Podemos observar tanto en la historia como en la realidad actual que hay guerras que parecen eternas. Generaciones enteras nacen, viven y mueren bajo la sombra del conflicto, mientras los objetivos iniciales se desdibujan hasta convertirse en simples hábitos de hostilidad. Sin embargo, incluso las guerras más largas terminan. La pregunta no es si concluirán, sino cómo lo harán y qué clase de paz dejarán detrás.
La historia muestra que las guerras interminables rara vez terminan por una victoria absoluta. La mayoría concluye por agotamiento, colapso económico, transformación política o simple resignación de las partes. La paz suele llegar no cuando desaparece el odio, o se restablece la justicia, sino cuando continuar la guerra resulta más costoso que detenerla.
Por ejemplo, la llamada Guerra de los Cien Años, librada por Inglaterra y Francia entre 1337 y 1453, es un ejemplo clásico. Durante más de un siglo, ambos reinos alternaron victorias y derrotas. Ninguno pudo destruir completamente al otro. La guerra terminó finalmente porque Inglaterra perdió la capacidad política y financiera de sostener campañas permanentes en territorio francés. Francia, mientras tanto, logró consolidar un aparato estatal más fuerte y una identidad nacional emergente cuya campeona fue la “doncella de Orleans”, Juana de Arco. El conflicto no terminó por una verdadera reconciliación, sino porque una de las partes ya no podía seguir pagando el alto precio.
Algo similar ocurrió con la Guerra de los Treinta Años. Lo que comenzó como una disputa religiosa en el Sacro Imperio Romano Germánico se transformó en una devastación continental. Regiones enteras de Europa quedaron despobladas y economías completas colapsaron. La Paz de Westfalia de 1648 no resolvió las diferencias religiosas e ideológicas entre católicos y protestantes; simplemente estableció un nuevo equilibrio político basado en la soberanía de los monarcas y sus Estados. La lección fue clara: cuando ninguna fuerza puede imponerse definitivamente, los eternos enemigos terminan negociando reglas mínimas de coexistencia.
La Guerra de Corea, ya más cercana en el tiempo, ofrece otro ejemplo de conflicto inconcluso convertido en equilibrio permanente. Después de tres años de combates devastadores entre Corea del Norte, apoyada por China y la Unión Soviética, y Corea del Sur, respaldada por Estados Unidos y Naciones Unidas, el armisticio de 1953 no produjo un acuerdo de paz definitivo. Técnicamente, las dos Coreas siguen en guerra hasta hoy. Sin embargo, el conflicto terminó porque ninguna de las partes podía lograr una victoria decisiva sin arriesgar una escalada nuclear catastrófica. La frontera quedó prácticamente donde estaba al inicio de la guerra, pero el armisticio permitió la reconstrucción económica y política del Sur, mientras en el Norte se consolidó un régimen autoritario, altamente militarizado y políticamente aislado.
El conflicto de Vietnam, en cambio, terminó de manera distinta. Estados Unidos poseía una superioridad militar aplastante, pero no logró quebrar la voluntad política y nacionalista de Vietnam del Norte. Tras años de desgaste, protestas internas y enormes costos humanos y financieros de los Estados Unidos, Washington optó por retirarse mediante los Acuerdos de París de 1973. Dos años después, Saigón, la capital de Vietnam del Sur, cayó y el país fue reunificado bajo el régimen comunista del Norte. La lección de Vietnam fue decisiva para la política internacional contemporánea: una gran potencia puede dominar tecnológicamente el campo de batalla y aun así perder la guerra ideológica, política y psicológica.
En tiempos recientes, la Guerra de Afganistán mostró otra forma de final. Estados Unidos invadió Afganistán en 2001 con el objetivo de destruir a Al Qaeda y derribar al régimen talibán. Dos décadas después, Washington comprendió que podía ganar batallas militares sin lograr transformar estructuralmente al país. El acuerdo de Doha de 2020 y la retirada estadounidense en 2021 fueron, en esencia, el reconocimiento de un límite estratégico: una superpotencia podía ocupar Afganistán, pero no reconstruirlo según sus propios parámetros. Lo mismo había sucedido antes con la invasión soviética.
La consecuencia fue paradójica. La guerra en Afganistán terminó para Estados Unidos, pero no necesariamente para los afganos. Los talibanes regresaron al poder y el país entró en una nueva etapa de incertidumbre. Las guerras interminables muchas veces no concluyen con soluciones ideales, sino con equilibrios precarios y fatiga colectiva.
Ese patrón puede ayudar a entender el futuro de la Invasión rusa de Ucrania. Después de años de combate, el conflicto parece dirigirse hacia una guerra de desgaste. Rusia difícilmente podrá ocupar toda Ucrania, pero Ucrania tampoco parece capaz de recuperar fácilmente los territorios perdidos sin un involucramiento mucho mayor de sus aliados occidentales. En este contexto, el desenlace más probable no es una victoria de alguna de las partes, sino una congelación del conflicto: líneas de frentes de combate relativamente estables, negociaciones parciales y una paz incompleta parecida a la de Corea después de 1953. Eso no significa estabilidad definitiva. Muchas guerras terminan formalmente mientras las tensiones continúan durante décadas. Así Europa vivió largos periodos de “paz armada” antes de conseguir construir un verdadero orden posterior a 1945.
El caso de Irán es más complejo porque involucra varios conflictos simultáneos, por ejemplo, la rivalidad regional con Arabia Saudita y la feroz enemistad de Israel, las tensiones nucleares con el llamado “Occidente” y la red de milicias aliadas iranies en Medio Oriente. Así, una guerra abierta contra Irán está demostrando ser extremadamente costosa para todos los actores involucrados. Precisamente por eso, es posible que continúe predominando una forma de guerra en capítulos: ataques limitados, sabotajes, operaciones encubiertas y confrontaciones periféricas sin llegar a una invasión total.
Históricamente, las guerras más largas son aquellas donde ningún actor puede destruir completamente al otro y donde los costos de negociar la paz parecen políticamente peligrosos. Pero incluso esas guerras terminan cuando las sociedades pierden la voluntad de sacrificarse indefinidamente.
La verdadera enseñanza histórica es incómoda: las guerras interminables rara vez terminan por idealismo o justicia perfecta. Terminan cuando el cansancio vence a la ambición. A veces producen nuevas instituciones y órdenes políticos duraderos; otras veces dejan heridas abiertas durante generaciones. Pero siempre revelan un límite fundamental del poder humano: ninguna nación, por fuerte que sea, puede sostener eternamente el precio de la guerra.







