Si les preguntara a mis alumnos, para qué vienen a la universidad, seguro que me dirán para conseguir un mejor trabajo. Esta creo que sería la respuesta más frecuente. Pero hay muchas posibles respuestas. Aunque esta visión utilitarista es la que domina, aunque algunos dirán que la universidad es divertida: Hay muchas clases universitarias interesantes para elegir, muchas más que en secundaria. La universidad también ofrece la oportunidad de conocer nuevas personas de varios lugares con distintos orígenes y experiencias diferentes a la suya. Es importante conectarse, debatir y aprender de los demás, tanto en clase como en los eventos sociales.
Otra visión de porqué estudiar en la universidad podría ser ampliar la perspectiva. La universidad ayudará a expandir su conocimiento de varias formas, y mejorará su comprensión del mundo. Las oportunidades para experimentar la vida y el estudio en el extranjero, a través de los programas de estudio en el extranjero, expandirán sus horizontes y lo ayudarán a hacer nuevos amigos de todo el mundo. No fuera yo sin los bellos años que pasé en la Universidad de Panamá estudiando, ni yo sin el tiempo en la Universidad de Costa Rica con mi consejero, el doctor Ing. Rodolfo Herrera Jiménez, entonces decano de la Facultad de Ingeniería, ni los años en la Universidad Estatal de Michigan, ni el tiempo, años, en Washington con la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, AAAS.
De nuevo regresamos a una de las razones más importantes: Los graduados universitarios, por lo general, ganan más que las personas que tienen menos educación formal. Un salario más alto permite una vida digna, ahorrar para el futuro y ayudar a personas o causas que tengan necesidad.
Decía que mis alumnos van a la universidad, sobre todo, a mejorar su vida, a juzgar por nuestra propia encuesta: para prepararse, para formarse mejor. Roth, en The New York Times, les da la razón a medias: el trabajo importa, el community college importa, las artes liberales importan porque permiten tener flexibilidad laboral. Pero en Guatemala esa promesa se cobra en años de vida.
Los juristas de la primera Constitución democrática lo dijeron. A la Universidad Nacional le corresponde dirigir, organizar y desarrollar la educación superior del Estado, difundir la cultura, promover la investigación y cooperar al estudio y solución de los problemas nacionales. Esa definición sigue siendo pertinente. Lo que nunca se hizo fue obedecerla.
Educación superior no es sinónimo de universidad. Ese es el pecado original. Al confundir una cosa con la otra se inventó un monopolio de licenciaturas eternas y se dejó vacío lo que Roth sí nombra al inicio de su mapa: el colegio comunitario, el oficio corto, la formación técnica de uno, dos o tres años. En Estados Unidos esa vía existe y absorbe a una parte enorme del primer año. En Guatemala la arrogancia universitaria la despreció. Quedó la licenciatitis. Aunque existe un ejemplo de Community College en el Instituto Tecnológico Universitario Guatemala Sur, ITUGS, un instituto de educación superior de la Usac en Palín, Escuintla, del que fui director y hoy tomado, cooptado hasta los dientes por la ingrata corrupción.
La respuesta utilitarista de mis alumnos —vengo por un mejor trabajo— merece respeto. Un salario más alto no es pecado. El problema es que la universidad guatemalteca cobra esa promesa en tiempo, en materiales, en deserción. Se dice que la San Carlos es gratuita. No lo es. Hay programas, como Derecho, donde apenas cuatro de cada cien se gradúan en el plazo del currículo. En ingeniería el promedio se acerca a los nueve años. El filtro empieza antes: apenas el 10 por ciento de quienes salen de secundaria aprueba matemática; luego otro filtro de admisión sin validez psicométrica. De cada diez que entran, pocos salen a tiempo.
La función económica de la universidad no es vender la ilusión del sueldo. Es formar capacidades para una economía que no puede seguir exportando mano de obra barata y títulos vacíos: alimentos, agua, salud, energía, datos, oficios de alta exigencia. Un país con desnutrición crónica que multiplica títulos en nutrición como si el papel fuera vacuna, no está cumpliendo su función económica, menos su obligatoria función social. Está simulando.
Roth tiene razón en otra cosa que aquí se evade: la pasión sin práctica es pose, simulación, no sirve. Nuestras licenciaturas están llenas de teoría y vacías de oficio, de práctica. La cadena curricular —ciencias básicas, luego la disciplina, la práctica al final, si acaso— produce exactamente lo que él teme: jóvenes que creen haber dominado una tarea porque alguien les puso una nota. Inflación de notas, inflación de títulos, inflación de maestrías y doctorados patito. Si además llega la inteligencia artificial para que nadie se esfuerce, el simulacro será perfecto.
Por eso el anuncio de becas como política de Estado, sin rescatar primero a la Universidad Nacional, es una ironía, una ironía del presidente Arévalo y la silenciosa vicepresidente Herrera. Se financia el ingreso a una casa que no sostiene a quien entra. Se premia la matrícula y se abandona la permanencia, la graduación y la investigación. El Consejo Superior Universitario, capturado, no prioriza al estudiante. Prioriza el poder. Y mientras tanto se autorizan universidades-farsa: la Regional, la Juan José Arévalo de Mazariegos, hijas de la indiferencia pública y del Pacto de Corruptos.
La función política es la que Roth defiende con más fuerza y la que aquí está más herida. Practicar la libertad es lo contrario de tragar el programa de un Consejo o el libreto de un rector. Es aprender a no depender de la autoridad. Una universidad cooptada hace lo inverso: impone inmadurez.
Una universidad así no forma ciudadanos decentes en un mundo hostil. Forma silencio, miedo y clientela. Los estudiantes de la universidad pública han sido abandonados a su suerte. El oficio político de ir a la universidad es aprender a no tragar entero: ni el discurso del gobierno de turno, ni el de Silicon Valley, ni el del usurpador que compra acreditadoras de mala muerte mientras borra registros y castiga a quien habla.
Hasta aquí una breve descripción del fracaso universitario en sus funciones económicas y políticas. En la próxima entrega: la función cultural. Filosofía en un país que no lee, y la única respuesta que todavía vale la pena.







