
El 5 de agosto de 2026, el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (Insivumeh) informó que la actividad del volcán de Fuego comenzaría a disminuir desde ese día.
La erupción había cumplido 45 horas de actividad constante, pero para la mañana del 5 de agosto, solamente registraron tremores, emisiones de gases y ceniza, y explosiones débiles y moderadas acompañadas de fragmentos de lava cerca del cráter.
A pesar de que los movimientos disminuyeron, el ente científico recomendó mantener los planes de respuesta en las áreas cercanas al volcán.
Ana Camposeco vive en Escuintla, en la aldea La Trinidad, cercana a las faldas del volcán. “Con la naturaleza no podemos pelear”, comentó al regresar a su hogar después de las erupciones de esta semana.

En esta ocasión, la aldea no fue azotada por las cenizas. El viento sopló en dirección a México, contrario a otras ocasiones en donde se ha dirigido al sur en dirección a La Trinidad, la aldea el Rodeo y otros terrenos en donde se cosecha maíz.
Esta erupción recordó a la ocurrida el 3 de junio de 2018, en donde dos aldeas en las faldas del Volcán de Fuego fueron enterradas con lava y ceniza, matando a más de 400 personas. Escuintla, en específico, fue una de las zonas más afectadas por las expulsiones de lava y humo de dicha erupción.
“Es mejor estar resguardado dos o tres días”, explicó Ana. El 4 de agosto, a las tres de la madrugada, salió de su casa por recomendación de las autoridades. En total, evacuaron de manera preventiva a más de mil personas en los departamentos de Chimaltenango, Escuintla y Sacatepéquez.
Volcán de Fuego y sus erupciones más peligrosas a lo largo de la historia de Guatemala
De las 37 estructuras volcánicas en el país, el Volcán de Fuego es uno de los tres que están activos, y además es considerado el más peligroso.
Ana ha vivido 26 años en La Trinidad, en la colonia 15 de Octubre. Sus padres huyeron a México por el Conflicto Armado Interno (1960-1996), y al volver a Guatemala se asentaron en las faldas del volcán.
Pero ella, junto a otras 160 familias, esperan algún día irse de la zona volcánica que está a más de 3 mil metros de altitud. Ana es parte de una de las mesas de diálogo con el gobierno para trabajar soluciones, pero no han avanzado.
En el mismo departamento, vive Emilio Barillas de 66 años, en la aldea El Rodeo. Él recuerda que el volcán siempre ha hecho grandes erupciones, pero antes las personas no le prestaban mucha atención. Pero desde la tragedia de 2018, todo cambió.

A pesar de la amenaza constante del volcán, resalta que muy pocas personas se han ido de El Rodeo, como es su caso. Emilio prefiere permanecer en su hogar, cuidando la siembra de maíz y frijol, junto con sus hijos. Aunque las plantaciones se han visto afectadas por la caída de ceniza de las erupciones, no pueden irse. Por su edad, las oportunidades de vida y de migración son pocas.
Roberto Suruy también es de la tercera edad y es vecino de El Rodeo. Al igual que Emilio, decidió no evacuar ante las erupciones del volcán de esta semana. Él considera que, como está alejado unos metros de la calle, tiene posibilidad de alejarse ante cualquier emergencia.
Sin embargo, no se puede descartar los posibles ríos de lava de varios metros de altura. En 2018, recorrieron en picada desde el volcán a más de 50 kilómetros por hora. En esa ocasión, Roberto perdió a su hermana y a una tía por los escombros de la lava.
Su esposa también falleció por las complicaciones de su diabetes tras huir de su hogar por la erupción. “Ella murió prácticamente del susto”, recuerda.
A pesar de estas circunstancias, Roberto explica que algunos vecinos, como él, ya están resignados y ya no se preocupan tanto ante el riesgo del volcán.







