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El gobierno de Guatemala en su lucha contra la corrupción informó en el diario oficial del 4 de agosto que el Sistema de Probidad del Estado reportó mil cartas de compromiso firmadas por servidores públicos, incorporación de cláusulas de probidad del Estado a 3 mil 405 contratos y 204 capacitaciones que llegaron a 10 mil 174 personas durante el segundo trimestre de 2026. A la vez realizó 187 campañas de sensibilización que alcanzaron a 547 mil 729 ciudadanos. Concluyó tres cohortes del curso Ética e Integridad para Prevenir la Corrupción en el Ámbito Policial y capacitó a 248 representantes de sociedad civil en herramientas de transparencia y fiscalización pública. Loable labor de reconocer, pero a la luz de la ciencia y ante un estado de mala salud de nuestra justicia. ¿Son efectivas esas medidas? En otras palabras, es efectivo y real el enfoque puramente conductual o formalista, frente a las dinámicas estructurales y neuropsicológicas del comportamiento humano que se desarrollan ante una realidad nefasta del comportamiento de la justicia.

Desde la perspectiva de la psicología, la neurociencia y las ciencias políticas comparadas, la respuesta corta es ¡No! por sí solas no son suficientes ni garantizan una reducción sustancial de la corrupción. A pesar de ser pasos institucionales necesarios, resultan de muy bajo impacto cuando se aplican de manera aislada.

Firmar una carta de compromiso o añadir cláusulas contractuales, apela al plano del control normativo explícito. Neurobiológicamente, el conocimiento consciente de una norma ética no inhibe automáticamente los circuitos subcorticales asociados a la recompensa, el beneficio personal o la presión de grupo (in-group bias). En la administración pública existe el riesgo del cumplimiento de lista de verificación (checklist compliance). Se firman mil cartas para cumplir con el indicador de la Comisión, pero la conducta cotidiana del funcionario sigue moldeada por la cultura organizacional previa y regulada por el comportamiento habitual institucional y nacional.

La psicología social y las neurociencias han demostrado ampliamente que las personas ajustan su conducta no según lo que leen en un código de ética y un contrato, sino según lo que observan en sus compañeros, superiores y a su alrededor. Si el entorno recompensa implícitamente la corrupción o garantiza la impunidad, las normas explícitas pierden toda validez cognitiva y comportamental dado que la arquitectura cerebral humana permite la disonancia cognitiva. En otros términos: la racionalización y «ceguera ética». Un individuo puede aprobar un curso de ética con calificación perfecta y, simultáneamente, racionalizar un acto corrupto («todos lo hacen», «el sistema no me paga lo suficiente»). La capacitación transmite información, pero no altera los mecanismos de racionalización moral.

Dentro de esas mismas ciencias, desde el condicionamiento operante y los estudios sobre conducta, el disuasivo más efectivo para modificar comportamientos de alto beneficio/riesgo no es la exhortación moral, sino la certeza y rapidez de las consecuencias (sanción penal o administrativa). Sin un sistema judicial que sancione la falta, la educación ética se percibe como mera retórica.

Entonces, las medidas de las que nos habla el rotativo de gobierno no podemos calificarlas de inútiles, pero su papel es meramente complementario e instrumental. Es decir, establecen dos objetivos: 1ero Una línea de base legal: Las cláusulas e instrumentos de probidad, facilitan el despido o la persecución penal a posteriori, al remover la excusa del desconocimiento de la norma. 2do Dan visibilidad pública: Las campañas de sensibilización incrementan la fiscalización ciudadana (auditoría social) al hacer transparentes las expectativas de conducta.

Pero debemos estar claros: para que la Estrategia de Integridad o el Sistema de Probidad tengan un impacto cuantificable en la reducción de la corrupción, tendrían que estar respaldados al menos por tres actividades: 1ª Consecuencias reales e inmediatas: Mecanismos eficaces de denuncia anónima, investigación interna e impunidad cero. 2ª Reforma de incentivos institucionales: Sistemas de mérito para ascensos y salarios competitivos que reduzcan la tentación de la recompensa ilícita. 3ª Sanción social e institucional visible: Ver que el incumplimiento de la promesa de probidad conlleva la pérdida inmediata del cargo o el procesamiento legal.

Sin una arquitectura de consecuencias e incentivos reales, las cifras de firmas, cursos y capacitaciones reflejan un dinamismo burocrático y no necesariamente una transformación de la conducta gubernamental y social.

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