En el año 2015, Sherry Turkle, socióloga y psicóloga estadounidense, profesora del Massachusetts Institute of Technology, escribió Reclaiming Conversation: The Power of Talk in a Digital Age, traducido por Taurus como En defensa de la conversación. El poder de la conversación en la era digital. Un libro con una intuición quizá simple, pero que llama la atención sobre las virtudes de la comunicación interpersonal y la necesidad de superar la crisis que afecta particularmente a los jóvenes de nuestra época.
El libro supera el ensayo apresurado mediante una investigación documental que evidencia cómo la tecnología empobrece las capacidades de crecimiento personal y condiciona las relaciones auténticas. Ya no es solo que las redes sociales nos priven, por el aislamiento que provocan, de una vida interior y de habilidades creativas, sino que limitan la empatía, volviéndonos insensibles al llamado de los otros.
Cuando Turkle escribió el texto estaban ausentes los modelos de inteligencia artificial que, por su capacidad de envolvernos a través de los chatbots con los que conversamos o consultamos como terapeutas, agregan soledad a vidas cada vez menos humanas, aunque contemporáneamente más inauténticas.
Así, según la intuición de otro de sus libros, seguimos alone together; esto es, experimentando la paradoja impuesta por arquitectos malvados con la finalidad de subyugarnos (alienarnos, diría Karl Marx) para sacar provecho de esa ingesta placentera que es el opio tecnológico. Todo ello porque hay una base biológica que lo permite, como también refiere la doctora en psicología de la personalidad.
La experiencia demuestra, en muchos, cierta pereza en materia de diálogo. Como si la prudencia del sabio que calla para evitar el yerro fuera el imperativo sensato de quienes abrazan el silencio. Y no, no es así. Se trata, más bien, de la combinación de la modorra, a veces con el miedo de compartir ideas o sentimientos que expondrían, para ellos, su vulnerabilidad.
Así, sugiere también Turkle, las personas prefieren la seguridad de un mensaje de texto que pueden, además, editar en busca de cierta garantía comunicativa. Es como si la conversación se situara en el horizonte de la gestión administrativa para asegurar la productividad, rebajando lo humano al plano gerencial.
Como no recuperemos la conversación, exponiendo con cada frase las necesidades íntimas y el amor que condiciona la voz, lo nuestro continuará siendo vínculos afectivos calculados, con esa mesura que priva a la ventura de lo pleno. Con tanta indigencia, resulta vergonzoso pedirle a la inteligencia artificial un poco de ternura, aunque reconozcamos la falsedad del algoritmo.







