0:00
0:00

Era un niño cuando, en plena Guerra Fría (1958) y estando en un punto crítico las relaciones ruso-estadounidenses, un americano ganó la competencia de piano mundial más importante (Concurso Internacional Chaikovski) en Moscú, interpretando un concierto de un compositor ruso, con una orquesta y un director rusos.

Van Cliburn hizo historia de otras maneras también. Fue el primer artista en vender más de un millón de copias de una grabación clásica y el primero en recibir una tarifa por concierto de 10 mil dólares. Admirado por intérpretes y público de todo el mundo –y merecedor, a la vez, del respeto de los políticos–, agitó las aguas de dos potencias. ¿Cómo fue posible esto?

El inicio de su actuar político no ocurrió en una mesa de negociación; ocurrió en un despacho del Kremlin. A sus 23 años, al ganar el Concurso Internacional Chaikovski, el jurado ruso estaba aterrorizado: un estadounidense había sido, por mucho, el mejor, pero premiarlo era un suicidio político en plena era del Sputnik y los misiles. Cuando el entonces máximo líder soviético, Nikita Jrushchov, fue consultado por el jurado sobre si podían darle el premio a un americano, Jrushchov preguntó: ¿Es el mejor? Al recibir un unánime ¡sí!, respondió: Entonces, ¡denle el premio! Ese acto forzó a la maquinaria de propaganda soviética a admitir la superioridad (o al menos la igualdad espiritual) del enemigo. Cliburn no atacó al comunismo; simplemente lo hizo irrelevante frente a la belleza de sus interpretaciones de compositores rusos.

Los analistas en relaciones internacionales y biógrafos coinciden en tres pilares que explican por qué un pianista de 23 años logró lo que los diplomáticos de carrera no pudieron.

En la política de guerra (como la actual y la de aquellos tiempos), la estrategia principal es la deshumanización del adversario. Es fácil apretar un botón nuclear si el otro es un monstruo ideológico. Cliburn rompió ese esquema. Los expertos señalan que su éxito radicó en su autenticidad: al ver a un joven texano hacerles llorar con la música de un ruso, el público soviético no vio al capitalismo, vio a un ser humano que amaba su cultura más que los propios políticos. Esto creó un puente emocional que ablandó los corazones.

La política es el lenguaje del conflicto y los intereses; el arte es lo que los expertos llaman un «tercer lenguaje». Cliburn tuvo éxito porque operaba en una frecuencia donde el poder político no tiene jurisdicción. Los líderes (Eisenhower, Kennedy, Jrushchov, Gorbachov; todos le escucharon) lo usaban como un facilitador de neutralidad. Realizó cinco visitas a la URSS con varias actuaciones, siendo recibido prácticamente como si fuera un jefe de Estado. En su presencia no se discutían misiles; se discutía la trascendencia. Su figura permitía a los líderes ceder o suavizarse sin parecer débiles ante sus propios halcones de guerra. Por eso, en varias ocasiones, se le usó como mediador en ambos bandos. Él no persiguió la política, pero la aceptó con responsabilidad.

Según expertos, el éxito de Cliburn se debió a que nunca usó su fama para el proselitismo, a lo que sumaba el respeto a la coexistencia, algo que suele ignorarse. Según quienes le conocieron, entendía la tradición americana y rusa mejor que muchos rusos y americanos; por consiguiente, cada nota que tocaba en Moscú o en Estados Unidos pesaba toneladas de diplomacia. Su impacto residía en que su excelencia técnica, validaba su mensaje ético.

¿Qué demostró el comportamiento de Cliburn? En mi opinión, que la política de más alto nivel no siempre es técnica legislativa; también es gestión de la percepción humana. Su éxito radicaba en no intentar convencer a nadie de un sistema económico, industrial o militar, sino en convencer a los bandos de la necesidad de respetar, de igual manera, al alma capaz de crear y a la de apreciar la belleza. Su sola presencia recordaba a los poderosos que la destrucción mutua era, ante todo, un pecado contra la cultura que ambos decían defender.

En estos momentos, sería ideal –a la par de necesario– el surgimiento de una figura capaz de esa misma resonancia; pero me surge la duda de su posibilidad, dado que la tecnología ha blindado demasiado los corazones de los líderes modernos. ¿No cree usted?

Artículo anteriorViva la clase trabajadora
Artículo siguienteComo terminan las guerras interminables