Hay una retórica bien asentada desde el origen de los tiempos que consiste en afirmar la necesidad de la guerra. Frente a la costumbre histórica de tomar las armas para expropiar las tierras, reducir a la servidumbre o robar los recursos ajenos, se ha buscado un fundamento que explique esa voluntad convertida en praxis habitual en casi todas las culturas del mundo.
Para el caso, quizá uno de los primeros filósofos en explicar el conflicto como constitutivo de la realidad fue Heráclito. El misántropo, como al parecer era signo de su carácter, afirmó que la guerra era el padre de todas las cosas. Lo suyo era la intuición de que nada nuevo aparecía sin una suerte de violencia. Podría decirse que veía que la generación, la gestación o el nacimiento estaban acompañados por un dolor de suyo inevitable.
El mundo religioso heredó esa problemática e intentó asentar su propia explicación. Para el caso, Mani, el fundador del maniqueísmo, por el siglo III d. C., estableció la doctrina dualista según la cual la realidad se explica por el enfrentamiento entre dos principios fundamentales y antagónicos: la luz y las tinieblas; el bien y el mal; el espíritu y la materia. Esa perspectiva ilustraba la comprensión de que la estructura cósmica era fundamentalmente dual y, por ello, la vida misma es, en aquella moral religiosa, lucha sin cuartel contra la maldad.
Otros pensadores más contemporáneos han hecho lo suyo, como Teilhard de Chardin (1881-1955). El jesuita se refiere a una creación evolutiva inacabada, en la que aparecen inevitablemente el desorden, el sufrimiento, el fracaso y la muerte. El filósofo, sin embargo, entiende que este sufrimiento cobra sentido desde la idea de la orientación de la creación hacia su plenitud en Cristo.
No es mi intención hacer un compendio de autores en un texto breve de opinión. La idea consiste en explicar que, aun cuando la naturaleza sea de suyo conflictiva, ello no equivale a afirmar una especie de destino en el que la violencia aparezca como una necesidad. Esta perspectiva favorece una comprensión menos bárbara y más a la altura del significado real del valor de la persona y de la sociedad.
Una crítica opuesta al discurso abusivo, extendido por lo demás en nuestros tiempos, con ejemplos cotidianos ofrecidos por los políticos de todo signo, los dueños de las empresas, los líderes religiosos y hasta los padres de familia, ayudaría al establecimiento de un ecosistema propicio para el crecimiento y el desarrollo humano. Un espacio que cuida las palabras e impone el imperativo del respeto frente a un sujeto, si no sagrado, con dignidad por los atributos que le son propios.
Lo contrario es un sistema en el que rige la ley de la selva. La convicción de que solo es posible ser más ofendiendo y aplastando al débil. Abrazar la idea de que los demás son el infierno, como decía Sartre; un mundo en el que solo existen amos y esclavos, ganadores y perdedores, vencedores y vencidos. Y, claro, la bondad es solo para los impotentes, los flojos y los cobardes.
Superar la retórica violenta en un mundo cada vez con más posibilidades de destrucción no solo importa para efectos de convivencia. La cordialidad, la cultura del diálogo y la amistad son mucho más constructivas y de efectos más duraderos para el proyecto de la vida feliz. Un mundo signado por lo bélico podrá producir vencedores y vencidos, pero difícilmente seres humanos plenos. Quizá porque la violencia encierra, en el fondo, un profundo error de comprensión: creer que podemos vivir bien imponiéndonos sobre los demás, cuando nuestro anhelo más profundo solo puede realizarse junto a ellos.







