Por Andy Campbell

Pirata: personaje cuya finalidad es trabajar, hacer dinero y vender los bienes de los demás. Un pirata es un parásito cuya brújula moral varía salvajemente; algunos son heroicos, la mayoría son solo simples mercaderes. Junto con los delincuentes, los jóvenes, los criminales y los pandilleros, los piratas son «anti-ciudadanos de un orden social neoliberal.» [1]

En el mercado El Amate se encuentran los dividís piratas; en su mayoría películas norteamericanas y europeas, pero algunas guatemaltecas también. Piratear obras de arte es desafiar las lógicas de autor tradicionales, significa trasladarlas a un territorio en disputa.

El día del performance Divisor Pirata de Pia Camil, yo y otras personas que habíamos sido invitadas a través de feisbuc, nos juntamos en el parque Concordia, en el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala. Nos paramos alrededor de un bulto púrpura envuelto en una tela verde como un tamal gigante. El performance de Camil pretendía piratear la obra Divisor (1968) de Lygia Papes, remplazando la gran sábana blanca que usó Pape, por un patchwork de camisetas púrpura, rojas y azules compradas por Camil en un mercado de Iztapalapa, en México, pero que hubieran podido venir de cualquiera de las pacas que abundan en la Ciudad de Guatemala. El performance Divisor de Pape ha sido presentado anteriormente, en Madrid en 2011 y en Hong Kong en 2013, siempre con el permiso de los herederos de Pape. Pero un pirata no pide permiso.

Mientras estábamos esperando, todos nos pusimos a platicar. La convivencia que se generó sólo fue interrumpida por unos extraños cohetes lanzados por un grupo de adolescentes en medio del parque. Mientras que Camil, Jessica Kairé y Stefan Benchoam (los dos últimos son artistas y co-fundadores del NuMu, institución que produjo el proyecto) desempacaban el bulto y desplegaban la tela rectangular hecha de camisetas cosidas entre ellas, el equipo de documentación entró en acción. Un dron empezó a filmar desde arriba el rectángulo púrpura desplegándose en el suelo, luego Camil y Kairé empezaron a situar a los participantes dentro del «decorado» del performance; una persona, luego dos, luego cuatro, luego diez. Rápidamente, más gente – que ese día no tenía pensado participar en un performance de Camil – se unió al grupo. Unos niños, un hombre, una pareja. A diferencia del performance de Pape, donde cada persona sacaba su cabeza de una enorme tela blanca nada articulada, aquí, los participantes lucían la marca y el diseño de la camiseta en la que estaban metidos. «I’m Not Crazy… I’m Just Grumpy» (No Estoy Loco… solo soy Gruñón) se leía en una camiseta con un personaje de Disney, otro prometía «We R just like you» (Somos como tú). El mío tenía una cordillera rosada con el texto: «Colorado, Denver.» -Nunca he estado ahí-.

Luego algo increíble sucedió: a mi derecha, una vendedora ambulante, con su carrito lleno de chucherías y golosinas se dejó convencer y se unió a nosotros. Fue una de las muchas personas que conocí durante mi breve estadía en Guatemala, cuya vida está íntimamente ligada a la economía informal – la movilidad de su carrito le permite acercarse a donde está la clientela. No sé si Camil lo supo o no, pero cuando esa persona pasó al frente de esta nueva comunidad púrpura, en el momento en que Divisor Pirata se preparaba para salir del parque y empezar a caminar por la concurrida avenida peatonal conocida como La Sexta, se estaba rearticulando y redefiniendo la violencia que acababa de ocurrir unas semanas atrás cuando, en un esfuerzo por limpiar las calles durante la época navideña, los vendedores ambulantes fueron expulsados y amenazados si trataban de regresar a sus zonas de venta. Al llegar a la orilla del Parque Concordia, la vendedora rápidamente se salió del performance pues conocía muy bien las fronteras que limitaban su movimiento. Al parecer, no había sido convencida por la capacidad de protección que ofrece a veces el capital cultural del arte contemporáneo.

Unas cuadras después, un payaso tomó el relevo. Se sintió como un puñal en el corazón porque la ausencia de la vendedora ambulante, estoica pero decidida, de repente fue remplazada por el parloteo constante de un payaso gritón. No era culpa del payaso: él era chistoso y jovial – como todo buen payaso – burlándose de nosotros por lo ridículo que nos veíamos, parodiando nuestros llamados a los peatones para que se unieran a nosotros. Pero tampoco se quedó mucho con nosotros, pues no podía dejar desatendido su puesto en la Sexta. Después de todo, la risa también es un negocio,

Después de eso, una madre y su hijo en silla de ruedas se unieron a Divisor Pirata. Al igual que la vendedora de chucherías, esta participante también iba empujando un carrito. Como ella, tenía sus limitaciones para participar. Unos participantes le ofrecieron darle un espacio a su hijo bajo una de las camisetas púrpuras… pero ella no quiso, pues empujar una silla de ruedas en esas condiciones no sería tan fácil. Durante seis cuadras del recorrido hacia el Parque Central, ella le iba contando lo que pasaba, lo qué hacían los demás participantes del performance y le explicaba por qué a veces nos deteníamos. Durante una de esas paradas, el hijo se volteó para mirarla y le sonrió. Luego me miró a mí, yo le sonreí, diciéndole «¡Buenas!» y él me contestó con una enorme sonrisa. Antes de que llegáramos a nuestro destino, ellos también se habían ido.

Después de unas cuadras metidos dentro de esa ameba pirata que se expandía y se encogía, que saltaba y le gritaba a la gente que se uniera, llegamos al Parque Central. Salimos del patchwork en silencio, lentamente. Camil, Kairé y Benchoam lo doblaron y lo empacaron de vuelta en la tela verde.

Algunas personas se fueron.

Al final del performance nos quedamos parados en medio de esa obscena escena comercial: decenas de quioscos navideños estrictamente vigilados. Todo el bienestar que había provocado el performance pirata de Camil estaba mutando y se alejaba sutilmente. Pensé en los finales, en la manera en que todo el performance se había llenado de finales y de pérdidas, provocados por la economía y la movilidad. Los espacios a los que algunos no tienen permiso de entrar, por ejemplo, o qué tanto alguien puede alejarse de su negocio, o cuantas veces una acera tiene que ser recorrida por una silla de ruedas antes de que todo se vuelva cansancio. Ellos no escogieron irse.

Luego retomamos nuestros caminos, ya no como piratas, sino como mercenarios de la memoria.

*Somos piratas fue publicado originalmente en www.piedrin.com

[1] Thomas, Kedron, Kevin Lewis O’Neill, and Thomas Offit, «An Introduction,» in Securing the City: Neoliberalism, Space, and Insecurity in Postwar Guatemala (Durham and London: Duke University Press, 2011): 14.

Sobre «Divisor Pirata» de Pia Camil

Divisor pirata es una adaptación de Divisor (1968), obra icónica de la artista brasileña Lygia Pape, que consiste en extender una enorme pieza de tela blanca con múltiples perforaciones en el espacio, a través de las cuales los participantes atraviesan sus cabezas, mientras sus cuerpos permanecen cubiertos debajo de ella.

En Divisor pirata, Camil busca repetir esta dinámica con la gran diferencia que la tela blanca es reemplazada por una colección de camisetas de «paca» o ropa de segunda mano. La mayoría de esta ropa fue hecha originalmente en México para venderse en Estados Unidos y luego devuelta a México para ser vendida en mercados de segunda mano. La ropa adquirida ha sido teñida por Camil con el color característico de los Tianguis, o bazares, en México. Los slogans, logos y símbolos que se leen en las camisetas proveen otro tejido, a nivel conceptual, ya que son representativos de los ideales promovidos por la cultura «Americana». ¿Qué significa cuando los vestimos individualmente y en grupo? ¿Qué sucede cuando el mensaje se ve desplazado a otros contextos y clases sociales?

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