Karla Olascoaga
Escritora

Sintió como se rasgaba algo en su pecho. Era una especie de zarpazo profundo, lento, acompañado de un dolor intermitente. Cada palabra iba lacerándola. Los ojos llenos de rabia de su pareja, llenos de ira y de odio se quedaron flotando en la atmósfera de sus pensamientos sin fin. Se quedaron grabados para siempre como esa última imagen a la que no se puede renunciar. Bajó la mirada para no ser descubierta y balbuceó algo sin sentido. No pudo despegar los ojos del piso y caminó despacio como si cada paso le pesara en el alma. El pasillo le pareció larguísimo.
Se detuvo frente al baño y entró cerrando la puerta con seguro. Adentro se sintió confundida. La enfermedad larga que tenía la volvió vulnerable a todo y a todos. Sólo que el resto de “todos”, nunca le importó mayor cosa. El piso blanco del baño estaba limpio. Recordó que el pleito había sido provocado por la limpieza de la casa: un estúpido tema insignificante, como todo lo que puede desatar hasta una guerra. Lo contenido estalla en cualquier momento, pensó.
Hacía tres días que no llegaba agua al suburbio polvoso y clasemediero venido a menos donde vivía. Así empezó el año: seco.
Se sentó al borde de la ducha en el murito estrecho que tenía ínfulas de bañera, pero que no lo era. Era sólo un remedo disminuido, atemporal y remendado. Abrió la llave y sintió odio hacia esa casona vieja llena de polvo y hormigas. Odió la ciudad y de paso lo odió a él. En algún punto se odió a sí misma por haber entregado su poder y su autonomía en nombre del amor. En ese mismo instante la piel rasgada de su alma le ardió tanto o más que su cara, que no mejoraba con el paso de los días: su cara herida, quemada, sitiada y vulnerable como ella…
Entró a la ducha y se bañó con una prisa impostada, se mal lavó el pelo apurada mientras pensaba -otra vez- en la falta de agua. Cerró la llave, franqueó el muro infuloso y jaló la toalla. Su pelo mojado y ensortijado quedó libre por encima de su nuca pues volvió a bajar la vista como si se estuviera poniendo una toalla al estilo árabe sobre su pelo largo que alguna vez fue abundante. Y allí se quedó un largo rato: sentada en el murito de los lamentos y mirando las baldosas níveas del piso que él había trapeado molesto: estaba limpio. Ahora resultaba que él quería verlo así desde que se quedaron sin empleada días antes de Navidad, cuando aceptó a regañadientes la propuesta de ella de hacerse cargo de la limpieza tres veces por semana, así como también aceptó pagarle ese salario. Esto último a ella le había parecido fabuloso; hasta se sentía un poquitín feminista por el logro. Pero la felicidad duró poco, al parecer.
Ella a lo largo de los años siempre había sospechado de una velada competencia que venía de él hacia ella. Él obviamente lo negaba, como negaba sus incomodidades, enojos o el noventa y nueve por ciento de cosas que ella comentaba.
Y así, permaneció viendo su pelo mojado latiendo delante de sus ojos. Goteaban lágrimas, goteaba agua y mocos. Por primera vez en su vida no se limpió la cara ni le importó el montón de líquidos acuosos o no, densos o no que destilaban de su cuerpo. Las lágrimas tan saladas le quemaban. No era el dolor por los gritos ni la mirada despiadada de su marido, era el dolor lacerante del amor que amenaza acabarse. Como cuando descubres que todo se acaba o lo acabamos a punta de reproches, ingratitudes, resentimientos o frustraciones.
Él tocó a la puerta y dijo algo inentendible. Ella no contestó y sintió que estaba cerrándole la puerta de su vida. Sólo que esta vez no habría retorno. Pensó que estaba harta de vivir, pensó en lo mucho que había recorrido, buscado, escrito y soñado; en lo mucho que había caminado, hablado, oído, callado, olvidado, aprendido y desaprendido; en todo lo que había odiado, amado, sufrido, reído, sobrellevado, soportado, fingido, sentido, pretendido, deseado, creado, destruido, defendido, denunciado, avanzado, retrocedido. . . y sintió que ya era suficiente.
Tocó sus dedos largos, delgados, de artista. Tocó sus muñecas huesudas. Pensó en su hijo: su mejor obra. Lo vio adulto. Lo percibió hombre. Concluyó que no la necesitaba ya más. Pensó y no pensó en nada. El torrente de lágrimas no cedía, no paraba. Y se rindió por vez primera en tantos años. No pudo levantar la mirada del piso blanco, níveo… de losetas en oferta. Sintió la cara más hinchada que nunca, los párpados gordos, el calor latente, el color rojizo acentuado. La fuerza, la fuerza -se repitió en un pensamiento tipo último reducto- ¿cuál fuerza?, se dijo, si ella era frágil. ¿La fuerza que había venido fingiendo durante más de tres décadas? … Y se rindió.
Volvieron a tocar la puerta. Ella ya no escuchaba. Se quitó la toalla suave -regalo de su amiga argentina que también había entregado su tiempo y su vida tontamente en nombre del amor- y su cuerpo desnudo le pareció menudo, frágil -como ella- Le pareció un cuerpo cobarde. Alcanzó a ver sus piernas, sus raíces torneadas que la afincaron con fuerza a la tierra, siempre.
Volvieron a llamar a la puerta. Y ella lentamente tomó la navaja de afeitarse y la presionó sobre esos caminitos morado verdosos de sus muñecas que nunca le gustaron. Sintió la sangre calientita surcando sus dedos largos, delgados, de artista. Vio cómo se teñía de rojo el piso blanco, níveo, de oferta.
El último instante fue para su madre, para agradecerle esa vida que ahora dejaba escapar, libre al fin de ataduras y pendejadas, sin culpas, pesos ni remordimientos.

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