o adultos mayores. Lógicamente, esos rótulos con la silla de ruedas pintada no son pura sugerencia artística.
Es el mismo que, si le reclamás, te contesta: “¡Solo va a ser un ratito!”, el ratito eterno de siempre, mientras la embarazada se estaciona a media cuadra y camina bajo el sol lo que él se ahorró por comodidad. No es falta de espacio: es falta de vergüenza… y bien podría ser tu esposa, tu madre o tu padre quien necesita ese parqueo.
Y de la misma familia, viene el otro fenómeno: el dueño de la “nave” que se atraviesa en dos parqueos a la vez. ¿La razón? Que nadie se le ponga a la par, no vaya a ser que un simple mortal le tope la carrocería al abrir su puerta. Prefiere dejar sin lugar a dos personas antes que arriesgar un rayón. A estos señores les corresponde, con honores, el diploma al egoísmo absoluto y la prepotencia máxima.
También está el que se parquea tan pero tan mal, que deja inservibles los espacios de al lado. No es que no quepa otro carro: es que ya nadie se atreve a arrimarse. Simplemente… sin palabras.
Y en el parqueo, la otra versión del mismo descuido: el que abre la puerta de un solo y le pega al carro de al lado, el que deja parte de su puerta pintada… y se va como si nada, silbando, sin dejar ni una nota. Total, el rayón es problema del otro. Abrir con cuidado no cuesta nada; el retoque de pintura del otro, sí.
14. El túmulo asesino de amortiguadores
Se prohíbe a las comunidades instalar túmulos artesanales de 15 centímetros, sin señalizar y pintados del color exacto del asfalto. No los pintan, no los señalizan y encima los camuflan del mismo gris del asfalto; uno los descubre por el método tradicional: el golpe seco, luego el suspiro y solo piensas… ¡Por qué, Dios mío! Pero seamos justos: ese túmulo pirata casi nunca es el verdadero culpable. El culpable es el que pasa como alma que lleva el diablo por en medio de un poblado, frente a casas donde juegan niños y a la par de escuelas, ahí donde el límite es de 30 kilómetros por hora. La comunidad, cansada de pedir un túmulo oficial que nunca llega y de ver carros rozándoles a los patojos, hace lo único que puede: defenderse a puro cemento.
El túmulo artesanal no es el problema; es el síntoma. Si los carros respetaran los 30 frente a las casas, ningún vecino tendría que salir de noche con la carretilla de mezcla a fabricar el suyo.
15. La pista de patinaje de mayo
Se prohíbe que la primera llovizna de mayo paralice la capital como si estuviera cayendo nieve. Lógicamente, nadie en este país había visto agua antes, y las cuatro gotas de la temporada nos agarran a todos por sorpresa.
Pero seamos justos con el conductor: si la primera lluvia se siente como patinar sobre jabón, no es solo cosa de nervios. Es que durante meses de verano los buses y camiones mal mantenidos van dejando su rastro de diésel y aceite quemado sobre el asfalto, gota a gota, por mala combustión y cero mantenimiento, hasta convertir cada avenida en una pista engrasada. Llega la primera lluvia, el agua levanta toda esa grasa acumulada, y la ciudad entera se vuelve una calle con jabón. Así que el que resbala en mayo no siempre es un exagerado: muchas veces es la víctima de un bus al que nadie le ha revisado el motor desde la administración pasada.
16. La carrera por el pasaje
Se prohíbe a los buses competir entre sí por el pasaje como si el premio fuera la presidencia de la República (cualquiera llega a ser presidente).
Es la única competencia del mundo donde los que van adentro no compiten: sufren. Los dos pilotos se juegan el sueldo por llegar un metro antes a la parada, se cierran, se insultan de ventana a ventana y aceleran mientras los pasajeros rebotan de un lado a otro, agarrados del tubo, de la Virgen María y del Espíritu Santo. Y el que espera el bus no sabe si le va a parar el bus o si va a presenciar, en vivo, un desastre. ¡Yo no me subiría a ese bus!
Esto realmente llora sangre… Autoridades, ¿qué les pasa?
17. El taller en plena calle
Se prohíbe usar la calle como taller mecánico o pinchazo. Lógicamente, la vía pública es de todos, pero no del primero que sacó dos carros, tres motos y una mesa plástica. Ahí monta su negocio a media banqueta: el carro en un tricket bloqueando un carril, las llantas viejas rodando por la cuneta, la manguera del compresor cruzando la acera y el letrero de “Se pinchan llantas” pintado a mano, en una tabla.
18. El adelanto a ciegas
Se prohíbe a los conductores adelantar en curva, cuesta o tramo sin visibilidad. Lógicamente, el que se lanza a rebasar sin ver qué viene del otro lado tiene fe: fe en que la curva esté vacía, fe en que el de enfrente no exista, fe en que hoy no le toca. Y la carretera, que de fe no entiende nada, cobra esa apuesta de la forma más cara. ¡Por favor, esto no puede ser! ¿Autoridades?
Porque adelantar sin “saber qué viene” no es una maniobra: es una rifa donde el premio es un choque de frente, y en un choque de frente no gana nadie, ni el “valiente”, ni el que venía tranquilo en su carril haciendo todo bien.
19. El hoyo con derecho a nombre propio
Se prohíbe que la autoridad repare un hoyo solamente cuando ya se tragó media llanta de media Guatemala, una moto y la paciencia de una colonia completa. Lógicamente, el cráter debe alcanzar categoría de atractivo turístico antes de merecer presupuesto para repararse.
Primero es un hoyito que uno esquiva. Luego crece, porque nadie llega. Después ya tiene forma, profundidad y ecosistema propio: cuando llueve, se hace laguna, y los vecinos, con más humor que las autoridades, le ponen nombre, le siembran un palo de plátano o le clavan una cruz de mentira para que los carros no se den cuenta. Y ahí sigue, mes tras mes, tragándose amortiguadores, rines y paciencia, hasta que un día, por milagro, o porque viene campaña, aparece la cuadrilla a taparlo con un poco de asfalto… la próxima lluvia se abre otra vez.
20. El hoyo que ya salió en Waze
Se prohíbe no reportar los cráteres, hoyos y agujeros de calles y carreteras a Caminos o a la Municipalidad. Lógicamente, si nadie denuncia, fotografía, ubica y exige, el agujero seguirá creciendo tranquilo hasta que un día aparezca en Waze, ya no como hoyo, sino como que hay que tomar una ruta alterna.
Pero seamos honestos: reportar es solo la mitad del trato. Denunciamos, mandamos la foto, marcamos el punto… y del otro lado, muchas veces, no pasa nada.
Porque el problema de fondo ya no es que no sepan dónde están los hoyos; lo saben de sobra. El problema es qué se hace con el dinero que existe, justamente, para taparlos.
Y una última cosa, que no pongo como inciso porque no lo es, sino como consejo de corazón de miles de chapines: por favor, no pelee con nadie en la calle. No vale la pena. Solo nos enojamos, nos amargamos y nos llevamos a casa un estrés que no necesitamos y ya bastante tenemos con el estrés que nos regala el tráfico todos los días.
Y ese estrés, ese sí, lo reclamo en nombre de millones de guatemaltecos: autoridades, por favor, resuelvan este problema de raíz. No es imposible. Es cuestión de sentido común y de honradez absoluta.
Manual del peatón (primera parte)
- La pasarela decorativa
Se prohíbe al peatón cruzar la avenida o carretera a media cuadra de la pasarela. Lógicamente, la pasarela no se construyó como monumento decorativo. Total, ¿para qué caminar treinta metros y subir unas gradas, si uno puede cruzar seis carriles corriendo, esquivando carros como en videojuego y llegando al otro lado con el corazón a mil y la satisfacción de haberlo logrado?
Y aquí viene lo mejor, y lo digo como testigo: he visto perros cruzar solos la pasarela, tranquilos, sin que nadie los mande. He visto caballos, vacas y hasta burros usarla con más criterio que muchos cristianos. Es decir: el animal entendió para qué sirve la pasarela… y el humano, ahí abajo, sigue jugándose la vida entre los carros. Cuando la vaca es más prudente que el peatón, algo tenemos que analizar, y hacer.
En unas semanas publicaré el manual del peatón. Nos leemos pronto… y ojalá, para esos días, manejando y caminando un poquito mejor.







