Gustavo Normanns

Antropólogo social y sociolingüística, licenciado en letras

La revisión textual y la edición ofrecen muchas veces retos y desafíos lingüísticos y culturales que solo pueden ser recompensados con una silenciosa y detenida lectura de los múltiples sentidos de la palabra con los que autoras y autores nos comparten las líneas de sus pensamientos. Cualesquiera sean sus motivos, la lecto–escritura es siempre una realización humana que abre puertas a otros mundos, reales o imaginarios, empíreos o apocalípticos, ubérrimos o exiguos; donde la imaginación creadora es siempre la mejor compañera para adentrarse en los infinitos laberintos del significado.

La tentativa de incursionar en un texto no siempre es entonces tan bien recompensada, como cuando se adentra en la delicada estructura de una inventiva amiga. Tal fue mi acercamiento a la obra de Karla Olascoaga con quien me unen una amistad sin límites ni condiciones; muchas charlas en torno a una taza de café; comunes experiencias poéticas en diversos espacios; y, sobre todo, el profundo respeto y cariño, vinculados por el arte, la cultura; y la convicción de que la humanidad es una construcción cotidiana. Las primeras albricias de esta experiencia peculiar fue la propuesta de Karla de editar su obra Relatos vinculados.

Hoy esa noticia me provoca nostalgia, pues mi sorpresa se vio acompañada por una casi infantil y tierna alegría de mi hoy difunta madre. Ella me ayudó en esta trayectoria con sus comentarios y su peculiar genética; toda vez que su ADN literario lo estructuraban cadenas de códigos semánticos y semióticos, núcleo y fuente de toda una riqueza retórica y narrativa que gira en torno a un certero enunciado: «revolución es cultura, pues cultura es revolución, o no es nada». Enfrentarme a la líquida poesía de cada relato de Karla, supuso entonces dialogar también continuamente con la herencia maternal y femenina. Y me transporté, casi cuánticamente, a muchos universos, sin que hubiese superposición ni subordinación de lo personal, lo profesional, lo político-ideológico o lo literario propiamente.

La palabra, cual insustituible carta náutica para ir de un universo a otro, confronta el sentido de realidad, con la imagen instantánea que evoca el uso cotidiano de la lengua y los distintos lenguajes de los lugares, las personas y las cosas. Así, de forma casi imperceptible, mientras leo, siento la brisa marina frente a Miraflores. Por una vereda acuática de incontables adjetivos me adentro a celebrar mi encuentro con Lima en un relato. Con esa misma fluidez, un cúmulo de notables sustantivos me aproximan a los diversos rostros de una ciudad tan parecida y tan distinta de si misma, a los tiempos y espacios que cada quien elige ahí, para vivir desde sus propias emociones, como lo hace Karla. Me doy cuenta entonces que ni Lima ni Karla son ahora las mismas del relato, pues el espacio-tiempo se ha elongado y cimbreado surrealistamente, cual pintura de Dalí, en otros lugares y momentos: la Habana, Managua, Guatemala.

El parecido arquitectónico colonial que une a Lima con Guatemala, la Habana y alguna ciudad de Nicaragua es solo aparente. Pero el manantial del relato que efluye de Karla, con pedacitos de todos los lugares citados, es mucho más extenso que la simple adición de espacios y tiempos. Aquí cobro conciencia del lugar privilegiado de la incertidumbre en el vínculo entre relatos y del verbo, más allá de sus funciones sintácticas. En la vida, cada acción o su elisión supera con creces cualquier definición de práctica humana. Un torbellino de dudas se abrió paso ante la selección y el orden de las palabras hechos por la autora; hasta darme cuenta que navegaba en su propio imaginario; guiado, como por hilo de Ariadna, hasta el sentido de las experiencias narradas, al punto de presenciarlas en la imaginación. Me anticipo y vuelvo al lugar donde hubo tanto lugares como personas y eventos vividos y conocidos, o no.

Salto del incómodo sofá, mientras mi madre me mira contenta y repone, con la determinada parquedad de una sonrisa y unos ojos grises que con la alegría se tornan casi violeta: Te traen recuerdos esos relatos, ¿Verdad?. Advierto que su observación, también nostálgica, comparte algo que ella misma siempre amó: el cuidado por el magisterio de la palabra, apropiadamente utilizada, por la persona, el momento, el lugar y la circunstancia justos. Le comento algunos pasajes del texto y desato la incisiva mirada femenina, pero acertada, que concuerda en mucho con las líneas que edito.

Termino de comprender cómo he sido llevado, sin advertirlo, a los distintos mundos y universos interpretativos que puede desatar, en lo personal, un mismo relato; incluso más allá de lo personal o colectivo. ¡Es un poema narrativo!, pienso. De ahí que su potencial lírico emerge de distinta manera en quien lo lee, independientemente de su posición respecto a los hechos mismos. O bien, como fue mi caso, pareciera estar pensando lo mismo que la autora, casi recorriendo una erupción de lo real-imaginario entre Miraflores, su Costa Verde y los recuerdos infanto-juveniles; la experiencia política vivida, el malecón habanero, las montañas de Nicaragua; los ruidos y silencios de las calles de Guatemala, o los peculiares personajes que habitan y «deshabitan» Panajachel; los conflictos que nunca se resuelven o se «transforman», pero se enfrentan; porque la vida es conflictiva, o no es vida.

Podría seguir describiendo o pintando muchos retratos imaginarios o reales; pues en la lectura y relectura de cada relato de Karla seguiré encontrando laberintos por los cuales poderse escapar, o quizás ingresar a un nuevo relato. Ahí habrá siempre una oportunidad de discutir su propia verdad, como una bienvenida al portal de lo real vivido mágicamente, o lo imaginado vivido realmente.

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