La Hora
La Hora: Cortesía

Mario Rene Matute

 

Mario Rene Matute tiene, como buen poeta, con sus figuras literarias recrean y nos dejan el espíritu revuelto, golpean nuestro letargo. Su calidad como escritor está fuera de toda discusión. También su posición ante el mundo, su conducta política. Nació en la ciudad de Guatemala el 20 de agosto de 1932. Maestro de Educación Primaria Urbana y licenciado en Psicología por la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Exiliado desde 1980, su infatigable labor creadora es su mejor contestación al crimen nuestro de cada día. No obstante, Matute no es un escritor panfletario. Dentro de la vasta producción literaria de este destacado escritor guatemalteco resaltan Cuentos en carreta, Tipografía Nacional, Guatemala, 1972; El problema psicosocial de la ceguera, Editorial Universitaria, Guatemala, 1972 y La ciudad sin párpados, plaqueta, Quezaltenango, Guatemala, 1973.

Las principales publicaciones que han dado cuenta de su trabajo son: Diario El Gráfico, Diario Impacto, Diario La Hora Dominical, Revista El Niño, Revista Alero, Revista Economía, Revista Ciencia y Sociedad, Revista A.P.G., Revista Luis Braile Argentina, Revista de Montevideo Horizontes, entre otras.

 

Tus manos

Si balsa fueron en tiempo de tormenta,
chinampa son de flores y duraznos;
no permitas que vuelen a otros vientos
marchitándose en sombras desleídas;
que frutales renazcan en mi pecho
palpitando en las llamas del deseo,
purifiquen así esta tristeza.
Amasan la justicia del futuro,
le crean mariposas al presente,
y con el ademán de su ternura
dividen el pan duro de la espera.
No las escondas en la bruma ausente,
permíteles posarse en la ribera
o lavar con su tacto mi amargura;
que sus dulces sudores maternales
desabrochen para mí la primavera;
de rodillas las horas en sus palmas
peinan plumajes de querubes raudos,
se crecen en burbujas populares,
su poder multiplican en espuma,
y en millones enlázanse otras manos
semejantes, amigas y perennes. . .
¡Cuántas veces alzaron las banderas
en reto universal de pleniaurora!,
marchando a contrabala por las calles,
en gimnasia furtiva desde el hambre
o en grito de dolor por los caídos.
Tus manos son las manos de mi pueblo:
muy fieras, transparentes, creativas,
hermanas del dolor y del trabajo
aéreas construcciones de lo nuevo…

Soledad
Otra vez el equilibrio
en la arista de la lágrima perdida;
las horas se fugan
más allá de los relojes,
la tarde milenaria que transcurre
desde un gris difuminado
hasta el oscuro deletreo
de las manos al vacío.
¿Volverá a despertar alguna
tarde mi pagana plegaria en tu regazo?
o simplemente hay que dar paso
al infinito que lo arrastra todo,
sin volver a viajar en tus palabras
ni encontrar el clima de tu vientre
para fundir la tarde deleitosa
en aquella agonía almibarada.
Pasan los trenes bajo la llovizna,
es como si enmarcaras tu rostro
en permanente viaje
tras esa ventanilla que se aleja;
sin revelarse
va subiendo en su marea,
desde dentro, la nostalgia.
¡Qué cóncava la tarde sin tu sombra!
¡Qué pálido el viento y su lamento!
El tiempo se desangra
por la espalda
y me voy quedando solo,
esperando retornos imposibles
trenes fantasmas
que se llevaron la vida…

La Hora
Diseño La Hora

El día
Nuevamente el día al pie de la ventana,
con sus hebras de sol,
sus nubes altas.
Otra vez las nostalgias oscilando
colgadas de las interrogantes infinitas.
Aún no llegan los caminos,
el manantial se retarda en su escondite,
las manos no lo alcanzan todavía.
El día está así,
sentado a la diestra
de los sueños carcomidos;
algunos nimbos peregrinos
rodean la inmensa soledad
y callan como plumones de ángeles enfermos.
Habría que transcurrir por el silencio,
con sonámbulos sigilos,
pasar por debajo de este día
—o de cualquiera—
devolverle el saludo a la muerte
que espera con paciencia
que vadeemos el torrente de ignominia
para alcanzar su ribera
y besarnos la frente;
hay que devolverle el saludo
y decirle que aguarde
con su calendario abierto,
que ahora hay un día de sol en la ventana
y aún no ha caído la última gota
del tiempo que repleta la esperanza.

Difícil travesía
Y retoñar en medio del asfalto y la piedra
junto a los perros y el olvido,
esa es la tarea principal y única,
con todo el dolor
sin saber qué signifique.
Fuiste, eres, serás. . .
¿Dónde? ¿Por qué?
Tal vez algún disparo,
un beso en ráfaga escondida,
un vientre tembloroso, te dieron alientos
y creíste que todo venía sin derrumbes,
sin palabrotas,
sin uniformes militares ni atropellos;
pero te pusieron tierra encima
y te nombraron moribundo,
o te nombraron moribundo
o muerto entero.
Y hace tiempo que la noche crece
que caminas poco a poco por peñascos
pasando por el filo de las piedras
como un equilibrista en cuerda floja;
con un mundo en cada mano,
su peso y su amenaza;
y vas al portal de lo imposible,
a la ciudad de los nuncas
y los nombres perfectos y decentes.
Y sin embargo proseguís en tu camino,
pese a los aceros,
y te vas a fondo, hacia el futuro.

Cortesía
Cortesía La Hora

La ciudad sin párpados (fragmento)

I

Tal vez el futuro pasa en los trenes
a las dos de la mañana.
Tal vez está en el pan imaginario
de las mesas sin servirse,
en las casas sin manteles para el hambre,
o en el dolor de los muros olvidados.
La ciudad es cóncava en la lluvia,
los mismos limoneros,
las mismas hojas tristes,
el mismo abanicarse de los pasos
sin encuentro ni sentido.
En la seda de los tiempos
hecha hamaca
se contiene la misma controversia;
se mece entre el pasado y el futuro.
Más que hamaca de tenue balanceo
es honda temporal, profunda,
que puede disparar a la ciudad
con el peso plomizo de sus sueños,
hacia un blanco de horizontes tiernos.
La sombra de los nombres perforados
me sube de puntillas por los huesos;
vuelven los muertos con pancartas y proclamas
y pasan en larga procesión bajo la lluvia.
i Si todo volviera a la semilla…!
Como vuelven las palabras
o nacen de nuevo las caricias.
¡Si pudiera el tiempo girar en sus talones!
empezar otra vez y
evitar la piedra de los sacrificios.
Alguien vino una noche,
tiró de las trenzas a la urbe
y le midió el cuello
con hachas de degüello…
No quisiera soltar el caballito
en la tarde giratoria
—las ferias de mi barrio sí fueron infantiles—.
Comenzar con ademán de pantalones cortos,
entrenar el camino,
saltar las barrancas de sangre
y encontrar el horizonte plenamente.
Desorbitados los sueños
—ojos que caen del llanto-
han roto a la ciudad sus párpados.
Ahora la noche se quiebra contra el muro,
las esquinas son quillas peregrinas
y el lastre de silencios
y de horas muertas
naufraga en las esperas,
pesa en las angustias.
Con los ojos sin párpados de sueño se viene la ciudad
casi de bruces.
Los trenes se le van con el futuro,
el hambre se parte como panes
y en su harina dolientes no hay descanso:
Todo gesto ha de volver a la semilla
Y entonces habrá paz,
Y esta triste ciudad
Encontrará sus párpados perdidos de ternura.

Selección de textos Roberto Cifuentes Escobar

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