UNO. PANAMÁ. ¿Es Panamá parte de Centroamérica? A lo largo de la colonia española (300 años), la relevancia de Panamá era por las mismas razones que ahora: lugar de paso de un océano al otro. Desde el oro y plata peruanos hacia España como las mercaderías europeas hacia el sur del continente. Todo ello en lomos de mulas. No tuvo mucha importancia como lugar “para quedarse”. Era un territorio de selvas sofocantes, pantanales e infestado de mosquitos. En 1821, ya como entidad autónoma, se independizó de España, casualmente el mismo año que Centroamérica, dos meses después, pero por causas y canales diferentes. Y al igual que nosotros, lo primero que hicieron fue unirse al vecino grande; se anexó a la Gran Colombia, mucho por la admiración a Simón Bolívar (nuestra admiración era por Agustín de Iturbide). Cuando se disolvió la Gran Colombia (Ecuador, Venezuela y Colombia), Panamá decidió permanecer con Colombia, tanto como departamento de la República de Nueva Granada, o como estado federal de los “Estados Unidos de Colombia”. Pero en 1903 decidió “volver “ a independizarse (ya lo había hecho en 1840), en parte por la guerra civil colombiana y luego por las “presiones” de Estados Unidos que no querían obstáculos (Colombia se negaba a autorizar el canal) para la construcción y control del Canal de Panamá. El “big stick” de don Teodoro en su mejor expresión. En todo caso, Panamá es, obviamente, parte de Centroamérica y poco a poco se ha ido interconectando más con los restantes países. Qué bueno.
DOS. ESTADO DE LOS ALTOS Y ESTADO DEL ISTMO. En 1840, el mapa de la región nos hubiera mostrado dos estados muy “descriptivos” en ambos extremos: al norte estaba el “Estado de los Altos” (Xela, 2,440 metros sobre el nivel del mar) y al sur el “Estado del Istmo” (la zona más delgada del continente). Quetzaltenango y Panamá, respectivamente. Panamá se había separado de Colombia (primera separación) por la inestabilidad de la Guerra de los Supremos en los que los panameños no querían involucrarse. Ambos estados independientes tuvieron una efímera existencia, no duraron ni los dos años. Panamá se reintegró a Colombia (pero teniendo mayor autonomía) y Quezaltenango, sin mayores concesiones, se reintegró a Guatemala.
TRES. CHIAPAS. A los fogosos estudiantes de secundaria, allá por los años 60 se nos inculcaba que “nos habían robado”: el Reino Unido que se apropió de Belice (“Belice es nuestro, fuera invasor”, aplausos a Ydígoras Fuentes que cruzó Benque Viejo) y nuestro vecino México nos “arrebató” Chiapas. Nos espoleaban con esas afrentas históricas. ¿Era caso una forma de fomentar patriotismo? No lo creo. Ahora bien, lo de Chiapas no fue como nos lo dijeron; si no se hubiera anexado a México hoy día sería una república vecina, tendríamos a Honduras del lado derecho y a Chiapas del lado izquierdo. Chiapas era una provincia del Reino de Guatemala; fue pues parte de lo que sería la Federación, pero nunca fue territorio del Estado de Guatemala. Los chiapanecos decidieron libremente. El caso de Soconusco es aparte.
CUATRO. SOCONUSCO. El Soconusco es una región de suelos muy fértiles (volcánicos) que se comprende desde el río Ulapa hasta el Suchiate. Viene a ser la “costa sur” de Chiapas, su zona más productiva. En 1821, Tapachula, capital del territorio, declaró su independencia de España y del Reino de Guatemala. Se unió al imperio de Iturbide. En 1824, todo Chiapas se unió a México pero Soconusco no estuvo de acuerdo, se separó de Chiapas para unirse a Centroamérica. Pero, preocupados por lo convulsionado de la región, Soconusco se declaró “zona neutral”, por 18 años no perteneció ni a México ni a Centroamérica. En 1836 el general Santa Anna sufrió derrotas militares en el norte mexicano, y ese año perdieron Texas (“remember El Alamo”). Para desquitarse mandó tropas al sur a reclamar la formal incorporación del Soconusco al estado de Chiapas. En ese plebiscito las tropas de Santa Anna ayudaron a que la población reflexionara. Con todo, Guatemala mantuvo sus reclamos hasta que otro general, esta vez guatemalteco, renunciara formalmente a cualquier pretensión sobre Chiapas y sobre Soconusco. ¿Justo Rufino? El mismo que estaba preparando la invasión a Centroamérica.
CINCO. FRAY MATIAS DE CÓRDOBA. Todos los recordamos por su ingenios poema “La tentativa del león”. Nos dijeron que era autor guatemalteco. Sí y no. Nació en Tapachula y estudió en la Nueva Guatemala post-terremotos de 1773. También se distinguió como catedrático universitario. Con las turbulencia de las independencias regresó a su tierra natal y en agosto de 1821 fue un encendido promotor de la separación de Chiapas de Centroamérica.
SEIS. DEMOCRACIA. La palabra “democracia” no aparece escrita en ninguna parte del Acta de Independencia. ¿Democracia? ¿Y eso qué es? Para un pueblo colonizado por 300 años esos términos “no son computables”. Lo que más se acerca al concepto es la mención de “la voluntad general del pueblo de Guatemala”, así como la convocatoria a elegir diputados y representantes para un Congreso decisivo.
SIETE. LIBERTAD. Esta palabra tampoco aparece en la referida Acta. Las mentes de los ciudadanos comunes difícilmente lo absorberían; los intelectuales lo retorcerían. Mejor no escribirla.
OCHO. EL HERMANO PEDRO. Es obvio que el Santo Hermano Pedro no tuvo nada que ver con la Independencia. Nada, en forma directa, pero sí en forma indirecta e histórica. Veamos: Pedro de Betancur fundó la Casa de Belén, la Orden Betlemita, antes de morir en 1667. Esta organización se expandió, sorprendentemente, en toda la América Hispana. En la Antigua tenían un gran predio en la salida hacia Santa María de Jesús. Tras el traslado de la ciudad de Guatemala por los terremotos de 1773, se les asignó un gran terreno, de una manzana entre la once y doce calle, donde está, casualmente, el Instituto Belén. Los betlemitas tenían el carisma de acompañar a todas las personas, especialmente a los más necesitados. Unos hermanos activos, inquietos. Apoyaban al pueblo en sus reclamos contra las injusticias de la autoridad. En ese contexto muchos de sus miembros se identificaron con los movimientos de emancipación. De allí la “Conjura de Belén” de 1813, que se considera uno de los primeros intentos de rebeldía. El jefe político Bustamante los reprendió duramente. Varios frailes fueron condenados a la horca. Y, claro, en forma expresa se clausuró la Orden en 1820. La Orden estuvo inactiva por 164 años, hasta que resurgió en 1984, con el mismo carisma de su fundador.







