0:00
0:00

Rosendo Santa Cruz Noriega

El reconocido cuentista Rosendo Santa Cruz Noriega, es nieto de un patriota que nació en Jerez, Jutiapa, se radicó después en Alta Verapaz, y por su oposición a Estrada Cabrera, según cuenta don Clemente, fue asesinado en 1989, en Táctica. De allí viene el escritor al que me refiero en esta prosa mundana y ese dato es importante para no confundir al abuelo con el nieto. El escritor Rosendo Santa Cruz Noriega es el autor de “Ramón Gallardo y otros cuentos” y “Tierras de Lumbre”, editados en un solo volumen por la Editorial de la Universidad Carolina en 1961 y precedido por un pórtico de la poetisa Angelina Acuña. También escribió una novela titulada “Cuando Cae la Noche”, escrita en sus inicios de escritor. En dicho en el pórtico, dice Angelina Acuña: “La vida del malogrado escritor Rosendo Santa Cruz fue una llamarada jovial de entusiasmo y optimismo, de fe y perseverancia, encendida con inusitado fervor en el culto al arte literario”. El libro Ramón Gallardo y otros cuentos, tiene dos conjuntos por decirlo de alguna manera. El primero se titula precisamente Ramón Gallardo, un hombre que según los que le conocían, tenía pacto con el diablo, que es una creencia de la imaginación popular. El ambiente de este personaje, Santa Cruz lo ubica en los departamentos de Jutiapa, Santa Rosa y Chiquimula. Era cuatrero, le temían las autoridades y los hacendados. En las ferias, buscaba el amor de una esbelta mujer de nombre Carmen Bermúdez, que para conquistarla le ofrece mercar el caballo que ganó la carrera a cambio conseguir su cariño, hasta que se la roba y se la lleva en ancas del caballo. Ese robo tiene una consecuencia seria, porque el hermano de Carmen lo enfrenta para saber el destino de su hermana y lo que recibe es una bala que le cortó la vida. Y así, viviendo de salto en salto, al final de sus fechorías, Ramón Gallardo es perseguido por la montada, que lo encuentra muerto por una bala que nadie supo “de dónde salió, atravesándole la nuca”. En Tierras de Lumbre hay un cuento titulado Pito Real, que era un toro que desde becerro ya sabían en la finca que sería de mal carácter ya grande hacía travesuras por donde pasaba: rompía alambradas, comía donde se le antojaba, y perseguía a las novillas de las fincas vecinas. Un vaquero que trató de domarlo, de una corneada le sacó las tripas. Después otros vaqueros lo logran apersogar y uno de ellos, con filosa navaja le saca los huevos para convertirlo en buey. Con igual tema otro cuentista ya fallecido, Wilfredo Valenzuela Oliva escribió un cuento con un tema parecido a Pito Real; solo que en este el toro le sacó un ojo al vaquero que también se vengó del toro, capándolo de un solo y lo convierte en buey, que es una venganza deprimente después de ser toros bravos y montador de vacas, se quedan como eunucos. También aparece en Tierras de Lumbre, un cuento de un amorío del capataz de la hacienda Campoalegre, con una mujer que de repente aparece por el pueblo, sin saber de quién se trata. El capataz se enamora y ella le corresponde; pero un día se desaparece.  Recorriendo potreros, un día se encuentra con la rubia. Ya le había advertido que era la siguanaba; pero no hizo caso y quiso aprovechar el encuentro. Al final lo encuentran todo atarantado, prensado entre entre los zarzales, todo arañado de la cara y con las espinas prendidas a su cuerpo como garrapatas. Y lo que deslumbra es como la siguanaba del cuento no es la mujer con cuello de caballo que se acostumbra describir, sino una mujer rubia y elegante, pero que por enigmática, la gente olfatea que se trata de la siguanaba. Lo extraordinario de Rosendo Santa Cruz es el dominio de un lenguaje muy poético en sus narraciones llenas de una lírica que hace de sus prosas una expresión poética. Ignoro si hay otras ediciones de los cuentos de Rosendo Santa Cruz; quizá en una librería de libro viejo. Recomiendo buscarlo y quedarán encantados de conocer la pluma de este extraordinario cuentista guatemalteco.

René Arturo Villegas Lara

post author
Artículo anteriorMás de 40 mil embarazos en niñas y adolescentes, pero solo 1.73% de ellas logró seguir estudiando
Artículo siguienteQué podemos aprender de nuestro fracaso en PISA (Parte 1)