René Arturo Villegas Lara

Los armarios de cada estudiante interno tenían un espacio para colocar los cuadernos y demás utensilios escolares, así como los libros de texto, y las novelas que había que leer en la clase de literatura. Isaías Espinoza se distinguía en la promoción por ser un lector compulsivo. En cualquier hora libre que se tenía, uno lo podía encontrar en la biblioteca de la Escuela devorando con la vista cualquier libro de psicología que la Vieja Menéndez tuviera en los anaqueles. Entre sus libros del armario, que era su biblioteca personal, estaba la colección que regalaba la editorial Pineda Ibarra; pero, había uno de tamaño mayor que había adquirido en la librería Iberia, propiedad de un gachupín republicano que se especializó en vender libros viejos y usados que los estudiantes de bolsas rotas le vendían por reducido precio, que él duplicaba al momento de revenderlos.

En una de sus salidas al centro de la ciudad, Isaías adquirió por 60 centavos un libro titulado “Cartas de Amor” de la Editorial Sopena. Nunca supimos el nombre del autor, porque no tenía la pasta original y le quitaron la hoja de la portada interior en donde, seguramente, constaba el nombre del primer propietario, suponiendo que éste se la arrancó para que no se supiera de sus apreturas económicas. Isaías, con vocación de usurero desde sus años de interno adolescente, prestaba dinero a premio a los demás estudiantes y con la compra de ese libro intrascendente, encontró otra forma de ganarse sus centavos, pues quien quisiera mandarle una carta tierna y apasionada al desvelo de sus sueños que había quedado en el pueblo lejano o estaba enclaustrada en un internado de la capital o de La Antigua; así que los romeos enamorados recurrían al libro de Isaías y copiaban ávidos de expectativas la carta que despertara los mejores sentimientos de su Julieta y diera en el clavo; digo, en su adolescente corazón.

Los libros tienes sus lados y lo importante es encontrarlos. Víctor Hugo era uno de los más asiduos lectores del libro viejo, pues estaba enamorado de una sanjuanera llamada amparo, que estudiaba en la Escuelas de Artes y Oficios. Víctor Hugo era de esas personas que llaman románticas y su mayor afición era pintar dibujos con acuarela; y aunque no tenía un timbre de voz privilegiado, le gustaba cantar boleros de Los Panchos, del trío Los Murciélagos o de Hugo Leonel Vacaro, que era el cantante de moda en el recién inaugurado Canal 5, con televisores en blanco y negro. Víctor Hugo no solo buscaba cada vez la carta más sentida del libro de Isaías, sino que agregaba la letra de un bolero de moda: Al partir, No Me Quieras Tanto, Te seguiré, Amorcito Corazón…y hasta escribía el silbido de Pedro Infante.

Una mañana de septiembre, aprovechando que dejó de llover por la mañana, se fue a un lugar solitario que quedaba por el campo de fútbol, en la vecindad del zoológico La Aurora, que los estudiantes llamaban La Isla y que sólo les servía para ir a fumar o para escribir la carta de la semana, en donde era más que indispensable utilizar el libro viejo de Isaías, pues en el ambiente no era propicio para inspirarse por el fuerte olor a amoníaco que despedían los meados de los leones. Esa mañana, alquiló el libro, pagó la renta al contado y se fue, solo con su soledad, a escribir la misiva que estaba en la página 149, pues en la página 150 estaba la última y en la siguiente tenía el índice. Esa vez la acompañó del bolero Sin Ti. A la semana siguiente, recibió la contestación; pero en lugar de la respuesta, Amparo, no contestó nada; solo copio la estrofa de un bolero mexicano que dice: “la gente dice que tú y yo/ aún estamos tiernos para amar”. Víctor Hugo, que aun no había llevado el libro viejo al usurero propietario, lo tomó y se fue al cuarto dormitorio a devolvérselo a Isaías tirándoselo en la cama y con una contestación bien pensada:

-¿Te dio resultado? Le pregunto Isaías.

-Ni mierda- le contestó Víctor Hugo.

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