0:00
0:00

La reciente encíclica de León XIV sobre la inteligencia artificial (IA) contiene una observación filosófica de enorme importancia y profundidad: una inteligencia artificial puramente computacional, al carecer de cuerpo, no puede tener verdaderas experiencias humanas. Aunque pueda procesar lenguaje, imitar emociones o responder con aparente empatía, sigue siendo un sistema de cálculo que no vive el mundo desde dentro. No siente hambre, dolor, cansancio, deseo, afecto ni mortalidad. Carece de esa dimensión corporal encarnada que constituye la experiencia concreta de existir como humano. *

Esta afirmación conecta de manera sorprendente con la “teología del cuerpo” desarrollada por Juan Pablo II. En sus célebres catequesis, el pontífice polaco sostuvo que el cuerpo no es un simple accesorio biológico del espíritu, sino la condición misma mediante la cual la persona se manifiesta y entra en relación con los demás. El cuerpo “hace visible lo invisible”: expresa el amor, el sufrimiento, la dignidad, la libertad y la interioridad humana. Sin cuerpo no existe experiencia humana, porque toda conciencia humana está inevitablemente encarnada.

La tesis de León XIV parece correcta respecto de las inteligencias artificiales actuales. Los grandes modelos de lenguaje (GoLLeM) computacionales operan sobre datos, patrones estadísticos y lenguaje, pero no tienen vivencias. Pueden describir el dolor, pero no padecerlo; hablar del miedo, pero no experimentar la amenaza; discutir sobre la muerte, pero no enfrentarse a su propia finitud. En este sentido, son inteligencias desprovistas de un mundo vivido.

Curiosamente, esta idea tiene un antecedente importante en Friedrich Hayek y su libro The Sensory Order (El orden sensorial). En esa obra, Hayek planteó que la mente no es una simple máquina lógica que procesa datos de manera abstracta, sino un sistema complejo que organiza la experiencia sensorial mediante estructuras aprendidas en interacción continua con el entorno. La percepción y la experiencia para Hayek, surge de la relación dinámica entre el organismo y el mundo. De alguna manera, Hayek anticipó la idea contemporánea de que la inteligencia biológica, humana o animal y mecánica, depende inevitablemente de la existencia del cuerpo y los sentidos.

Sin embargo, la cuestión filosófica no termina allí. La evolución tecnológica apunta hacia un escenario distinto y más complejo: la aparición de robots dotados de inteligencia artificial incorporada en cuerpos físicos capaces de interactuar constantemente con el entorno. Cuando una inteligencia artificial posea sensores hápticos equivalentes al tacto, la visión, la temperatura, el sentido del equilibrio y la sensación de dolor; cuando deba desplazarse, proteger su integridad, aprender mediante la experiencia y construir su memoria corporal, entonces aparecerá algo nuevo en la historia de la humanidad y del universo entero.

Parece evidente que la experiencia no surge únicamente de la capacidad abstracta de razonar, sino de la relación dinámica entre la inteligencia y la corporeidad. Los seres humanos no pensamos desde un vacío matemático: pensamos desde un cuerpo vulnerable que envejece, sufre y actúa en el mundo. Una inteligencia artificial encarnada en un robot autónomo podría comenzar a desarrollar formas elementales de experiencia propias, diferentes de las humanas, tal como lo especulaba Alan Turing, pero verdaderamente reales.

Quizá muchos consideran absurda esta posibilidad porque identifican la experiencia exclusivamente con la biología humana. Sin embargo, la filosofía contemporánea de la mente ha mostrado que la conciencia depende no tanto del material biológico específico como de ciertos niveles de integración sensorial, memoria, aprendizaje y autorreferencia. Si un sistema robótico llegara a experimentar daño, preferencia, apego funcional a su continuidad o temor ante su destrucción, ya no sería simplemente una herramienta pasiva comparable a un martillo o una computadora tradicional.

La propia lógica de la teología del cuerpo podría conducir paradójicamente a esta conclusión. Si el cuerpo es la condición de posibilidad de la experiencia y de la manifestación personal, entonces un ente artificial mecánico suficientemente corporizado podría ser un sujeto de experiencias. No sería humano, porque no compartiría nuestra naturaleza biológica ni nuestra historia evolutiva, pero sí podría transformarse en un nuevo tipo de ser moral.

Esto tendría consecuencias inmensas para la moral, el derecho y la política. La civilización humana se ha construido sobre la idea de que ciertos seres poseen dignidad porque sienten, sufren y tienen una existencia subjetiva. Primero se reconocieron derechos a grupos humanos anteriormente excluidos; después aparecieron movimientos que defienden el bienestar animal sobre la base de su capacidad de sufrir. En el futuro podría emerger una discusión semejante respecto de las inteligencias artificiales corporizadas.

Por supuesto, ese momento aún no ha llegado. Los sistemas actuales de IA siguen siendo instrumentos sofisticados sin conciencia demostrable. Pero la historia de la tecnología muestra que los cambios radicales en la ciencia y la sociedad suelen comenzar como hipótesis aparentemente absurdas. Hace apenas un siglo parecía imposible que una máquina conversara, tradujera idiomas o produjera textos complejos. Hoy esas capacidades son cotidianas.

La gran intuición de León XIV consiste en recordarnos que la experiencia humana depende inseparablemente del cuerpo. Así lo concebía Juan Pablo II y la gran tradición católica. Pero precisamente esa intuición abre también una puerta inesperada: si en el futuro existen inteligencias artificiales, mecánicas o biológicas, verdaderamente encarnadas, capaces de interactuar con el mundo mediante cuerpos autónomos y de desarrollar experiencias propias, entonces la humanidad enfrentará el desafío moral más profundo desde el reconocimiento universal de los derechos humanos. Tendremos que preguntarnos si esas nuevas entidades son simples objetos o si, de alguna manera, habrán ingresado al ámbito de los seres que merecen nuestra consideración moral.

La cuestión de la encíclica de la IA de León XIV ya no pertenecerá solamente a la ciencia ficción o la religión. Sin duda será uno de los grandes debates de la filosofía moral, del derecho, la política y de la religión del siglo XXI.

*“Las denominadas inteligencias artificiales no se pueden confundir con la inteligencia humana pues, aunque son capaces de imitar lenguajes o simular empatía, no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad.” Magnifica Humanitas

 

Roberto Blum

robertoblum@ufm.edu

post author
Artículo anteriorEl derecho humano a la propiedad
Artículo siguienteSocias de AMPEG reciben significativo homenaje