Una de las experiencias más bonitas en la vida consiste en el acto de repasar fotos. No importa que sean de la semana pasada o de días recientes, casi nunca provocan indiferencia; las emociones llegan puntuales, alborotando los sentimientos más íntimos. Obviamente, mejor si se trata de aquellas en las que los involucrados significaron algo en la vida.
El efecto de las fotos es comparable al de la música, al menos en términos convencionales. ¿Lo ha notado? Escuchar una melodía, ya desde las primeras notas o el primer acorde, nos conmueve; el corazón late, acontece algo internamente que hace que ello valga la pena. Ese quizá sea el éxito de las aplicaciones de pago que nos esquilman cada mes. Las compañías saben que somos puras emociones.
Hay que distinguir, claro, como en todo. No es lo mismo ver uno sus propias fotos que las de los padres ausentes. Tengo varias con mi padre que me transportan a ese instante, a sus palabras y sus gestos. Su manera de querer, de mirar y de tocar. La calidez de su voz. Todo, sin embargo, son notas propias de un pasado candoroso que está superado.
Las fotos también revelan lo que ya no es, lo que fue o lo que existe aún solo como artificio de la memoria. Quiero decir, reproducen momentos ficticios, inventados, fuera de la realidad porque nunca tuvieron eso que llaman algunos “carácter histórico”. Y está bien, la realidad es tan miserable muchas veces que la edulcoración es generosa cuando se pone en plan poético.
Pero los álbumes también tienen su prosa, revelan una realidad escondida. Lo que inadvertimos por las emociones a tope. Fotos de amores que se antojan, libres ya de las pasiones, testimonios de una arquitectura que nuestro arbitrio construyó guiado por los impulsos. Tristes fotos, falsas, no por las protagonistas, que actuaban fieles a sí mismas, sino por nuestros desvaríos sentimentales. El amor tiene mucho de enfermedad.
Por suerte, como algunas fotos del pasado, son testimonios de un evento lejano, a veces ya superado. Digo “a veces” porque el ecosistema de las emociones es caprichoso, no sigue la lógica del tiempo ni las evidencias, sino sus pálpitos, esas latencias que pueden pervivir a pesar nuestro. Eso condena al eterno retorno sin que necesariamente lo exija la voluntad.
Sin embargo, qué sería de nosotros sin esos aditamentos convertidos en parte de nosotros mismos. No la llamaríamos vida, quizá solo un conjunto de mecanismos movidos por la necesidad. Lo hermoso de las fotos es que nos recuerdan lo humanos que somos: ese artefacto complejo atravesado por la chair, esa carne a la que se han referido tantos filósofos, uno de ellos el bueno de Merleau-Ponty.







